Sin esperanza de obtener una pensión digna

Sin esperanza de una pension digna
Imagen: Tomada de http://www.esan.edu.pe

Por Carlos Gustavo Rengifo Arias

Como mi padre, muchos colombianos, después de décadas de estar laborando, esperan obtener una pensión digna para poder vivir sus últimos años dedicados a los hobbies a los que el trabajo nunca les dio tiempo, a seguir aportando a su familia y a tener tiempo libre para sus nietos. Pero las reformas laborales y pensionales en nuestro país parecen impedirlo.

Una vida de trabajo

Si algo caracteriza a Gustavo Rengifo Benítez, mi padre, de 62 años, es ser un hombre trabajador. Perteneciente a una familia vallecaucana de 12 hermanos, él, segundo de todos, tuvo que comenzar su vida laboral aun siendo muy chico, para poder apoyar la crianza de sus hermanos. “Vendía los pandebonos que hacía mi madre Isidora –cuenta–, pero también trabajaba cosechando algodón, sorgo y maíz”. Después de hacerse bachiller agropecuario en el ITA (Instituto Técnico Agropecuario), a los 20 años, comenzó su primer trabajo formal en la CAVC (Corporación Autónoma del Valle del Cauca) como experto agropecuario en el área de administración de cuencas hidrográficas. “Desde allí comencé a cotizar –dice mi padre– en la Caja de Previsión Social”, institución que después sería absorbida por el Instituto de Seguros Sociales (ISS).

En junio de 1977 logró entrar a laborar al que se conocía en ese entonces como Banco Cafetero, primero como asesor técnico agropecuario y después como coordinador agropecuario. Recuerdo que, siendo yo un niño, mi padre tenía la costumbre de llevarme en vacaciones a visitar las fincas a las cuales brindaba asesoría técnica, agropecuaria, financiera, y recorríamos largos caminos a pie por la diversa topografía del departamento del Tolima; comíamos naranjas silvestres, montábamos en “bestia” cuando el camino era empinado y escarpado. Disfrutábamos de la amplía hospitalidad del campesino que siempre nos atendía con suculentos desayunos o almuerzos empacados en hojas de “bijao”, y nos despachaban con un bulto de naranja, un gran racimo de plátanos o una gallina.

En el rebusque

Mi padre laboró en el Banco Cafetero de 1977 a 2000, ya instaurado el modelo neoliberal en nuestro país. “Acabaron con el área técnica y agropecuaria y otras áreas del banco –comenta–, y comenzaron a liquidarlo; finalmente lo vendieron, convirtiéndose en Bancafé”. A mi padre lo despidieron y lo liquidaron y se vio obligado a pasar de ser un empleado con 23 años de experiencia a ser un “emprendedor”. Así, con otros compañeros también despedidos del banco, crearon una oficina de consultorías técnicas, agropecuarias y financieras (que llamaron AFINSA, en la cual hacían lo que antes hacían en el banco). “Pero Bancafé nos pagaba tarifas irrisorias por nuestros servicios. Comenzamos a entrar en crisis, pues lo que nos pagaba el Banco por las asesorías no nos alcanzaba para la papelería ni para los servicios y ni siquiera para pagarle a una secretaria. Entonces los otros “socios” se fueron retirando, hasta que tuvimos que cerrar la oficina”.

En 1995, y antes de la liquidación del Banco Cafetero, la mayoría de empleados se pasaron a los fondos privados de pensiones. “Nos hicieron asistir, casi obligados, a varias reuniones con los fondos privados de pensiones y a escuchar las supuestas ventajas de este sistema, mostrándonos simulaciones en donde al comienzo la escala pensional era más baja que en el ISS pero que con la capitalización de los fondos y sus rendimientos sería mejor la pensión. A la par nos atemorizaban con la idea de que al Seguro Social lo iban a cerrar”.

Tiempo después de la liquidación del Banco Cafetero y tras el fracaso como “emprendedor” en AFINSA, mi padre logró aplicar a una convocatoria de Bancafé, la nueva institución, que pronto fue vendida a Davivienda. “Allí comenzaron a hacer una preselección y despidieron a varios; a los que nos quedamos nos dijeron que había que renegociar las condiciones laborales y que tendríamos mejores ingresos; pero lo cierto es que era un salario integral, y al final nos bajaron unos 600 mil pesos en comparación a lo que ganábamos antes”.

Allí mi padre duró dos años, hasta que, finalmente, los sacaron a todos esgrimiendo como razón su avanzada edad.

De ahí en adelante mi padre comenzó a vivir el drama de un hombre adulto, profesional, con gran experiencia y conocimiento, pero desempleado. “Llegué a enviar cerca de 80 hojas de vida a convocatorias laborales, y ninguna empresa contestaba, con tanta frustración para mí con la experiencia que tenía”. En esta situación, sus ingresos comenzaron a variar de manera brusca, igual que los aportes a la pensión, hasta que logró ubicarse como docente universitario de cátedra en la John F. Kennedy (adscrita a la Corporación Universitaria Nacional), pero allí el pago era cada seis meses.

Hoy mi padre trabaja para el Banco Agrario como “supernumerario”, viajando a los lugares más inhóspitos del país, viviendo en hoteles y devengando un salario integral (con el cual, además, debe pagar sus gastos de manutención y viajes). En este cargo sustituye a los gerentes de cualquier oficina en el país, cuando estos están incapacitados por enfermedad o cuando salen de vacaciones, a pesar de que él mismo lleva tres años trabajando sin un día de vacaciones.

Ya con 62 años de vida, 50 de ellos laborados, y 40 años cotizando a su pensión, mi padre se ha dado cuenta que se pensionará, si acaso, con un máximo de un millón trescientos mil pesos, lo que lo obligará seguramente a seguir trabajando para completar sus ingresos y cubrir sus gastos. “Si hubiera seguido cotizando al ISS (hoy Colpensiones) –dice mi padre– podría haberme pensionado con, al menos, un millón de pesos más. Me siento triste y angustiado, queda uno con la sensación de inseguridad y de no poder seguir apoyando económicamente a la familia”.

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