Por J. Mario Vergara

Acuarela de Víctor Camilo Cuartas
Recientemente leí un artículo sobre la educación y el adoctrinamiento del pensador español Joan-Carles Mèlich, quien ha desarrollado una reflexión filosófica rigurosa y profundamente ética sobre la educación, inscrita en la tradición de la filosofía moral contemporánea y en diálogo crítico con la pedagogía moderna. Su trabajo se centra en la condición humana como finita, vulnerable y expuesta al otro, lo que lo lleva a cuestionar los modelos educativos basados en certezas morales, normas universales y verdades cerradas.
Para Mèlich, educar no consiste en transmitir doctrinas ni valores inmutables, sino en abrir espacios de experiencia, responsabilidad y hospitalidad, donde el sujeto aprende a pensar, decidir y responder sin garantías absolutas. Y en él encontré algo más que una reflexión pedagógica: hallé una advertencia ética profundamente actual. En tiempos de polarización política, de discursos morales cerrados y de instituciones educativas presionadas por agendas ideológicas, la distinción entre educar y adoctrinar deja de ser un debate teórico para convertirse en un asunto urgente, de esa diferencia depende, en buena medida, la posibilidad misma de formar sujetos libres.
El pensador español ha insistido, con una claridad incómoda, en que educar no es transmitir verdades cerradas ni moldear conciencias según un ideal previo de ser humano. Educar, para él, es abrir un espacio de experiencia, de exposición al mundo y a los otros, donde el sujeto se reconoce finito, vulnerable y responsable. Adoctrinar, en cambio, es clausurar ese espacio: es sustituir la pregunta por la respuesta definitiva, el diálogo por la consigna, la ética por la obediencia. Allí donde se adoctrina, no se forma conciencia; se fabrica adhesión.
Lo inquietante es que el adoctrinamiento no siempre se presenta con el rostro burdo de la propaganda explícita. A menudo se disfraza de buena intención, de formación en valores, de defensa de “lo correcto”. Se cuela en currículos rígidos, en discursos que prometen certezas absolutas, en pedagogías que confunden educación con alineación moral. Esto nos recuerda que el problema no es enseñar valores, sino imponerlos como incuestionables, como si fueran verdades ahistóricas y no construcciones humanas atravesadas por el conflicto.
Educar, desde esta perspectiva, implica aceptar la incomodidad. Implica asumir que el estudiante puede no pensar como el docente, que puede cuestionar lo aprendido, que puede incluso rechazarlo. Adoctrinar, por el contrario, busca evitar ese riesgo: forma sujetos previsibles, dóciles, incapaces de habitar la ambigüedad. Y no hay nada más peligroso, ética y políticamente, que una sociedad que teme a la ambigüedad.
Uno de los aportes más valiosos de Mèlich es su crítica a la idea de una educación moral cerrada. La ética, sostiene, no puede reducirse a un manual de instrucciones ni a un código normativo aplicable mecánicamente. La ética nace del encuentro con el otro, de la experiencia concreta del sufrimiento ajeno, de la responsabilidad que emerge cuando ninguna regla basta. Por eso, una educación verdaderamente ética no adoctrina: expone. No protege al estudiante del conflicto moral, sino que lo introduce en él.
Esta reflexión adquiere un peso especial en contextos donde la educación es vista como campo de batalla ideológico. Cada vez que se acusa a la escuela o a la universidad de “adoctrinar”, convendría preguntarse qué se entiende realmente por educación. Porque el riesgo no está solo en que una corriente ideológica capture el sistema educativo; el riesgo mayor es creer que educar consiste en producir sujetos alineados con una visión del mundo, cualquiera que esta sea. El adoctrinamiento no es patrimonio exclusivo de un bando: es una tentación permanente del poder.
Esto nos obliga a mirar la educación desde la fragilidad humana. Educar no es formar héroes morales ni ciudadanos perfectos, mucho menos gente de bien, sino acompañar a personas concretas en su proceso de comprensión del mundo y de sí mismas. Esto exige renunciar a la ilusión del control total. El educador no es un ingeniero de almas; es, en el mejor de los casos, un testigo y un mediador. Adoctrinar, en cambio, tranquiliza: ofrece certezas, elimina dudas, promete orden. Pero ese orden se paga caro: al precio de la libertad.
En un mundo saturado de discursos que gritan verdades absolutas, educar se vuelve un acto casi subversivo. Educar es enseñar a pensar sin garantías, a decidir sin manuales, a responder por los propios actos sin escudarse en dogmas. Esto no significa relativismo banal ni indiferencia moral, como a veces se acusa. Significa, más bien, una ética exigente, porque obliga a cada sujeto a hacerse cargo de sus elecciones, sin refugiarse en consignas heredadas.
La diferencia entre educar y adoctrinar también se juega en el lenguaje. El adoctrinamiento habla en tono de certeza; la educación, en tono de pregunta. El primero busca adhesión; la segunda, comprensión. El primero necesita silencio disciplinado; la segunda, palabra crítica. Allí donde no se puede preguntar, no hay educación, por muy nobles que sean los contenidos transmitidos.
En sociedades marcadas por la violencia simbólica y material, esta distinción es crucial. Una educación que adoctrina puede producir sujetos convencidos, pero no necesariamente justos; obedientes, pero no responsables. Educar, en este sentido, es mucho más incierto y lento, pero también más humano. Supone confiar en que el otro puede pensar por sí mismo, incluso cuando eso incomoda nuestras propias convicciones.
Tal vez por eso este enfoque resulta incómodo: porque nos priva de la coartada moral. Nos obliga a aceptar que educar no garantiza resultados, que no hay método infalible para formar “buenas personas”. Pero precisamente ahí radica su fuerza ética. Educar no es asegurar un destino; es abrir un camino.
En tiempos donde la palabra “adoctrinamiento” se usa como arma arrojadiza y la educación se instrumentaliza según intereses políticos, la reflexión de Joan-Carles Mèlich nos recuerda algo esencial: educar no es conquistar conciencias, sino respetar su fragilidad y su libertad. Y quizá esa sea, hoy, una de las tareas más difíciles y más necesarias.
