El Leviatán cibernético

Por Carlos Gustavo Rengifo Arias

Fotomontaje: Juan Atachesseo

El leviatán es un monstruo marino de poder descomunal, que, para los eruditos bíblicos, representa las fuerzas del caos. Dicha figura fue retomada en 1651 por el filósofo Tomas Hobbes en su libro El Leviatán, queriendo justificar la existencia de un Estado absoluto. Hoy, dicho monstruo, que todo lo vigila y lo controla, se ha encarnado en la internet y sus redes sociales, y particularmente en el actuar de Estados represivos y de mega corporaciones como Facebook y Google. ¿Qué hacer?

La ilusión de la privacidad en la internet

Hace poco WhatsApp (de propiedad de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook) levantó preocupación en las redes sociales al informar que cambiaría sus políticas de privacidad para propiciar “una mejor experiencia a sus usuarios”. La nueva política consiste, en general, en que los datos de los usuarios de WhatsApp se compartirán con el resto de servicios de Facebook y de Instagram, aunque el usuario no tenga cuentas allí. Los usuarios deben aceptar obligatoriamente estas nuevas condiciones, pues si no lo hacen, no podrán seguir usando la aplicación. Lo anterior ha generado un gran temor en éstos y contundentes críticas de expertos en ciberseguridad, ya que la nueva directriz significaría una reducción significativa en la seguridad y privacidad de los usuarios, lo que ha incentivado a que millones de personas abandonen dicha aplicación y migren hacia aplicaciones que se creen más seguras, como Telegram y Signal. El temor no es infundado, ya que entre el 2016 y 2017, la empresa Cambridge Analytica dio a conocer la fuga de datos personales que se vertían en las aplicaciones del conglomerado de Zuckerberg.

Ante el abandono creciente de WhatsApp, la respuesta por parte de Zuckerberg no se hizo esperar: “Los nuevos cambios no afectan los mensajes personales”, dijo el joven empresario, y señaló que estos seguirían con el cifrado de extremo a extremo, que significa que solo los usuarios tienen acceso a ellos. Pero varios expertos en ciberseguridad, como Rajshekhar Rajaharia, Zak Doffman y El Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) de México, han puesto en duda las afirmaciones de Zuckerberg.

Según ellos, la aplicación no define con claridad las medidas de seguridad para proteger la información de los usuarios cuando esta se comparte con terceros; aunque el usuario no tenga en cuenta en Facebook, la compañía y sus subsidiarias podrán recopilar información de las cuentas, números telefónicos, mensajes e incluso transacciones. Se ha denunciado que han aparecido en Google los números de teléfono de algunos usuarios de WhatsApp Web, WhatsApp incauta, durante 90 días, después de que eliminan la aplicación; si se usa la opción de WhatsApp para hacer una copia de seguridad de su historial de chat en la nube de Apple o Google, esas copias no están protegidas por ese cifrado de extremo a extremo, entre otras críticas.

Big Data y “capitalismo de vigilancia”

El problema de la seguridad y la privacidad con las redes sociales de internet se origina en su modelo de negocio, lo que se conoce como Big Data, que fue creado por Google. Los metadatos, según el especialista Zak Doffman, entrevistado por el portal RT en español, “es lo que compartes en los mensajes (fotos, videos, etc) y con quién, cuándo y dónde, así como tus contactos e información sobre tu dispositivo”. Explica que WhatsApp recoge muchos datos por e-mail, más datos que Telegram o iMessage, pero muy pocos, en comparación con aplicaciones como Facebook, E-mail Messenger, Google, Instagram, Snapchat y TikTok. “Entonces, a menos que evites esos otros, WhatsApp no es tu mayor problema”, agrega el especialista. ¿Pero qué hacen las corporaciones con esa información? Como una telaraña cibernética, las aplicaciones gratuitas de internet atrapan todos los datos posibles de los usuarios y construyen perfiles de estos; pronto, los usuarios reciben en sus redes sociales publicidad extrañamente relacionada con sus gustos y preferencias, es decir que monetizan al usuario y ganan dinero con los anuncios abusando de la privacidad, mientras estos pagan el producto con sus datos. Pero la construcción de perfiles no se limita al ámbito de lo comercial, sino también a lo social y político. Como lo señala Doffman, Yahoo también fue denunciado por escanear correos electrónicos en tiempo real para las agencias de vigilancia de los Estados Unidos.

Lo anterior ha sido llamado como “capitalismo de vigilancia”, un concepto creado por Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School, quien en entrevista para eleconomista.es, lo definió como un sistema que se alimenta de la infraestructura digital, “habitada por usuarios de aplicaciones y servicios gratuitos, satisfechos de adquirirlos a cambio de ceder sin consentimiento a múltiples empresas un registro de sus experiencias vitales. En este, los datos personales se acumulan para producir el bien que se pondrá a la venta en el mercado: predicciones sobre nosotros mismos”. Hablamos entonces de un panóptico cibernético, “en el que los presos no ven nada pero todos son vigilados y controlados” – anotaba la académica.

Escapando al leviatán y recuperando las relaciones en tiempo real

Desde la invención de la internet y sus redes sociales, la interacción humana cada vez depende más de dichas herramientas, lo que hace difícil abandonarlas. Pero cuestionarnos sobre su funcionamiento y la dependencia que hemos establecido hacia estas es ya un ejercicio de resistencia.

La salida no es fácil, pero el camino puede comenzar desde configurar, al extremo, los ajustes de seguridad y privacidad de las aplicaciones que usamos, navegar en ventana de incógnito, abandonar las redes corporativas de internet y usar redes alternativas, como Telegram o Signal (en vez de WhatsApp), o Minds o FacePopular (en vez de Facebook), navegadores anónimos como Brave o TOR (en vez de Chrome o Mozilla), buscadores como DuckDuckGo (en vez de Google), lbry.tv (en vez de youtube), y correos privados y seguros como protonmail, Hushmail, Zoho o Tutanota (en vez de Gmail. Outlook o yahoo). La mayoría de estas aplicaciones son de código abierto y entregan poca o nula información a terceros.

Pero lo más importante es recuperar, en la cotidianidad, la conexión con nuestros familiares y amigos, con la naturaleza y consigo mismos: el disfrute de una sonrisa y un “hola, ¿cómo estás?”, la contemplación del cielo azul, la montaña y sus nubes, el canto del pájaro, un día soleado o de lluvia, el susurrar del viento entre los árboles, y el disfrute de la soledad. Es decir, recuperar la vida real, no la fantasiosa vida que vivimos en las redes, aquella que afortunadamente aún no depende exclusivamente de ninguna aplicación o dispositivo electrónico.

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