¿Por qué no hay paro urbano?

Por Alberto Mira

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Foto: Felipe Chica

Hasta hace unos días comunidades campesinas, indígenas y negras de territorios  rurales   en todo el país se volcaron a las carreteras y a las autopistas o se concentraron en lugares estratégicos para protestar y  exigir el cumplimiento de sus derechos mil veces violados por el Estado colombiano. Los ciudadanos más desdeñados, más discriminados y más pisoteados,  llenos de dignidad, sacaron la cara por todos y todas y no se arredraron ante la arremetida de escuadrones policiales y de medios masivos de comunicación; con todo y  sus compañeros muertos, siguieron porfiando y sentaron al gobierno a negociar su pliego de reivindicaciones y dejaron claro que si no hay  avances en esa negociación volverán a salir a presionar. Pero ¿qué pasa en las ciudades? ¿Por qué no hay paro urbano?

¿Será que las situaciones degradantes de salud, la pésima educación, el desempleo, la violación de los derechos humanos, la extorsión delicuencial, la complacencia policial, la situación de la niñez y de la juventud, los feminicidios, el  abandono de los adultos mayores, la situación ambiental, el alto costo de alimentos, servicios públicos, arriendos y educación superior, entre otras problemáticas que se suceden en todas las ciudades del país, no ameritan que los ciudadanos urbanos salgamos a las calles, cerremos vías, nos tomemos plazas y exijamos también el cumplimiento de nuestros derechos? ¿Por qué  los ciudadanos urbanos no nos pronunciamos y nos sumamos al paro y clamamos también por vida digna, por un recambio de las ciudades, por un mejor vivir?

¿Dónde están los obreros, los maestros, los estudiantes, los trabajadores de la salud, los pobladores, las mujeres, los ambientalistas, los animalistas, los bareteros, las organizaciones comunitarias, los artistas populares? ¿Dónde están todos estos movimientos que protestan a veces por sus intereses particulares pero que no se solidarizan  y se unen efectivamente a una gran protesta nacional  popular que luche por los derechos de todos y de todas?

La respuesta que me doy por ahora a estas preguntas es que  los ciudadanos urbanos ya no somos ciudadanos, solo tenemos ese nombre porque habitamos en ciudades. Pero eso de ser sujetos sociales y políticos como que se ha estado olvidando o nos lo están haciendo olvidar a punta de fútbol,  religión, rumbas, centros comerciales, megaobras, televisión, wathsapp y facebook; es decir, a punta de espejismos y espejitos, de pan y circo, de  in-comunicación, de desencuentro. Poco a poco nos han ido despolitizando, desorganizando, metiéndonos en las lógicas del mercado, la competitividad, la innovación, el emprendimiento, el positivismo, la moda y la política del “presupuesto participativo” (léase paraparticipativo). Nos han cooptado los líderes y nos han puesto a  presentar proyectos, a montar corporaciones, a rebuscar en contraticos de tres meses.

Y nosotros  no nos damos cuenta que nos hemos convertido en clientes, en usuarios, en consumidores, en inscriptos, en  víctimas, en pacientes, en beneficiarios, en abonados, en hinchas, en feligreses, en deudores, mejor dicho, en seres pasivos que se dejan hacer de todo y que no protestamos ni nos indignamos ni nada. Qué pena frente a esos rostros y brazos de firmeza, coraje y valentía de campesinos, campesinas, indígenas, negros y negras; qué pena frente a las personas que nos cultivan la comida bajo el sol, que se arriesgan todos los días en zonas de conflicto, que se  atreven a  salir a carreteras, calles y plazas y exigen negociar ellos también en medio de las negociaciones de la Habana.

Las ciudades en estos momentos también deberían estar paralizadas. Deberían haber huelgas generales de producción, paros estudiantiles y profesorales, movilizaciones de todos y todas por el derecho a una salud digna, exigencia de servicios públicos para todos los hogares y el freno del incremento en sus tarifas, freno en el alza del precio de alimento; protección efectiva a la niñez frente a la desnutrición, a la explotación laboral, a la violencia, al abuso y la explotación sexual; protección a las mujeres frente a feminicidios y violencia intrafamiliar y sexual; protección a las personas con diversidad sexual frente a discriminación y violencia; protección a los adultos mayores frente al abandono y los malos tratos; protección a toda la población frente a extorsiones, chantajes, abusos, violaciones de parte de delincuentes y de policías; protección a los  habitantes de la calle; protección  a la juventud frente a la prostitución, el reclutamiento, la inercia, las pocas posibilidades de vida y futuro.

También deberíamos exigir el freno a la contaminación en las ciudades: menos megaobras y más inversión en  arborización, en espacios públicos verdes (no de cemento), en ciclorrutas populares (no solo en barrios de clase media); menos automóviles en las calles y reacomodo de las rutas de servicio público. Igualmente habría que parar la venta de las empresas estatales (EPM, ETB, etc) y exigir protección para los moradores frente a la obras de los planes de ordenamiento territorial; presionar por una reforma educativa (léase revolución cultural), viviendas dignas (no apartachicos) y mejoramiento integral de barrios; etc, etc, etc.

¿Todo esto no conformaría un gran plan de mejoramiento de la vida urbana, un pliego, una ruta para sentar a negociar a gobiernos locales, departamentales y a la presidencia? Pero para eso necesitamos presionar como lo hacen las comunidades rurales, porque si no presionamos y fuerte no conseguiremos nada. Los planes de desarrollo no contemplan estas situaciones y si lo hacen es con visiones neoliberales y con presupuestos pírricos, con migajas que no solucionan de fondo ninguna de las grandes y las pequeñas tragedias que vivimos en las ciudades colombianas. El desarrollo nos hace cada vez más sus víctimas y nos aboca al abismo.

¿Cuándo llegará el momento de las ciudades, cuándo los habitantes urbanos nos paremos duro en el duro cemento y gritemos duro y con todo el derecho que nos dan tantas injusticias, tantos compromisos no cumplidos, tantas promesas electorales falsas, tantas bofetadas? ¿Cuando exigiremos mancomunadamente, codo a codo en las calles, que nuestras ciudades sean realmente lugares para la vida y no para la muerte? Para eso necesitamos tener la valentía y el coraje de nuestros hermanos y hermanas rurales; necesitamos ser verdaderamente ciudadanos, sujetos políticos que no se arrodillan ni se rinden, que saben que todavía hay muchas batallas que dar, que la lucha continúa, porque la paz no es solo silenciamiento de fusiles sino vida libre, es buen vivir, esperanza y futuro.

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