Editorial 9: Quien quiere la vida se resiste al capitalismo

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(Número 9/Julio 2016)

Entre las décadas del 70 y el 80 del siglo pasado, una empresa alemana de máquinas de coser lanzó en Colombia una estrategia para lograr vender una máquina en cada hogar: ofreció gratis los cursos de corte y costura para las señoras de la casa. De un momento a otro muchas mujeres empezaron a experimentar haciendo su propia ropa y la de toda su familia. Aquella bien pudo haber sido una posibilidad de resistencia frente al mercado capitalista de ropa y confecciones en general, que nos hubiera permitido sacudirnos los estereotipos y modelos prefabricados por la moda, si las personas hubieran sido conscientes de lo que significaba y no se hubieran limitado a responder a una estrategia de mercadeo. Pronto, sin embargo, el gremio de las confecciones reaccionó a través de la reducción de costos de las prendas finales y la elevación exagerada de los precios a las materias primas en el mercado al detal.

La esencia del capitalismo es convertir en mercancía todo lo que toca, incluyendo al ser humano, y desde ese momento el mundo de los objetos responde únicamente a su posibilidad de generar ganancia, perdiendo todo sentido real para la vida. El mundo de la vida es sustituido por el mercado capitalista que crece permanentemente y amenaza tragárselo todo. Por eso cada vez cobran sentido casi revolucionario actos cotidianos que en el pasado inmediato parecían absolutamente normales y hasta inocuos: hacer en la casa el jugo de frutas antes que comprar la gaseosa o los extractos producidos industrialmente, hacer las aromáticas de las hierbas naturales que tenemos todavía al alcance de nuestras manos, antes que comprar los productos químicamente transformados y ofrecidos en el mercado. Con ello no solo preservamos un poco de independencia frente al mercado sino que salvamos nuestros cuerpos de la cantidad de venenos, preservativos y demás productos químicos que contienen los alimentos industrialmente producidos.

La producción agrícola sin insumos químicos, por ejemplo, era la práctica normal de los campesinos y todas las comunidades rurales hasta hace unas décadas, cuando la ambición capitalista impuso su famosa revolución verde para multiplicar la capacidad productiva de la tierra más allá de su ritmo natural. El resultado fue el envenenamiento de los suelos, el agotamiento creciente de su fertilidad natural y, sobre todo, el envenenamiento de toda la vida en torno a dichos territorios y de las especies que se alimentaran con aquellos productos. Eso convirtió a la agroecología en una práctica de resistencia de primer orden no solo contra el capitalismo sino por la vida misma, pero a la vez la hizo poco rentable en un mercado dominado por los transgénicos.

Y es que toda resistencia contra el capitalismo es a la vez una resistencia a favor de la vida. No se trata solo de recuperar la vida humana sino de devolverle a los objetos su propia vida, sustrayéndolos del mercado y limpiándolos de su condición de mercancía, devolviéndoles su utilidad y, más allá de esta, devolverle a la naturaleza su derecho a existir independiente de la utilidad que nos preste o las oportunidades de negocio que represente.

En este sentido podemos decir que la resistencia se desarrolla en múltiples ámbitos de nuestra propia cotidianidad: la alimentación, la amistad, la vida de pareja, el trabajo… Ello implica hacernos conscientes en cada acto de aquellas prácticas que fortalecen al sistema que nos encuadra y asfixia o las que contribuyen a independizarnos de él. Pero también debe ir más allá de esa cotidianidad en la medida en que la resistencia es planificada y, sobre todo, desarrollada colectivamente. En este sentido la resistencia no se reduce al acto de aguantar sin desfallecer una vida que nos anula, sino de transformarla radicalmente a partir de la praxis consciente y colectivamente organizada.

El colectivo nos da la fuerza y la convicción para mantener en la cotidianidad nuestras resistencias individuales, pero sobre todo nos ayuda a tejer y diseñar local y globalmente ese mundo en donde dichas prácticas vuelvan a ser normales, naturales, y no un acto de resistencia amenazado y estigmatizado por los demás. El colectivo en resistencia nos permite construir en nuestros territorios otros mundos posibles, donde la vida y la felicidad se ponen en primer plano, por encima de la acumulación de capital, y a la vez nos dan la fuerza y el entusiasmo para confrontar en la calle y en los escenarios políticos las estructuras de dominación económica y cultural que aniquilan nuestra libertad y diezman nuestra capacidad para transformar nuestro entorno en función de una vida auténtica.

La movilización y la lucha callejera son pues expresiones de la resistencia colectiva que confrontan estas estructuras y buscan su eliminación o transformación. A veces ocurren espontáneamente como respuestas a agravios e injusticias puntuales, pero se convierten en procesos concretos de resistencia en la medida en que surgen de, o impulsan y se articulan a, otros procesos de resistencia de las comunidades en sus territorios, donde cotidianamente trabajamos codo a codo por transformar nuestra existencia y construir colectivamente las condiciones de posibilidad para una vida feliz, cualquiera que sea la definición que consciente y colectivamente hayamos construido de ella.

De ahí que la efectividad de toda resistencia en función de construir un mundo mejor exige el salto de la resistencia meramente individual a la colectiva. Pero este salto, a su vez, demanda una lucha en el escenario más complicado de la resistencia: el interior de cada uno de nosotros; es decir, se trata de sacudirnos la subjetividad capitalista, mercantil, que se ha arraigado en cada individuo y construir una subjetividad que nos haga capaces de convivir con los otros como entre iguales, transformando nuestras relaciones de competencia en solidaridad, nuestra envidia en preocupación genuina por el otro, nuestro anhelo de confort y atesoramiento de riqueza material por el ansia de libertad real y crecimiento espiritual.

Curiosamente, esta resistencia que parece darse en el interior de cada sujeto no es posible sino en colectivo, es decir, en comunidad. Solo en comunidad podremos transformar el tipo de individuos que el capitalismo ha hecho de nosotros y encontrar la clave para rescatar la verdadera individualidad, aquella que nos hace conscientes de la interdependencia de la vida y a la vez de la necesidad de autonomía para no perdernos en una masa amorfa. El individuo autónomo y crítico (capaz de convivir y hacer con otros y otras) es la única posibilidad de que un colectivo pueda ser de verdad comunidad y alzarse en resistencia. A su vez, ese individuo autónomo solo puede formarse en una comunidad que resiste, pues es en comunidad como podemos poner en práctica otros valores y otras formas de relacionarnos con los demás y con el mundo. Esa es la hermosa dialéctica de la vida que se resiste a ser mercancía.

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