Una paz completa necesita perspectiva de género

Por Diana Granados

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Foto: Espacio de mujeres diversas y paz, Santander de Quilichao.

El movimiento de mujeres en Colombia empujó desde muy temprano la necesidad que la paz contara con la participación equitativa de las mujeres y, sobre todo, que los procesos de negociación garantizaran sus derechos. Diversas organizaciones y plataformas de mujeres dinamizaron a nivel nacional y en los territorios locales, propuestas e iniciativas para que sus apuestas le dieran a la negociación de paz una efectiva perspectiva de género.

Las razones que derivan en estas iniciativas, además de considerar las afectaciones diferenciales del conflicto sobre los cuerpos de las mujeres, podrían resumirse en dos: de un lado, la intensa movilización de las mujeres en los últimos veinte años a favor de una salida negociada al conflicto y por la defensa de sus derechos; de otro, los instrumentos jurídicos como la resolución 1325 de Naciones Unidas y subsiguientes, que se refieren al derecho a la paz de las mujeres y a su necesaria participación en las negociaciones de paz.

Por eso, la creación de la subcomisión de género en las negociaciones de La Habana en 2014 significó un paso importante para visibilizar las apuestas de las mujeres y, sobre todo, la noción de que una paz democrática e incluyente requiere de su participación. El proceso cobró más concreción cuando el 24 de julio de 2016, bajo el comunicado N°82, las comisiones negociadoras anunciaron la perspectiva de género en los acuerdos.

Conforme a este comunicado, los ocho ejes temáticos sobre los que trabajó la subcomisión fueron: “a) acceso y formalización de la propiedad rural e igualdad de condiciones, b) garantía de los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres y personas con identidad sexual diversa del sector rural, c) promoción de la participación de las mujeres en espacios de representación, toma de decisiones y resolución de conflictos, d) medidas de prevención y protección que atiendan los riesgos específicos de las mujeres, e) acceso a la verdad, a la justicia y a las garantías de no repetición, f) reconocimiento público, no estigmatización y difusión de la labor realizada por mujeres como sujetas de políticas, g) gestión institucional para el fortalecimiento de las organizaciones de mujeres y movimientos LGTBI para su participación política y social y h) sistemas de información desagregados”.

María Paulina Riveros, plenipotenciaria por parte del gobierno, y Victoria Sandino, por parte de la delegación de las FARC, anunciaron los resultados de la subcomisión y con ello la incorporación de algunas de sus demandas. En gran medida, muchas de las apuestas de las mujeres estaban centradas en que la paz afectara las múltiples violencias de las que somos objeto o, al menos, que no las reprodujera. Y que los derechos de las mujeres combatientes y no combatientes fueran reconocidos en todas las medidas que incorporaran los acuerdos.

En los últimos meses, en el marco de las acciones de pedagogía para la paz, con el apoyo de la plataforma Mujeres por la Paz, se organizaron diálogos entre diversas mujeres y la subcomisión de género de las FARC-EP, discutiendo sobre los logros de la subcomisión y las preocupaciones de las mujeres. Uno de ellos se desarrolló el 14 de julio en Santander de Quilichao, Cauca, un municipio atravesado por las dinámicas del conflicto armado.

El conversatorio mostró la disposición de las mujeres para pensarnos y actuar decididamente en la construcción de la paz como el único camino para tramitar políticamente el conflicto que aqueja al país. No obstante, las preocupaciones no se hicieron esperar. Por ejemplo, para muchas mujeres el tema del modelo de desarrollo que continúa afectando a los territorios y va en contravía de la paz es una de las más fuertes. Las mujeres de las FARC mostraron su compromiso con escuchar a las otras mujeres y su disposición para que la paz efectivamente cuente, en serio, con ellas. Este ejercicio se hizo en otras partes del país como Medellín y Bogotá, y permitió tender un puente entre mujeres y vernos desde diversas orillas con la convicción de que hay que construir alianzas y empujar cambios para la vida de las mujeres y sus territorios.

Con la firma del Acuerdo Final y la decisión del plebiscito como mecanismo de consulta al pueblo colombiano, muchas han sido las posiciones para definir si respaldar o no dicho acuerdo. Gran parte del movimiento de mujeres le ha dicho Sí al plebiscito para respaldar los acuerdos. En las regiones, las conversas crecen, los debates a favor y en contra parecieran estimularse en esta carrera contra el reloj, puesto que el 2 de octubre debemos lanzarnos a las urnas con nuestra posición.

Varios de esos diálogos de esquina o de tienda cobran vida en las voces de las mujeres para comprender y decidir qué hacer: ¿Usted cree que es bueno? ¿Será que algo va a cambiar? ¿De dónde van a sacar la plata? ¿Sí se van a desmovilizar? ¿Será que no los matan? Pero, ¿Quién no quiere la paz? Y mientras estas preguntas, muchas veces sin respuestas definitivas, dan vueltas, se enredan, se desvanecen y renacen, un gran sector de las mujeres hemos decidido esta vez apoyar el Sí a la paz, que no es el Sí santista.

¿En que radica la diferencia? Preocupaciones como las mencionadas en el encuentro de Santander de Quilichao y seguramente en otros espacios connotan la claridad de que la negociación no resuelve (ni tenía por qué hacerlo) la desigualdad que genera el modelo de desarrollo. Esa seguirá siendo una pelea de largo aliento. Pero, la negociación y los acuerdos sí nos conducen a ciertas aperturas democráticas. Que las campesinas accedan a tierras, que las mujeres y las minorías tengan las condiciones para participar con garantías en la política, que la violencia sexual no sea amnistiable, son algunos de los elementos que permitirían pensar que el camino de la paz, aunque duro e inestable, podría abrir puertas para el cambio.

Aunque muchos procesos de negociación de paz en el mundo han mostrado que en la paz las violencias hacia las mujeres también se exacerban por cuenta de un militarismo persistente en las relaciones sociales, muchas mujeres queremos romper esa cadena y secuencia en este proceso. Por eso, el Sí es apenas un paso más en el camino; lo que viene, si llegamos a buen viento, es la exigencia de una adecuada implementación de los acuerdos y el impulso de la negociación con la guerrilla del ELN, necesaria para una paz completa.

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