Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

Foto: Cristian Camilo Hurtado Blandón
El arte cumple una función social, especialmente en la dimensión del pensamiento y la sensibilidad crítica, que invita a desenmascarar las contradicciones del mundo social y a resistir el apabullante dominio del sistema capitalista actual, como lo menciona Theodor Adorno. En su Teoría estética, Adorno propone pensar el arte como una protesta contra lo que es, lo cual implica que el arte revela lo que la sociedad esconde o silencia mediante la normalización y la aparente comodidad de lo establecido. Por ello, el arte debería tener como propósito develar lo oculto, un principio que el Club de Música de Fredonia adoptó en sus inicios y que ha retomado en esta generación.
El arte en Fredonia, Antioquia, ha cumplido un papel fundamental, con diversas facetas. Por un lado, existe una forma de arte apreciado y admirado que genera adeptos y séquitos localizados en sus propios círculos de aplauso, creado por las clases burguesas del municipio, cuyo fin es distraer sin invitar a la reflexión. Por otro lado, emerge un arte más social, que busca generar pensamiento crítico y movilizar la sensibilidad de las clases populares. En torno a esta última faceta surge el Club de Música de Fredonia.
Jorge Ignacio Zea Gallego recuerda que el Club de Música nació en 1994 como una necesidad de contar con un espacio donde los pensadores y amantes del arte en Fredonia pudieran compartir, gozar, discutir, formar a las juventudes y formarse alrededor del arte. Esta necesidad surge a partir de las conversaciones entre dolientes del arte y críticos de la cultura que frecuentaban el “Rincón Latino”, un bar y tertuliadero de artistas: un sitio bucólico que fungía como punto de encuentro de la poesía y de las músicas sociales. Aldrin Fredy Jaramillo, William Gil, Mabel Sánchez Henao, Álvaro Noreña, Oliverio Bustamante, Hernán Grisales, Pilar Velásquez, Augusto Restrepo, Patricia Cano, Humberto Agudelo, Lucía Franco, Jairo Mejía, Camilo Atehortúa y Gustavo Ossa conformaron un colectivo cultural, político y social cuyo propósito era la defensa del arte social, alejándose de la costumbre fredonita de consumir cultura únicamente para sentir que todo está bien y que se vive en la mejor versión de la sociedad.
Los objetivos principales del Club de Música han sido propiciar espacios para el esparcimiento y el desarrollo espiritual de la juventud fredonita, así como estimular la creación de material videográfico y fonográfico. En torno a estos propósitos, el colectivo logró fomentar una cultura alrededor de las distintas manifestaciones artísticas del municipio. El Club se convirtió también en una biblioteca de consulta, que cumplía una función social esencial para los estudiantes de las veredas, especialmente aquellos que no podían regresar a casa cada día. Además, se consolidó un Cine Club con proyección comunitaria y se conformó una escuela de música, de la cual emergió toda una generación de músicos locales. Sin embargo, con el tiempo, y debido a las exigencias propias de la vida laboral y económica, muchos de los integrantes del colectivo tuvieron que trasladarse a otros lugares en busca de oportunidades.
Esta situación provocó un paulatino apaciguamiento del proyecto. Al tratarse de un espacio crítico y de reflexión, el Club no logró sostenerse en el tiempo, en parte porque el apoyo estatal fue restringido o inexistente. A las estructuras de poder en Fredonia no les resultaba conveniente un espacio que formara críticamente a las personas, volviéndolas más difíciles de controlar y también porque el colectivo carecía del interés de buscar recursos estatales debido a la contraposición de los ideales administrativos locales y las funciones que se querían favorecer con el Club. Del mismo modo, la disolución del equipo mostró una pequeña ruptura más, en el sentido de que los recursos que llegaban se destinaban al pago de la sede y los servicios públicos, con lo cual los proyectos se desestabilizaban.
En este sentido, puede decirse que el Club de Música de Fredonia surgió —y ha logrado mantenerse con dificultad— como una verdadera trinchera del arte social. Se trata de un espacio de resistencia cultural y crítica social que se ha enfrentado a las lógicas sistémicas del consumo y al silencio impuesto por los gobiernos locales, quienes históricamente han promovido la obediencia sobre la reflexión. El Club ha desempeñado un papel subrepticio, muchas veces atacado, pero igualmente vital: ha defendido el pensamiento crítico y ha contribuido a la formación juvenil mediante un espacio autogestionado que ha servido de refugio para las voces que otros intentaron acallar. Fredonia conoce, a través del caso de Darío Henao Torres, la violencia de callar a quienes se atreven a liderar desde lo cultural, lo social y lo político, proponiendo ideas nuevas frente al derrotero conservador que intenta perpetuar su cetro.
En la actualidad, colectivos como el Conjunto CerroBravo y El Laboratorio del Cuervo buscan reavivar los surcos abiertos por quienes inicialmente edificaron este espacio de resistencia. La creación del podcast Un café con CerroBravo se ha convertido en una excusa para que, a través de medios masivos, las voces artísticas locales lleguen a quienes antes no podían escucharlas. Asimismo, se creó un estudio de grabación comunitario, que permite a los músicos dejar una huella sonora duradera, superando las barreras económicas que históricamente han limitado su expresión. El proyecto de resurgimiento del Club de Música incluye también la construcción de un teatro subregional de manifestaciones artísticas alternativas, que aspira a convertirse en una trinchera abierta, un escenario público del arte con función social y un nuevo despertar del pensamiento crítico fredonita.
Vale la pena agradecer a los fundadores que sentaron las bases de este legado y enviar un abrazo solidario a quienes hoy luchan por mantener viva la herencia crítica de sus ancestros cercanos, su generación anterior.
