La educación: entre la competencia y la solidaridad

Por Tatiana Machado

Ilustración cedida por Joseba G. Plazuelo para eldiariodelaeducacion.com

No sé si es ingenuo sorprenderme con una práctica común que me parece de una evidente crueldad. Por ejemplo, eso de que en el ser humano competir con otros es parte de su naturaleza y que la competitividad fomenta la disciplina y el aprovechamiento del tiempo, palabras para decir que unas personas son más y otras menos. Entre adultos se trata de quién tiene las mejores cosas, las más bonitas y costosas, el mejor trabajo, los hijos mejor portados, la familia con mejor estatus, viajes… La verdad no sé si es algo natural o biológico, pero sí sé que es algo que se impone como norma a las niñas, jóvenes y adolescentes en sus hogares y en la forma en que se les exige en las Instituciones Educativas.

Hace poco fueron publicados los resultados de las pruebas Saber 11 del año 2023 y muchos jóvenes recibieron la buena nueva de tener un puntaje que les permitirá acceder a educación superior con algunas facilidades. Otros, la mayoría, ahora han cumplido con el requisito y se han quedado con las esperanzas frustradas, puesto que no alcanzaron el puntaje mínimo y, en el caso de los hijos de familias trabajadoras o pobres, esto significa que se ha perdido una gran oportunidad, una que no se podía desaprovechar porque se tienen muy pocas.

Desde la perspectiva de las instituciones educativas públicas, esta es una oportunidad de llamar la atención de entidades gubernamentales a través de buenos resultados y, tal vez, conseguir que se haga una inversión que mejore las condiciones estructurales de las instalaciones, salas de sistemas nuevas, completar la planta de docentes y, por qué no, una red de internet funcional.

Por eso son tan importantes estos resultados, aunque desde la experiencia puedo decir que no garantizan nada. Desde el 2018 la institución educativa rural donde trabajo viene mejorando año tras año en la puntuación de dichas pruebas y el año pasado fue el mejor puntaje entre las instituciones educativas públicas de la subregión de Urabá; sin embargo, este año no se realizó ninguna mejora a la infraestructura; llegaron algunos computadores portátiles nuevos, pero sin ningún programa instalado; aún no llegan los profes de inglés y de tecnología, tampoco pusieron agua potable y los estudiantes siguen recibiendo clases bajo el árbol de mango a merced de la inclemencia del sol y de las fuertes lluvias propias de la región.

Los profesores y los estudiantes sentimos la presión de continuar con los buenos resultados, pero este año no fue el caso y la institución cayó varios lugares abajo a nivel nacional; sin embargo, es el año en que más jóvenes en la institución pasaron la barrera de los 300 puntos, también cuando más jóvenes han quedado por debajo de los 200 puntos. Entonces los directivos y algunos docentes se dieron a la tarea de crear una nueva estadística, dejando por fuera a los estudiantes que tuvieron un mal puntaje, diciendo “sí ellos no hubieran estado…” como si fueran cosas que se pueden quitar y poner. La acudiente de una de estas jóvenes me contó lo mucho que lloró porque sus compañeros se enteraron de su puntaje y algunos se burlaron de ella, a otros yo misma los pude notar tristes y cansados no solo de los comentarios, sino de la responsabilidad que sin razón alguna se les ha cargado.

Se han descubierto casos de instituciones educativas de la subregión que no inscriben a aquellos jóvenes con bajo rendimiento académico para no afectar los resultados globales. No tienen en cuenta que muchas veces ese bajo rendimiento académico y ese bajo puntaje se deben a problemáticas que está atravesando el estudiante y que nadie atiende, problemas psicológicos y emocionales, familias disfuncionales, abuso escolar, barreras cognitivas que nunca han sido diagnosticadas y mucho menos tratadas.

Otra necesidad sin atender en el colegio donde trabajo es la de garantizar, por lo menos, un docente de apoyo, aunque en la realidad deberían ser más. En 2017 los docentes de apoyo dejaron de ser figuras de planta en las instituciones educativas para convertirse en una especie de asesores de los docentes de las diferentes áreas, por lo que solo se les contrata a través de la intermediación de alguna universidad por ocho meses, sin posibilidad de continuidad, lo que rompe los procesos de los jóvenes con barreras de aprendizaje.

Pero no importan las barreras, se les sigue exigiendo dar lo mejor de sí en esas pruebas, aun con todo en contra y cuando esas otras habilidades que tienen no caben en el examen que realiza el Estado. Se preguntarán ustedes ¿y la prueba diferenciada? Es un deber por el principio de igualdad, pero muchos no son diagnosticados porque ir al especialista es lento, y además costoso.  

Yo conozco a los jóvenes de grado 11 de la institución en la que trabajo y me alegra que a aquellos que superaron la barrera de los 300 puntos en la prueba se les amplíe un poco la pequeña ventana de la educación superior, sé que tuvieron que sobreponerse a las carencias, a las dificultades económicas y a la violencia que los rodea. Así mismo sé lo maravillosos de esos otros jóvenes, los de los “malos puntajes”, porque he leído la ternura de sus escritos y los he escuchado hablar de la tortura que algunas veces representó la escuela porque parecían invisibles o eran víctimas de abuso escolar o de los comentarios fríos y distantes de los docentes porque no eran “tan buenos” como otros.

Sí en la escuela y en los hogares de estos niños, niñas y adolescentes no podemos ver más allá de logros académicos, después no podremos medirlos más que por sus logros económicos y, al final, ellos y la sociedad en general terminarán por convencerse de que son no más que números.  

Quisiera creer que de alguna manera esos 31 jóvenes que se gradúan del colegio comprenden que su valía no está en esos números de notas y puntajes. Quiero celebrar su valentía, su ímpetu y su sentido de la justicia porque ellos lograron lo que 5 años de buenos resultados en las pruebas saber 11 no pudieron: el pasado mes de julio hicieron un paro y bloquearon la vía principal, la que conecta a Medellín con el mar. Estaban exigiendo mejores condiciones para sus compañeros, la contratación de los docentes que faltan, la instalación de unidades sanitarias funcionales, agua potable y, sobre todo, la construcción de aulas para dejar de recibir clases a la intemperie.

Con una firmeza increíble bloquearon la carretera de manera intermitente por cerca de 7 horas hasta que la alcaldesa del municipio se presentó en el lugar y con descaro manifestó no saber de ninguna de las necesidades, a pesar de que en la solución de ellas basó sus promesas de campaña. A la semana siguiente se presentaron funcionarios de la defensoría del pueblo y días más tarde de la gobernación de Antioquia y los jóvenes participaron activamente de la reunión, sobre todo porque entre los directivos y los docentes ninguno quería ser asociado con el paro. Hoy ya se encuentra creada la plaza permanente de un docente orientador, tan necesario en una zona afectada por el conflicto, un coordinador y dos profes. Aun no inician la construcción de las aulas y la renovación en general del colegio, pero ellos dejaron una enseñanza de solidaridad y valentía a sus compañeros más jóvenes, y eso es más importante.

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