Ningún derecho es irreversible cuando se es mujer

Por Sarah Tabares Jaramillo

Imagen 1 (Izquierda). Escena El cuento de la criada. Fuente: A24. (2020)

Imagen 2 (Derecha). Mujeres afganas bajo el régimen talibán. Fuente: El País. (2025)

Los derechos de las mujeres nunca han avanzado de manera lineal. Cada conquista ha sido fruto de la resistencia colectiva, pero también de una historia marcada por avances y retrocesos. Cuando los ideales conservadores vuelven a ocupar el poder, tienen una influencia política y cultural tan fuerte como en la actualidad, la tarea más importante de esa colectividad es resistir y comprender que los derechos no son arrebatados de manera repentina.

Antes de convertirse en leyes, los retrocesos suelen aparecer como opiniones aparentemente inofensivas. Se presentan en formas sutiles, discursos sobre los «roles naturales», contenidos virales en redes sociales o mensajes que romantizan la dependencia femenina, incluso cuando comienzan a explicarnos actividades universales en un lenguaje que termina posicionándonos como incapaces de comprender algo sencillo o complejo.

Es allí donde la conversación deja de ser solamente cultural y empieza a convertirse en una disputa política de por qué deberíamos las mujeres ser y habitar espacios de ciertas formas. Este tipo de discursos se vuelven peligrosos, porque si bien pueden parecer solo eso, se convierten en un arma de doble filo, en una forma de evaluar y entrar a controlar cómo pensamos, llevándonos a normalizar la dependencia a un hombre como estilo de vida, asumir que todas las mujeres del mundo gozan de los mismos privilegios, que todas pueden elegir su vestimenta, mostrar su rostro, hablar y expresar una opinión sin que esto pueda costarles incluso la vida.

No debemos dejar de hablar nunca de las mujeres afganas, pues ellas son el claro ejemplo de tener derechos conquistados, darlos por sentados, para que hoy no tengan ni uno de ellos, porque el mandato de un régimen decide que las mujeres allí no ocupan ni necesitan un espacio.

Aunque para muchos, Afganistán es una realidad distante, casi ajena a la vida cotidiana de quienes habitamos otros países, observar lo que ocurre allí no busca establecer comparaciones simplistas, sino recordar que los derechos nunca son irreversibles. Las restricciones que hoy enfrentan millones de mujeres afganas muestran hasta dónde puede llegar un proyecto político patriarcal cuando convierte el control sobre el cuerpo y la vida de las mujeres en un objetivo de Estado.

En la obra literaria El cuento de la criada, Margaret Atwood nos muestra un mundo distópico, pero lo que más puede atemorizarnos es que la autora dijo que cuando escribió la historia se puso la estricta regla de no incluir en el libro ningún evento, tortura o práctica de opresión que no hubiera ocurrido realmente en la historia de la humanidad.

En la obra, si bien hay mujeres con privilegios, son también víctimas de la opresión misma. Para comprenderlo, Alexandra Kollontai, en su texto Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, nos explica que hay dos grupos para hablar de la lucha femenina: Las mujeres burguesas y las mujeres proletarias, ambas aparentemente con los mismos objetivos, pero nunca con los mismos privilegios y oportunidades al momento de ocupar un espacio. Según Kollontai, “cada nueva concesión que consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana menor (la mujer proletaria) y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos sociales opuestos”. Lo citado se ve explícito en la obra de Atwood, donde las esposas usan a las criadas como simples animales de reproducción, ignorando que ellas solo corren con la suerte de ser las esposas de los hombres burgueses.

En esta obra, también se muestra que la opresión no comenzó de manera espontánea, sino desde el simple discurso, uno muy similar al que actualmente podemos ver en redes sociales y en países como Estados Unidos, donde el voto femenino está siendo tema de debate en muchos sectores, en su mayoría conservadores, que, además, usan la religión para fundamentar su opinión. Este tipo de discursos ignora la brecha de paridad global, que necesita aproximadamente 123 años para cerrarse con el ritmo actual, (cifra estimada por el Foro Económico Mundial).

Además, como menciona Neus Campillo en el libro Pensar el feminismo y vindicar el humanismo, “la paridad en la agenda global requiere un permanente esfuerzo. Un esfuerzo que es distinto según en qué parte del planeta nos encontremos”. Y es que ahora que estamos visibilizando a las mujeres afganas, muchas hablamos de que la libertad comienza a convertirse en un privilegio geográfico.

La fuerza de El cuento de la criada no radica en imaginar un futuro imposible, sino en mostrar cómo una sociedad democrática puede acostumbrarse, paso a paso, a perder libertades. Gilead (escenario donde ocurren los hechos) no aparece de un día para otro; se construye mediante discursos, miedo y la normalización de la desigualdad. Esa progresividad convierte la novela en una advertencia más que en una obra de ficción.

Una tarea muy importante que tenemos quienes contamos con derechos que para muchas otras son privilegios, es la de nunca parar de educarnos, pues el conocimiento es algo que nunca se nos podrá arrebatar y, entre más nos eduquemos, será más difícil que el patriarcado infunda en nosotras una idea, opinión o preferencia de vida. Kollontai también nos dice que solo la mujer es su propia salvadora y su futuro está en sus manos. Una forma de salvarnos es mantener la colectividad; como dice el dicho popular de las colectivas de mujeres, “las mujeres, como las aguas, cuando se juntan, crecen”. Y una forma de sostenernos, crecer y seguir resistiendo, es esa, mantenernos unidas y hacer pedagogía popular y colectiva, que nos permita acoger a quienes poco les han permitido aprender sobre nuestros mismos derechos y sobre la capacidad que tenemos de ocupar nuestros espacios, sin pedir perdón o permiso por ello.

Y es que, como dice Simone de Beauvoir, «no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida».

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