El Totumo Encantado, Un escenario para la comunidad

Por Jhonny Zeta

Las experiencias de teatro comunitario y popular en Colombia tienen sus inicios en las décadas de los sesentas y setentas del siglo pasado. Pensado como medio de sensibilización y de construcción social desde los barrios, las calles y los centros comunales, ha ejercido un papel determinante para la transformación de la realidad inmediata. Por eso el intercambio de saberes con las comunidades, como propósito directo, ha permitido brindar alternativas vinculadas a la esperanza, aun cuando se sabe que las transformaciones de fondo no se dan de la noche a la mañana.

Foto: Cortesía del El Totumo Encantado

Ponía en marcha su bicicleta, las calles del pueblo eran pistas polvorientas o anegadas, pero le seguían los pensamientos. Casi siempre detenía el afán, le ganaba el asombro en cada esquina, en cada portón donde posaba la mirada. Bajo la boina a cuadros no parecía tener los ojos sino el corazón henchido de sueños y cosas por hacer. Corrían los días, fines de 2009, en esa posibilidad inverosímil de nuestro país, migró voluntariamente de la ciudad a la periferia rural para ejercer como docente de educación artística en la institución educativa de un corregimiento de Necoclí llamado El Totumo. Trabajaba con niños y jóvenes, las lecturas de la realidad le hicieron pensar en una propuesta para que los estudiantes pudieran preguntarse y construir proyectos de vida éticos, acordes con sus sueños y talentos. Ahí comenzó a madurar la idea de formar un grupo de teatro.

El corregimiento El Totumo, según el DANE, tiene más de 9.000 habitantes, un 87,23% de necesidades insatisfechas y está catalogado como zona de extrema pobreza, donde hacen presencia grupos al margen de la ley. Frente a estas condiciones, La Corporación Cultural el Totumo Encantado viene desarrollando los laboratorios socioartísticos con los que ha fortalecido el liderazgo y la participación juvenil y comunitaria en la conservación de los recursos naturales y la protección de sus derechos. De estos han salido producciones audiovisuales como el documental Ojos de agua, el proceso de formación “Mi casa, mi cuerpo, mi pueblo”, con las mujeres del corregimiento y de otros circunvecinos para el manejo de los residuos plásticos.

Quizás ella lo sospechaba, lo comenzaba a adivinar, su Macondo era el Golfo de Urabá, lo era también Ozigana, actualmente Necoclí, tierra de la piña para los indígenas tules, un pueblo recostado en una esquina del mar Caribe, con leyendas e historias de más de 500 años que sobreviven a los saqueos y sometimientos, a la bota de conquistadores españoles como Alonso de Ojeda y Pedro de Heredia, a los colonos que llegaron desde Cartagena en piraguas y barcos, a otros que bajaron desde las montañas antioqueñas, también a la insurgencia y después a quienes afincaron sus intereses económicos de la mano del paramilitarismo y el narcotráfico hasta nuestros días.

Necoclí tiene además el encanto del paisaje cotidiano, el don de gentes que viven en un “cuacto” tapizado de tierra ocre, que saben de sazones y recetas tanto como de bullerengues, risas y bailes; el conocimiento de mujeres parteras que han recibido en sus manos a más de cuatro generaciones, y curanderas octogenarias, volanderas y escoberas que todo el mundo conoce y respeta, tan reales como las leyendas que cuenta el escritor Ismael Porto Herrera, otro enamorado de su Macondo, un pueblo mágico donde las épocas de lluvia y los largos veranos son al mismo tiempo una bendición y un problema, donde el agua potable es una posibilidad tan cercana como los extraterrestres y donde niños, jóvenes y adultos se dan cita en las playas, mientras la música de las olas va meciendo la tarde.

Desde el 2009 hasta ahora mucha tela han cortado la profe y el equipo de formadores, ; de un proyecto para el aprovechamiento del tiempo libre al Centro Cultural el Totumo Encantado (2014) han pasado 10 años aprendiendo y sensibilizando a la comunidad, mostrando en diferentes escenarios representaciones de las realidades e imaginarios propios del territorio que habitan, apuestas todas a través de los talleres de teatro, títeres, laboratorios audiovisuales, danza y música. Han participado en diferentes festivales y encuentros. Entre sus obras están El totumo de oro encantado (2009), La Patera (2011), Nasario está desmandado (2013), Bullerengue (2015), Érase una vez la marcha de los cangrejos (2016) y Los misterios de Cerro Alto (2017); algunas han llegado a teatros barriales de Medellín, a zonas de difícil acceso como Capurganá, en el Chocó, y a Armila en Panamá.

La profesora Flor María Cortés sigue impulsando el empoderamiento de los procesos a través del equipo de trabajo del centro cultural; dice que cuando se mira el territorio desde lo artístico, se redescubre su belleza y todo lo que lo constituye, la idea es que la comunidad aprenda a comunicar lo que está viviendo y que niños y jóvenes tomen decisiones frente a su realidad y sus sueños, que se puedan fortalecer los procesos de participación ciudadana.

Para William Galindo, otro formador de la corporación, el teatro con identidad por el territorio donde desarrollan sus apuestas artísticas ha impactado positivamente en las vidas de los jóvenes, quienes han construido un proyecto de vida a partir de la oferta cultural que la corporación les ha ofrecido. Eso ha permitido que algunos se hayan distanciado y apartado del conflicto armado. Cada vez se dan cuenta que hay muchas historias por contarle al corregimiento, al país y al mundo. William siente que el teatro ha logrado ampliar el horizonte de sus sueños.

Ahora trabajan por realizar su mayor sueño: tener una sede propia para el centro cultural y un teatro para el corregimiento y la región de Urabá. En estos días de contingencia el sueño parece estancarse, pero saben que la esperanza no ha muerto, va volando, volando detrás de la alegría florecida, porque la visión del universo no se puede estancar en una sola mirada (la del COVID).

Abono: El totumo es un fruto de usos y recetas diversas, que en Colombia se utiliza principalmente como recipiente. Así, los protagonistas de nuestra historia son ese recipiente sagrado que conserva y difunde la memoria, la magia y los secretos de su corregimiento. La esperanza en los nombres de Flor, William, Hoover, Geraldín, Jeferson, Concepción, y los demás totumos encantados que van haciendo madurar sueños reales.

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