
Portada: Sin título – Fernando Loort
Resulta prácticamente imposible convencer de cualquier cosa a alguien cuyo propósito parece ser no dejarse convencer por nada. Terca llamamos a la persona que adopta esta actitud frente a la vida y que se cierra a toda evidencia en contra de sus creencias, sus puntos de vista y sus posiciones. Pero la terquedad realmente no es un asunto individual, es una actitud socialmente promovida por una sociedad que se blinda de entrada contra cualquier posibilidad de cambio como garantía para la perpetuación del orden establecido; así que la terquedad puede ser también considerada la característica de nuestro tiempo.
La terquedad socialmente producida está perfectamente asociada a la acción de los aparatos ideológicos que en nuestro medio se han vuelto omnipotentes a partir no solo de la televisión y la radio sino, sobre todo, de las redes sociales. Por supuesto que siguen teniendo importancia, los centros educativos y, sobre todo, las iglesias, cuya capacidad ha quedado demostrada en los procesos electorales recientes, por ejemplo, de Brasil y Colombia.
El asunto es que la ideología no puede entenderse como un simple sistema de ideas que puede adoptar un individuo o una comunidad y abandonar después según su conveniencia. Realmente la ideología se configura, a partir de la acción repetitiva y sistemática de aparatos ideológicos en un sistema de valores, ideales y aspiraciones bien articulados que termina solidificándose como parte de la estructura subjetiva, psíquica, de las personas. Por eso el individuo o el colectivo se siente atacado cuando se cuestionan sus ideas y se resiste al cambio de pensamiento y actitud porque asumirlo sería prácticamente negar lo que ha sido hasta entonces. Por eso muchas veces, aunque de manera inconsciente, cae en contradicciones, como salir a marchar al lado del uribismo y contra el gobierno actual reclamando que la salud sea un derecho para todos y que se garantice estabilidad laboral. Su inconformismo y malestar son objetivos, pero el velo que le impide ver a los enemigos reales es el que lo mantiene cómodo consigo mismo, siendo el que siempre ha sido.
Sobre estas estructuras se cimienta, en buena medida, la hegemonía cultural que ejerce en la sociedad contemporánea la clase capitalista y, en general, las clases opresoras. Sacudir esta hegemonía en la vida social, construir procesos contrahegemónicos, implica desmontar estas estructuras. Y tal desmonte no puede hacerse arbitrariamente ni por la fuerza bruta. De nada vale acusar de brutos e ignorantes a las personas pobres que profesan los ideales de la derecha, de la clase dominante, y se muestran incluso dispuestas a matar o hacerse matar por ellos. De nada vale el insulto o el desprecio, porque, además, no es cierto que quienes los confrontamos seamos realmente mejores: presumir de superioridad moral es ya la evidencia de lo contrario. Tampoco es eficaz oponer a las movilizaciones o manifestaciones multitudinarias que defienden los valores del sistema que nos deshumaniza una movilización mayor y más vociferante, esgrimiendo los valores radicalmente opuestos. Frente a una subjetividad fundada en la rigidez de la ideología pierden sentido todos los argumentos.
De lo que se trata es de desentrañar los mecanismos a través de los cuales la ideología se convierte en estructura subjetiva, y las maneras de abrir esa subjetividad al cambio, a la posibilidad del diálogo efectivo, a la capacidad de dejarse tocar por los argumentos y los sentimientos de los otros. Pero para ello debemos abrirnos nosotros mismos a la subjetividad del otro, dejarnos tocar por sus argumentos, por sus inquietudes y angustias, por sus temores e ideales. Pues no se puede reclamar del otro una actitud abierta cuando nosotros mismos nos creemos por encima del bien y del mal y, por tanto, impermeables a las contingencias de los demás.
No se trata, entonces, de sustituir una ideología por otra, por más atractivo que esto parezca; no se trata de la manida consigna de desarrollar y encarnar en la clase obrera la ideología proletaria, si es que de verdad existe, pues en ese caso en la arena política lo único que veríamos es una lucha entre ideologías cerradas. De hecho, la historia nos muestra cuántos estragos, materiales y espirituales, han generado en el mundo entero las luchas ideológicas al interior mismo de las izquierdas. Y es que una característica de toda ideología es que se cree portadora de la verdad y de los valores éticos más elevados; pero ideología es ideología y su principal característica es la solidificación y fijeza de los valores e ideales que promueve y su desprecio por lo demás.
En este sentido, el trabajo popular y de base que pretende empoderar a las comunidades tal vez debe preocuparse menos por incubar allí un contenido de conciencia que por despertar la conciencia misma. No es que la lucha por la utopía no esté animada por un conjunto de valores e ideales que se orientan en torno a una sociedad justa y humana. Pero, posiblemente, la contrahegemonía deba expresar menos un sistema de valores contrario al sistema imperante y más una actitud autónoma y crítica de los individuos y sus comunidades frente al mundo y frente a todos los poderes que pretenden imponerse o bien por la violencia o por la fuerza de la seducción. Cualquiera sea el sistema de valores que anime esta lucha, siempre podrá ser puesto en cuestión ante las realidades concretas que van apareciendo o que vamos creando.
Esa podría ser hoy una de las tareas más importantes del movimiento popular emprendida desde los medios alternativos e independientes y con las herramientas de la educación popular. Más allá de los contenidos políticos de un corte ideológico particular, de los análisis sesudos, académicos o no, deberíamos asumir el compromiso de una labor pedagógica, no para enseñarle a nadie nada, sino para abrir escenarios y estrategias en donde todos podamos vislumbrar la manera en que la ideología se encarna en nosotros y combatirla colectivamente mediante el pensamiento crítico, el diálogo y la emoción consciente.
En este sentido, la acción mediática no llega muy lejos si no se complementa con el trabajo organizativo en la comunidad y en los territorios para crear esa disposición en los actores urgidos de un cambio revolucionario. Los medios masivos pueden haber sido fundamentales para construir hegemonías, pero la contrahegemonía, que parte de la autonomía y el pensamiento crítico de los individuos y las comunidades, solo puede surgir en los espacios pequeños donde fluya el afecto para tejerse en redes más amplias donde anide la esperanza.

Contraportada: Anhelantes – Eduardo Kingmang

Excelente texto . Gracias por compartir
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