Editorial No 24: La revolución busca formar un hombre nuevo

Grito de los excluidos 2000 - pavel Eguez
Grito de los Excluidos, de Pavel Eguez

Motivos para querer cambiar este mundo sobran, y cada día aparecen más. Todo lo ha convertido en mercancía y envilecido en su esencia, empezando por los seres humanos; cultiva la ambición, el egoísmo y la competencia de manera tan desmesurada que ya el propio planeta ha empezado a pasarnos la cuenta de cobro a través de la lluvia ácida y el cambio climático global, por mencionar apenas dos reacciones de la naturaleza ante nuestra forma de vida; ha hecho de la salud, el amor, la felicidad, negocios tan rentables como vacíos; la educación que promueve, en vez de ayudar a desplegar la libertad humana, la frustra; en vez de la calidez, la fraternidad y la solidaridad ha estimulado en cada uno de nosotros la frialdad, la desconfianza y la envidia. Con todo ello ha perpetuado la miseria, cuya eliminación era supuestamente el propósito del desarrollo productivo, y ha multiplicado la inequidad y naturalizado la injusticia en nombre del éxito personal y el progreso. Por tanto, todo aquel que busca de manera sistemática y compromete su vida con la erradicación de estos males es un revolucionario, y su proyecto es, por temeraria que hoy parezca la palabra, hacer la revolución, transformando cambiando la organización social que los engendra.

En la historia de la humanidad muchos individuos han puesto sus vidas al servicio de la construcción de un mundo justo, sin miseria ni dominación de ningún tipo; y en algunos momentos han encontrado un pueblo maduro para su cometido, entonces han acontecido verdaderas revoluciones que le han cambiado la cara a la sociedad de su tiempo. Que al final la mayoría de estas revoluciones hayan encontrado obstáculos inmensos en su desarrollo, muchos de ellos encarnados en la mentalidad y actitud de sus nuevos dirigentes, formados en las escuela de la dominación burocrática o despótica, no autoriza a demeritarlas; a los sumo su historia nos ha enseñado que lo más difícil de la revolución no es, como habitualmente se piensa, la toma del poder político, sino la formación de un nuevo ser humano, que no recurra al ejercicio del poder sobre los demás y que oriente todos sus esfuerzos hacia la capacidad de la sociedad como colectivo de dirigirse conscientemente hacia fines cada vez más nobles y humanos.

En esencia, una revolución verdadera debería cambiar el tipo de relaciones que los humanos sostenemos entre nosotros y con la naturaleza. En esas relaciones se expresa justamente lo que somos como individuos y como sociedad, y a imagen y semejanza de eso que somos, construimos, transformamos o reinventamos el mundo en el que vivimos. Hasta ahora nuestras relaciones han sido de dominación sobre la naturaleza y de opresión sobre nuestros congéneres. Y la relación básica que orienta nuestra forma de comportamiento frente al mundo es la propiedad privada como expresión del dominio sobre la naturaleza y al mismo tiempo de exclusión de las mayorías de su acceso a los medios de subsistencia. Desafortunadamente, esta relación se ha naturalizado en la sociedad actual y sedimentado en nuestra conciencia, hasta el punto que hoy parece un sacrilegio cuestionar la propiedad privada como derecho natural y evidenciar la violencia y el despojo que hay detrás de ella. Lo realmente preocupante es la proscripción que parece haberse impuesto sobre la palabra revolución en todos los ámbitos de la vida, menguando el impulso que la sostiene. Por eso hoy es de vital urgencia recuperar su voz, reinventarla, dotarla de nuevos sentidos y legitimar su esperanza.

Los seres humanos no estamos hechos de una vez y para siempre. Por lo tanto, en nosotros está también la posibilidad de construir relaciones diferentes, por más que las actuales hayan cobrado la fuerza de relaciones naturales. La prueba está en todos esos hombres y mujeres que se han enfrentado al reto de transformar el mundo empezando por la transformación de sí mismos, de su conciencia, de su ideal de felicidad, su ideal de amor y de riqueza. Así que de alguna manera está en nosotros también ser de otra manera y construir una sociedad distinta.

Así pues, la revolución no empieza ni termina con la toma del poder, aunque a veces este sea necesario. De hecho, para ese paso tan importante se requiere que primero anide en un grupo grande de personas el sueño de un mundo mejor y la convicción y la entereza para comprometerse con él. Y después habrá que poner la fuerza del Estado y los recursos de que dispone la sociedad para que ese espíritu sea asequible a todos y para que la sociedad en su conjunto construya la fuerza y la conciencia suficientes para bloquear los intentos de atomización y de regresión hacia nuevos estados de dominación y opresión. Porque el espíritu humano es voluble y la revolución no es un camino recto hacia la perfección.

La verdadera revolución consiste en la construcción de un nuevo ser humano, dispuesto a amar profundamente, comprometido con un camino de crecimiento individual y colectivo, capaz de celebrar el pleno desarrollo del espíritu humano, crítico y autocrítico, abierto a la alegría, a la imaginación y a la posibilidad de que el mundo sea de otra manera, dispuesto a evaluarse y recrearse permanentemente y sobre todo abierto a la humanidad que anida en él y lo hermana con todas las manifestaciones de la naturaleza universal, tanto de la vida como de lo inerte. De hecho, la construcción de ese hombre nuevo no solo es el fin sino el medio de toda revolución y, aunque es un deber del proletariado sacudirse las cadenas de la explotación económica, la construcción de ese hombre nuevo es tarea de todos y todas los que vivimos la opresión y la dominación en cualquiera de sus manifestaciones o somos sensibles a ella. En este sentido, la revolución no debería ser el privilegio de un grupo social específico sino un deber y una necesidad de todas y todos los oprimidos de la tierra. Porque la tarea de ese hombre nuevo es erradicar todas las formas de opresión y en su lugar construir las condiciones para unas relaciones armónicas con la naturaleza y una interacción humana orientada por fuertes lazos de solidaridad y cooperación.

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