Siembra vientos y cosecharás tempestades

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

Foto: Padre Chucho, tomada de Infobae

La moderna historiografía de Colombia ha demostrado la responsabilidad de la Iglesia Católica en los distintos ciclos de violencia registrados en el país a lo largo del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX. En efecto, el conocimiento histórico del que se dispone ha puesto de relieve cómo la institucionalidad católica, al involucrarse en los asuntos políticos, devino en un actor que no dudó en acudir al uso de las armas para imponer sus creencias y sostener sus privilegios. Las consecuencias de ese proceder en el ámbito del libre pensamiento y de una cultura de la tolerancia, a largo plazo, fueron nefastas para Colombia.

La Guerra de los Conventos (1839-1842) fue, precisamente, la primera confrontación armada en la era republicana en la que, abiertamente, la Iglesia Católica actuó como un cuerpo religioso – militar, tomando parte en las acciones militares contra los liberales. A partir de ese momento se abrió paso lo que será una constante en la historia nacional: la prédica católica con un férreo espíritu de vigilancia y control de las vidas que se extendió a todos los ámbitos de lo público y privado. La parroquia y el sermón se convirtieron en escenarios y recursos desde los que se difundió un relato que condenó y persiguió a diestra y siniestra, desde posturas como el liberalismo, el socialismo, el comunismo.

La Constitución de 1886 y el Concordato de 1887 reforzaron el poder de la Iglesia Católica, al garantizarle los poderes materiales y simbólicos de los que hacía gala, y, además, restituyéndole el control de la educación para construir, antes que ciudadanos libres en y para un Estado moderno, buenos cristianos (entiéndase rezanderos e intolerantes, según los códigos de la época).

En ese contexto, los curas se convirtieron en figuras de primer orden en las parroquias. La literatura de la primera mitad del siglo XX (Tomás Carrasquilla, Eduardo Caballero Calderón y otros) recreó con ingenio a estos personajes imbuidos de una especie de espíritu de cruzada, quienes, alentados por sus superiores, promovieron persecuciones a quienes no practicaban el catolicismo y se reclamaban simpatizantes de corrientes políticas diferentes a la del conservatismo. Tal y como lo había consignado en un folleto el sacerdote español Félix Sardá y Salvany en 1884, el liberalismo era -continuaba siendo- pecado. Igual acontecía con el socialismo, el comunismo y el anarquismo. ¡Contra ellos, todo el poder divino!, era la premisa.

El de monseñor Miguel Ángel Builes (1888 – 1971), obispo de Santa Rosa de Osos, es un caso paradigmático. Su pensamiento y acción recrean a plenitud el espíritu de intransigencia que se instauró en muchas partes de Colombia y que pretendió impedir a cualquier costo la secularización de la sociedad. Sus posturas retardatarias en asuntos como la participación de la mujer en la vida pública, la educación con base en métodos científicos, la ejecución de actividades lúdicas como el baile y el cine, la lectura de periódicos liberales, la tolerancia con corrientes políticas modernas, divisan el ambiente cultural que contribuyó a perfilar el ethos de la sociedad colombiana. El «miedo al comunismo», por ejemplo, plasmado en una de las pastorales elaboradas por Builes, da cuenta del molde ideológico que acompañó a la iglesia católica, en el que se cruzan confusa e interesadamente elementos religiosos y políticos:

Pobres nuestros obreros quienes halagados con falsas promesas de redención que dizque les van a dar sus falsos profetas, sus fementidos libertadores, ayudan eficazmente a que todos los bienes de los particulares pasen al Estado para que este los reparta por igual a los hombres laboriosos y holgazanes; a los que producen riqueza con su trabajo y a los que como parásitos chupadores consumen, pero no quieren trabajar […] Lo que Dios hizo desigual, el hombre no puede cambiarlo, y el derecho de propiedad que nace con el hombre, no podrán destruirlo todos los socialistas del mundo. Podrá aniquilarse la humanidad como en parte aconteció en Rusia; pero el derecho natural no se destruirá jamás. (Cartas Pastorales. 1914-1939. Medellín: Imprenta Editorial, 1939).

La oposición insidiosa y denodada de monseñor Builes a las reformas liberales de las décadas de 1930 y 1940 lo convirtieron en un actor destacado que supo modelar pasiones y azuzar un ambiente de temor y odio que, a la postre, tuvo consecuencias lamentables para el país. Los cerca de doscientos mil colombianos que murieron en el periodo conocido como La Violencia, también se deben ver como un resultado del proceso histórico aquí descrito.

Las palabras del padre Jesús Hernán Orjuela, un personaje mediático a quien sus feligreses llaman «padre Chucho», emitidas recientemente en un sermón en una iglesia del occidente de Bogotá, se inscriben en una continuidad histórica que hunde sus raíces en los comienzos de la república. “Este país se prepara para una guerra civil, este país va a llegar a una guerra civil si no reaccionamos”.

Y no es necesario ser docto en análisis de coyuntura política para reconocer una similitud de visión compartida entre el referido cura y voceros del bloque duro de la derecha colombiana, como María Fernanda Cabal, «Pachito» Santos y Eduardo Zapateiro, excomandante del ejército, quienes alientan por otros medios de comunicación (el sermón también lo es) la idea de que Colombia va directo a una guerra civil, como resultado de la «mala gestión» del presidente Gustavo Petro. Estos últimos, en su interés de «emberracar al pueblo» a partir de la manipulación de sus emociones (como lo hicieron en el plebiscito por la paz de 2016), acuden a la idea de una guerra civil que conduciría al país a un desastre de gran magnitud. Aquí es que cabe otra idea formulada por el padre Chucho en su sermón reciente: “Cuando hay un pueblo que sufre por un hombre que quiere destruir, hay un Dios que baja”.

Que el «padre Chucho» no tiene la estatura simbólica de monseñor Builes. No significa que lo dicho por él no deba ser atendido a partir del análisis crítico. Todo lo contrario. Su papel como líder religioso lo convierte en un emisor de concepciones (ideologías, pensamientos) que tienen impacto en la vida de las personas. En la iglesia sonaron aplausos efusivos de la feligresía cuando el padre anunció, a su manera, el apocalipsis que caería sobre Colombia, si no se reaccionaba a tiempo. Con la misma intención -conmover y generar emociones-, Builes lo habría dicho mejor:

En estos mismos momentos centellean como lenguas de fuego infernal, amenazantes y terribles, las espadas enemigas en todos los frentes, en la cátedra, en la tribuna, en los congresos, en las asambleas, en los periódicos, en los panfletos y hojas volantes, en convenciones y en proyectos de Constitución nacional, con lo que intentan derrocar a Cristo de su trono, para ellos levantarse el suyo sobre las ruinas, también nuestra palabra como espada y nuestra pluma como saeta han de flamear y clavarse en el propio corazón del monstruo que es el error, que es la herejía, aunque choquen contra la enemiga lanza y se rompan en mil pedazos, con tal de defender los derechos de Dios y de su Iglesia, hoy más que nunca odiada y perseguida (Cartas Pastorales. 1914-1939. Medellín: Imprenta Editorial, 1939

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