Editorial No 20: La persistencia de las luchas marca el camino

sin título- Daniel Richter
“Sin título”, Daniel Richter

Entre los años 73 y 71 antes de nuestra era, Espartaco, junto con un grupo de 50 esclavos que llegaría a ser un ejército de más de 100.000 hombres, lideró una rebelión que puso en jaque al gran Imperio Romano. El sueño de Espartaco era conducir a esos hombres hacia la libertad, en territorios más allá de Italia. Pero la embriaguez de las sucesivas victorias obtenidas encegueció a buena parte de los guerreros, que obligaron a Espartaco a regresar a Roma para derrocar el Imperio. Las ansias de libertad despertaron en ellos toda su fuerza y habilidad, pero la ambición de poder debilitó su razón y los llevó a la derrota.

La esclavitud no se ha acabado, simplemente adopta cada vez nuevas formas. Tampoco la lucha de los pueblos por desterrarla ha dado tregua, varía de formas y estrategias en distintas condiciones, pero sigue encarnando el espíritu que impulsó a aquel puñado de esclavos a movilizarse por su libertad. Alimentándose cada día de las experiencias pasadas, de la fuerza de la memoria colectiva y del espíritu libertario que ha esparcido sus semillas por el mundo entero.

En noviembre de 1918, tras la derrota del imperio austrohúngaro en la primera guerra mundial, la Liga Espartaquista se puso al frente de la huelga general desatada por marineros hostiles a la guerra y obreros rebeldes. La Liga Espartaquista emergía como una alternativa revolucionaria ante el acomodamiento de la socialdemocracia alemana, que primero había llamado a los obreros a la guerra nacionalista y que ese año se aprestaba al sostenimiento de un régimen capitalista disfrazado de democrático. “La dominación capitalista -alegaba la ligasignifica la explotación del proletariado y una ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas militares, a la guerra”. Por lo tanto, la lucha proletaria (de los nuevos esclavos) por eliminar la explotación y dominación capitalista aparecía ya como la única posibilidad de garantizar una paz duradera.

La revuelta alcanzó a proclamar la República Libre y Socialista Alemana. Pero fue aplastada por la misma socialdemocracia, que se hizo al poder y sembró en el “nuevo régimen” (La República de Weimar) la simiente para el ascenso del nacionalsocialismo y el estallido de una segunda guerra mundial en poco tiempo. Sus líderes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, fueron asesinados y desaparecidos a manos de mercenarios, igual que miles de huelguistas. Pero el fuego de su espíritu sigue dando fuerza a las nuevas luchas emancipatorias en todo el mundo.

Se trata del mismo espíritu que alimentó la mayor rebelión indígena anticolonial en la América del siglo XVIII, liderada por Túpac Amaru, no solo por la independencia respecto a España sino contra todas las formas de explotación y dominación vigentes (la mita, la alcábala, la esclavitud de los negros, etc.). Igual que al movimiento comunero liderado por esa misma época por José Antonio Galán en la Nueva Granada, y más tarde las luchas independentistas de Toussaint, Bolívar y San Martín. Y en el siglo XX, por quedarnos en América Latina, y entre paisanos en los que poca influencia podría tener la historia de Espartaco, las mismas ansias de libertad y justicia encendieron las luchas de José Martí, Emiliano Zapata, Sandino, Farabundo Martí y Quintín Lame, entre otros; todas ellas reeditadas y enriquecidas por luchas contemporáneas como la de los zapatistas en México y el Movimiento Indígena del Cauca.

Casi sin excepción, todas estas son experiencias de derrotas históricas. Muchas de ellas se deben a errores estratégicos o traiciones internas, aunque la mayoría de las veces han sido provocadas por la fuerza despiadada de los poderosos de turno. Pero no es el triunfo la medida de la legitimidad y justeza de las luchas de los pueblos, sino sus ideales y principios. Por eso la persistencia y actualidad que las caracteriza, no a pesar sino justamente por su fracaso. Todas ellas representan sueños aplazados, esperanzas no cumplidas y posibilidades concretas de hacer de este mundo un escenario para la vida en paz y en libertad. Representan la incapacidad de los pueblos para la resignación, además de una profunda sabiduría: ninguna lucha legítima se pierde. A pesar de su aplastamiento, la lucha de los esclavos puso las simientes para la destrucción del Imperio Romano y el fin de aquella forma de esclavitud, de la misma manera que la lucha de José Antonio Galán alimentó el sueño de Bolívar, y la de Túpac Amaru la de Quintín Lame.

Ninguna derrota es suficiente para abandonar el sueño. A veces los pueblos parecen dormidos o resignados con las condiciones existentes, pero el espíritu libertario que ha quedado flotando en el ambiente vuelve a encender la chispa aquí o allá, hasta que la furia se hace eco y la gente vuelve a salir de sus casas ya sin miedo, se toma las calles y hace valer sus sueños. Como siempre, el poder dispone sus fierros, sus tanquetas, sus trampas, y sus medios de comunicación para deslegitimar, aplastar, amedrentar. Y a veces lo logra. Pero siempre es por un momento, pues los pueblos no pueden vivir eternamente bajo el yugo de la miseria, la discriminación y la represión. La situación alcanza dimensiones de lo insufrible, lo intolerable y entonces la gente asume el costo y vuelve a desafiar el poder, como pasó recientemente en Buenaventura, o con la reiterada movilización de los profesores, o con las luchas campesinas organizadas en la Cumbre Agraria. Todos esos acontecimientos en medio del entorno más cerrado y represor que haya vivido Colombia.

No es un proceso evolutivo. Nada garantiza el éxito ni mucho menos su perdurabilidad, pues no hay nada irreversible en política, y de eso los dominadores nos han dado muchísimas pruebas revirtiendo buena parte de las conquistas populares. Pero esta misma consigna es la que mantiene viva la esperanza de un mundo humano aun en las condiciones de inhumanidad más escabrosas. La historia es un campo abierto a la lucha, y mientras el espíritu libertario alimente nuestro inconformismo con el orden social vigente, toda la lucha histórica de los pueblos convergerá en nosotros para cuestionar el poder que nos somete.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s