Editorial No 28: Una tecnología al servicio de la vida


conexion hombre naturaleza - Jose Luis Rodriguez Yaiba
“Conexión Hombre y Naturaleza”
/José Luis Rodriguez Yaiba

Dicen que hay restaurantes ejecutivos en donde les hacen descuento a los clientes si dejan su teléfono móvil a la entrada. Es, desde luego, una estrategia de fidelización del negocio, pero lo importante es la realidad que evidencia: la gente se cita para almorzar y de paso conversar con sus amigos, pero lo que uno ve después en la mesa es a cada uno absorto en su celular, hablando o chateando con gente que está a miles de kilómetros, sin cruzar palabra con los compañeros de al lado. Eso evidencia la contradicción que encarna hoy el desarrollo de la tecnología.

Hoy tenemos la posibilidad de comunicarnos en tiempo real con gente que vive al otro lado del océano, pero estamos perdiendo con una rapidez inquietante la capacidad de comunicarnos con la gente más cercana. Al principio del desarrollo de la Internet, cuando alguien buscaba pareja por este medio nos parecía un asunto extravagante, que atribuíamos al retraimiento o la incapacidad de socialización particular de esa persona. Esta estrategia, sin embargo, se hace cada día más normal, lo que evidencia la incapacidad de asumir las relaciones con el otro de frente, permitiéndonos escudriñar sus gestos y exponiéndonos a su inspección, pues la Internet (y el celular) nos facilita cortar la comunicación cuando algo nos incomoda, sin asumir consecuencias. Así que la tecnología que prometía agilizar y ampliar nuestra comunicación con los demás, rompiendo las barreras del tiempo y el espacio, en la práctica nos ha atomizado más.

El problema no está, desde luego, en la esencia de la tecnología ni en la famosa “naturaleza humana” a la que le atribuimos muchas veces nuestros males; más bien hay que buscar sus causas en el uso que le damos a esa tecnología y el objetivo con que la impulsamos.

Todos queremos naturalmente estar bien. Y anhelamos, con todo derecho, mejorar nuestra situación, equipándonos económica, emocional, intelectual y psicológicamente para llevar una vida que sea digna de nuestros sueños y esperanzas, abrigados por la humanidad desde el principio de los tiempos. Eso es lo que normalmente llamamos progreso. Pero solo tenemos derecho a él con la condición de que sea un progreso integral, de la humanidad entera y no de unos pocos individuos en detrimento de los otros y en el aspecto material en menoscabo del espiritual, como se ha dado en la práctica hasta hoy. Esto, porque la economía se ha arreglado en función del enriquecimiento de unos pocos a costa del sufrimiento de la mayoría y el saqueo de la naturaleza, lo que nos ha hecho ciegos para otros propósitos vitales.

La trampa está en reducir el bienestar, que ya es una reducción de la felicidad, a la opulencia y el confort. Eso es lo que nos ofrece y a la vez nos niega el capitalismo, a través de un desarrollo técnico y tecnológico cada vez más acelerado. Todos nos subimos en ese tren que promete transitar por la vía del progreso y llevarnos al reino de la felicidad, cuando en realidad nos lleva hacia una catástrofe y lo que promueve a su paso, en vez de progreso, es destrucción y regresión moral, intelectual e imaginativa.

Supuestamente, el desarrollo tecnológico nos habría de permitir eliminar la escasez, por un lado, y disminuir, por el otro, el tiempo y el esfuerzo en el trabajo, liberándonos así tiempo y energía para el desarrollo espiritual, es decir, para el arte, la filosofía, la ciencia, la amistad, el amor, el sexo, en fin, todo aquello que aportara a un crecimiento realmente humano. Además, este mismo desarrollo tecnológico se orientaba al descubrimiento y fabricación, mediante la aplicación de la ciencia, de maquinaria, equipos y sistemas completos que hicieran más confortable la vida cotidiana.

Efectivamente, muchos de estos sistemas han hecho más amable nuestra existencia, como la energía eléctrica, los automóviles, los ascensores, los aviones y los mismos equipos de telecomunicaciones. Pero, por un lado, no todos tenemos el mismo acceso a los beneficios de este “progreso”, y, por el otro, el precio que la humanidad y la naturaleza han tenido que pagar por este confort de unos pocos es aterradoramente desproporcional: calentamiento global acelerado que amenaza todas las formas de vida, desertificación inquietante de los bosques, contaminación atmosférica que ha alcanzado niveles alarmantes, descongelamiento de los polos, secamiento y contaminación de las fuentes de agua dulce, etc. Además, ha convertido el planeta entero en un basurero radiactivo y de tecnología desechada cada vez más rápido. En cambio, ese desarrollo científico y tecnológico tan prodigioso no ha podido erradicar los grandes males de la humanidad, como el hambre y la miseria de poblaciones enteras.

Por su parte, el desarrollo ético de la humanidad parece avanzar en sentido contrario al desarrollo tecnológico, que en nada ha contribuido a hacernos mejores personas. De hecho, la educación se enfoca cada vez más en las capacidades técnicas en vez de la formación de sujetos críticos y autónomos. Al final nos ha hecho creer que los problemas sociales, incluso los creados por el uso indebido de la tecnología, son también de tipo técnico y se superan con nuevas tecnologías y, sobre todo, con una organización tecnocrática de la vida, cuyo propósito sigue siendo garantizar sin traumas la acumulación de capital.

Porque el capitalismo solo impulsa el desarrollo tecnológico y científico a fin de multiplicar sus ganancias. Por eso, en lugar de garantizar la abundancia ha multiplicado la escasez, arrasando inmisericordemente con los bienes que provee la naturaleza. Para ello promueve el consumismo irracional y multiplica la producción con base en las necesidades artificiales que él mismo promueve, en detrimento de las necesidades vitales. Un ejemplo de ello lo encontramos en la medicina, donde la investigación y el desarrollo tecnológico se enfocan cada vez más en el sector cosmético, mientras los pobres no tienen acceso ni siquiera a una atención básica.

Lo anterior exige replantearnos la relación con la tecnología y cambiarle de perspectiva al progreso. El progreso tecnológico no trae aparejado automáticamente el progreso ético; pero, en cambio, un progreso ético de la humanidad podría garantizarnos un mejor uso de la tecnología, para no hacer de ella un instrumento de dominación sobre los seres humanos y la naturaleza, sino una herramienta de emancipación de la humanidad y de relaciones más solidarias con la naturaleza. Por lo demás, este desarrollo ético podría jalonar nuestra imaginación para concebir una nueva técnica, al servicio de la resolución de problemas realmente humanos y no como la que usamos ahora que se alimenta creando nuevos problemas.

p 1 fulgeo fulsi
”Mother Earth” /Jeness Cortez Perlmutter.

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