Días y flores

Jhonny Zeta

Ilustración por Sara Francisca Loaiza Erazo

Eran muchachas y muchachos de diferentes disciplinas que hacían su primera práctica universitaria, ocho mosqueteros de un grupo de sesenta que habían desembarcado en un territorio difícil, permeado por el conflicto armado y por las carencias sociales. Un territorio con tres verdes mares: uno de agua, otro de selva y el de plantaciones de banano.

Cualquier sábado se fueron a una comunidad del municipio para compartir con los indígenas. Se entusiasmaron, porque soñaban percibir de cerca las costumbres y cotidianidades, la lengua y la forma de existir que tienen los Emberas. Aunque les recomendaron no tomar fotos en la carretera y no hablar de temas políticos, no se asustaron, como buenos aventureros empacaron dos o tres camisas en las mochilas, fueron a mercar y se montaron al chivero. Después de 45 minutos de recorrido, llegaron a una caseta donde los esperaba el gobernador del cabildo.

Leían la timidez en la comunidad, las mujeres indígenas eran muy silenciosas; después se enteraron que los indígenas tenían cierta reticencia a que sus hijos aprendieran el idioma de los capunias (no indígenas).

La noche estaba estrellada y limpia, cada quien se subió a su hamaca colgada de las vigas de madera que sostenían la escuela recién construida, poco a poco se iban acostumbrando a los sonidos que ya no existen en la ciudad. De pronto comenzó a sonar la canción Días y flores, de Silvio Rodríguez. Increparon a la compañera que la había puesto. El problema no era la música sino las advertencias que les hicieron en el pueblo, y, claro, ninguno quería nada que sonara, que se entendiera como de izquierda. La mosquetera simplemente apagó el bafle.

Se despertaron temprano, prestos a recorrer los alrededores, prepararon agua panela y se fueron a buscar una poza de agua. Así se les fue la mañana viendo mariposas, plantas y otros animales.

Cuando regresaron a la caseta donde los debía esperar el jeep, se toparon con un montón de personas que los miraban raro, de ellas escucharon decir que el carro ya se había ido con otro viaje. Un mosquetero propuso caminar mientras volvía el chivero. Minutos más tarde divisaron otro carro que venía entrando a la vereda atestado de pasajeros. Se animaron a ponerle la mano para saber si podría llevarlos al pueblo; el conductor les desinfló los ánimos diciendo que no les aseguraba el cupo. Tal como imaginaron, el carro pasó lleno, de regreso, pero el conductor les pidió que lo esperaran.

La película y las fotos

Buscaron sombra y se tumbaron al borde de la carretera. Del carro se bajó uno de los tipos que iba colgado y se devolvió en dirección a los muchachos, por el otro extremo se aproximaba una motocicleta. Saludaron al que pasaba caminando, no respondió, un mosquetero observó que lleva un arma de fuego en la pretina; el que pasaba caminando siguió y se saludó con el tipo de la moto, el mosquetero advirtió a su compañero del lado: ¡ay jueputa, esa gente está armada! Ambos tipos dejaron la moto y abordaron al grupo de muchachos.

– ¿Ustedes quiénes son?

-Somos estudiantes.

Le pidieron a uno que recogiera todos los documentos de identidad, después sacaron el arma y los apartaron de la carretera para revisar sus pertenencias. El tipo de ojos claros dijo: ¿ustedes sí tenían claro que no se podían tomar fotografías por la carretera? El otro se comunicó por un BlackBerry con su jefe.

La mosquetera que había puesto la canción de Silvio la noche anterior entró en shock, dijo: ¿cierto que esto es una requisa de rutina, que no nos va a pasar nada? El tipo del arma la miró atónito y después se dispuso a revisar la cámara fotográfica que llevaba colgada uno de los muchachos. La mosquetera volvió a preguntar: ¿y a mí por qué no me revisas la cámara, porque es más chiquita, porque no es tan bonita? No, dale revísala. En vez de eso, el tipo intercambió miradas con el del BlackBerry y les preguntó a todos quién los conocía en el pueblo. Sin dudar respondieron que el rector de la escuela. El del celular le tomó una foto al mosquetero de la cámara y se comunicó de nuevo por el aparato.

Pasada media hora apareció de nuevo el carro y el tipo del teléfono salió a la carretera, conversó con el conductor y le dijo que esperara. El zarco siguió apuntando con el arma, diciendo que en el pueblo nadie los conocía

 – ¿Cómo que no, si llevamos varios meses trabajando allá?

La mosquetera del bafle, la del shock, la de la camarita, volvió a intervenir para decir que sí, que trabajan con la gobernación. Sus compañeros y compañeras ya estaban alterados.

Minutos después los dos tipos ofrecieron disculpas y les permitieron que se subieran al carro, diciendo que nada había pasado. Montados en el jeep los ocho respiraron con alivio hasta escuchar de nuevo la voz intempestiva del zarco: ¡un momento!, el jefe quiere una foto de las cuatro chicas. Las dos mosqueteras que iban en la parte de atrás se tuvieron que acercar a las de la cabina, les tomaron la foto y la mandaron al jefe. Pasados dos o tres minutos interminables el zarco volvió con las disculpas y que les vaya bien. En el vehículo los ocho estaban en silencio, alguno prendió un cigarrillo. Todos y todas fumaron.

En el pueblo los esperaba el funcionario que les había hecho el contacto para la visita, estaba acompañado de su hermano, quien revisaba en su celular las fotos que les habían tomado, se reía por la cara de susto que tenían las chicas en la foto. Otra vez que qué pena, que disculpas, es que los muchachos no estaban avisados y no los vieron entrar, pero son bienvenidos cuando quieran volver.

Todos para uno y uno para todos

Al finalizar la tarde los ocho buscaron una tienda, compraron una botella de aguardiente y se encerraron. La canción de la noche anterior continúa diciendo:

Pero si un día me demoro, no te impacientes yo volveré más tarde, será que la más profunda alegría, me habrá seguido la rabia ese día, la rabia simple del hombre silvestre, la rabia bomba, la rabia de muerte…

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