En la espiral de la crisis, decrecer se convierte en alternativa

Por Juan D. Suárez Gómez

Ilustración: Singer

Hace poco salió una noticia que fue reproducida en los principales medios de comunicación. Informaba que en el ártico se han alcanzado temperaturas cercanas a 38° grados, algo nunca visto y que prefigura lo que vendrá pronto con el calentamiento global. Informes de organismos como el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) auguran que el calentamiento global es una realidad, y que tenemos una ventana de oportunidad muy pequeña para tratar de revertir así sea mínimamente sus efectos.

Además, este escenario abre un espacio de debate que nos implica globalmente, no por medio del libre mercado como lo pretendió la globalización neoliberal de los años 90, sino como un verdadero problema que está transformando las condiciones en que habitamos nuestro planeta y la misma sobrevivencia física. Este debate entre crecimiento económico y utilización de recursos naturales ha llevado a la acuñación de conceptos como decrecimiento; es decir, la necesidad de reducir el consumo a todos los niveles ya sea desde el empaque de plástico que utilizamos para nuestras papitas fritas, hasta la eliminación de la extracción de combustibles fósiles.

Ya en 1970 el informe del Club de Roma, ONG que reúne desde esa época a los más importantes científicos del mundo, había advertido que el ritmo de consumo imparable no podía continuar en un mundo de recursos finitos. En este informe de hace 50 años, se había dicho que el crecimiento de la población era el principal reto para el consumo creciente de recursos. Sin embargo, desde este momento, el crecimiento económico asociado al Producto Interno Bruto (PIB) es lo único que manda a la hora de pensar si un año fue aprovechado o no en materia económica. Al final del año se dice que crecimos un tanto por ciento, declarando el éxito total, o se habla de estancamiento o recesión cuando ese porcentaje de la economía se acerca a cero o es negativo. De allí que la idea de decrecer económicamente se convierta casi en un tabú ininteligible, imposible de discutir si no es entre iniciados en principios de economía.

Cuando hablamos de decrecer la economía es complicado trasladarlo al ámbito personal. Inclusive a partir de esta crisis suscitada por la Covid -19, muchos de los economistas neoliberales han propuesto que es tiempo de volver al Keynesianismo, aquella posición que plantea que el estado debe invertir masivamente en obras públicas para generar empleo y movilizar la economía a todos los niveles. Sin embargo, este enfoque olvida una de las premisas fundamentales sobre las cuales los economistas se han otorgado el papel de profetas: detrás de cada decisión económica siempre existen razones políticas, formas de entender cómo funciona el poder social y cuáles pueden ser las maneras de organizarlo para beneficiar ciertos intereses. Sea el famoso Adam Smith que escribió sobre la mano invisible del mercado, hasta el ministro de hacienda, el odiado Carrasquilla, toda decisión sobre la utilización de recursos siempre lleva implícita una idea sobre cómo debe funcionar la sociedad. Es por ello que cada privatización, todo pago de deuda externa, todo salvamento a los bancos es a fin de cuentas una decisión política.

En torno a este debate, existen dos escuelas centrales que reúnen la discusión de las relaciones entre economía y medio ambiente. Una es la economía ambiental y la otra es la economía ecológica. El gran debate entre estas dos maneras de mirar este problema es saber si podemos o no cuantificar los recursos naturales, en otras palabras, si es posible valorar monetariamente el medio ambiente y las pérdidas que conlleva su utilización en el ciclo capitalista.

De estos debates han surgido conceptos como el de huella ecológica, una manera de medir el impacto ambiental y que riñe con la visión predatoria que impone el mencionado Producto Interno Bruto. Sin embargo, este tipo de mediciones siguen sin tener algo en cuenta: el consumo no solo esta diferenciado por países o continentes, sino por clases sociales. Este ha sido uno de los problemas fundamentales del ecologismo político, que socializa la culpa e iguala en responsabilidad a todos los que habitamos este planeta, sin diferenciar que las clases altas y las grandes empresas utilizan su poder social no solo para apropiarse de recursos, sino para consumir de manera desaforada, aunque luego se socialice esta responsabilidad entre todos.

Desde las pequeñas empresas hasta los mayores emporios empresariales, el objetivo siempre es obtener más beneficio que el año anterior, progresar significa mejorar los indicadores. En este contexto, hablar de reducir consumo y contraer la producción suena a herejía propia de exóticas discusiones de intelectuales. Por lo menos hasta que la actual pandemia nos golpeó en nuestra línea de crecimiento infinito que siempre ha dominado cualquier anhelo capitalista. Aunque el gran riesgo es que esta idea de decrecer, de consumir menos, puede convertirse en un imperativo ético que nos remita a nuestro ámbito individual.

Cambiar las formas de consumo personal es un paso importante para ir extendiendo el cambio necesario en nuestros modos de construir bienestar. Entender la actual crisis de la Covid-19 como una expresión más del actual modelo de consumo no debe llevar a posiciones catastrofistas, que nos pongan en simple modo de espera hasta que el mundo se acabe bajo nuestros pies. El actual empobrecimiento generado por la crisis económica no es el decrecimiento que debe buscarse, puesto que los únicos perdedores son los asalariados y las clases populares. Aunque escenarios como el día sin IVA que acabamos de vivir en Colombia nos indiquen que los intereses sociales siguen atados al consumo individual, debemos apelar a un sentido de sobrevivencia que sea diferente a la lucha entre los más explotados por un mejor puesto en el próximo día de descuentos.

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