Por Víctor Andrés Muñoz Marín

Imagen: Alberto Jerez
Abelardo de La Espriella plantea una “reconstrucción de las narrativas y las agendas de la Patria”, definida como una “revolución política y una contrarrevolución cultural”, para recuperar los valores alrededor de Dios, la familia, la nación y la identidad, similar al relato de Donald Trump en EEUU, el partido político de derecha Vox en España y en Italia con figuras como Giorgia Meloni. Este lenguaje no solo anuncia una disputa por el poder político, también por la reproducción del relato, con la imposición de sentidos y de una verdad absolutista.
El nombramiento de Viviane Morales en el Ministerio de Educación abre un espacio de debate y tensión con organizaciones sociales, educativas, feministas y del movimiento LGBTIQ+, en el marco de una propuesta educativa de reorientación de los contenidos escolares hacia los valores cristianos, lo que contradice el artículo 19 de la Constitución Política de 1991 que define a Colombia como un Estado laico. Y el artículo 13 que indica que el Estado no puede discriminar por razones de religión o convicciones filosóficas.
Pronunciamientos como “sacar a Marx y meter a Dios” de Viviane Morales, o “Hay que sacar a Fecode y volver a meter a Dios a las clases, en los salones de nuestros niños”, que pronunció de la Espriella en la apelación de la recuperación de un supuesto “orden perdido”, buscan debilitar el pluralismo, con la estigmatización y la deslegitimación de la diferencia, del pensamiento crítico, la academia, el arte y de las organizaciones sociales y políticas.
Estas intenciones no solo anuncian una disputa por el poder político y las reformas económicas; plantean transformar el marco cultural que alinea a los colombianos y colombianas a la educación, la familia, la historia, la autoridad y la nación hacia la reproducción de sentidos de nacionalismo, tiene el riesgo de que las narrativas de las víctimas, memorias colectivas de las luchas históricas por los derechos sociales y la dignidad humana sean desplazadas por versiones hegemónicas institucionalizadas que imponen una verdad nacional.
Con la designación de Paola Holguín como ministra de cultura, defensora de la visión de la cultura y los valores tradicionales, se concreta el deseo de poner en el centro la cultura elitista, patriarcal, arribista, misógina, aporofóbica y homofóbica, colocando la cultura al servicio del neoliberalismo en los centros urbanos, como espejismo de exclusividad y de exclusión de la diversidad y el multiculturalismo que caracteriza a Colombia.
La llamada “contrarrevolución cultural” busca imponer un orden social, identificando ideas liberales, jerárquicas socialistas, anarquistas y de los movimientos sociales y populares, como amenazas que deben ser enfrentadas para preservar la identidad nacional, señalando a la oposición como responsable de la crisis nacional y, por ende, merecedora de castigo. Esta propuesta recuerda el proyecto político de Laureano Gómez, quien concebía la nación desde una visión profundamente conservadora, confesional y jerárquica.
Con el nombramiento de Enrique Serrano como asesor de Abelardo de la Espriella en la batalla cultural, quien ha sido defensor de las estatuas de personajes de la conquista, derribadas durante el estallido social del 2021, busca fortalecer la idea de reconstrucción nacional, conceptos ligados ampliamente al nacionalismo y al fascismo europeo, en el que la identidad, la familia, la sociedad y los valores priman sobre los argumentos y los relatos de la historia.
Serrano critica la reivindicación política de la memoria histórica, reduciéndola simplemente a un ejercicio de comprensión, en el que pone en tela de juicio la validez de la memoria colectiva de las víctimas y de la pluralidad de las narrativas del movimiento social en Colombia. La misión de Enrique Serrano es dotar de fundamento filosófico a la llanada “nueva derecha colombiana”.
Su nombramiento ha sido comparado con el papel que tienen personajes como Agustín Laje en Argentina, quien produce argumentos sobre identidad nacional, familia, educación y cultura. Todo esto tiene el fin de instrumentalizar la historia en lo que denominan “la revolución política y una contrarrevolución cultural”.
La afirmación de Marx de que “la historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa”, toma vigencia frente a estos procesos, no porque la historia se repita de manera idéntica, sino porque viejas disputas por la educación, la cultura, la memoria y el pensamiento crítico reaparecen bajo nuevas formas y lenguajes, una de las herramientas que toman fuerza en esta disputa. Las Inteligencias Artificiales y la generación de Boots son herramientas que pueden ser utilizadas por distintos actores, entre ellos gobiernos y políticos, par influir en el debate público o automatizar campañas de comunicación.
La llamada “contrarrevolución cultural” plantea una disputa por el control hegemónico de las ideas en la construcción del sentido común, con el riesgo de sustituir el pluralismo, la diversidad y el debate democrático por una narrativa única de la nación, la historia y la identidad, desconociendo el carácter pluralista y multicultural de la Constitución Política de 1991.
El ascenso de la ultraderecha en América Latina no constituye un fenómeno aislado, hace parte de la reconfiguración política de alcance global, denominada “batalla cultural”, y se convierte en una estrategia para imponer ideas, trascendiendo la competencia electoral y orientando la reconstrucción del sentido común, el objetivo no es conquistar únicamente el poder del Estado, sino influir en la manera en que las sociedades interpretan la historia, la autoridad, la familia, la religión y los valores que sustentan la vida colectiva.
Por ello, el sistema educativo, la cultura, los medios de comunicación y las plataformas digitales, adquieren un papel central como medios de reproducción y circulación de narrativas. En estos espacios no solo se produce conocimiento e información, se constituyen imaginarios colectivos, identidades, memorias y formas de comprender la realidad social. En la actualidad los algoritmos, la inteligencia artificial y los ejércitos de bots amplifican la batalla simbólica y acelerando la difusión de discursos. ¿Seremos espectadores de esta imposición o asumiremos la responsabilidad de defender una sociedad plural, ética, crítica y democrática?
