El paro nacional y las disputas por los escenarios públicos

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

El pasado 28 de abril (el mismo día en que comenzó el Paro Nacional), miembros del grupo étnico misak derrumbaron el monumento al conquistador español Sebastián de Belalcázar, instalado en la ciudad de Cali. “Tumbamos a Sebastián de Belalcázar en memoria de nuestro cacique Petecuy, quien luchó contra la corona española, para que hoy sus nietos y nietas sigamos luchando para cambiar este sistema de gobierno criminal que no respeta los derechos de la madre tierra”, manifestó un vocero de esa comunidad, al referirse al acto en mención.

Como si se tratara de una ficha de dominó que cae y, en su efecto, arrastra tras de sí a otras fichas, un movimiento anti monumentos se desató en distintos lugares de Colombia. En Ibagué, Neiva, Pasto, Manizales, Ocaña y Bogotá, diversos símbolos de poder asociados a épocas históricas (conquista, independencia y república), fueron derrumbados por sectores inconformes. Incluso, y como muestra de que aquel movimiento no finiquita, hace pocos días la estatua de Cristóbal Colón, ubicada frente a la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen en el barrio Boston de Barranquilla, fue derribada al grito de “Colón asesino”. Según registró la prensa de la ciudad, una vez en el suelo, los inconformes arrancaron la cabeza a la estatua y escribieron con pintura en aerosol mensajes como “Por nuestros muertos”.

A favor de la ola anti monumentos registrada en Colombia ha operado, sin duda, un inconformismo social acumulado en el tiempo, que encontró en el Paro Nacional, la más grande protesta social de las últimas décadas, el canal expedito para exteriorizarse. De hecho, como anotamos, el primer monumento que se derrumbó ocurrió el día en que comenzó el paro, aunque no es válido indicar que todas las manifestaciones de tensión dirigidas contra dichos símbolos hayan sido planificadas con anterioridad.

Considero que la propia dinámica del paro nacional condujo a que se divisaran como objetivos los monumentos y ciertos símbolos que suelen aparecer asociados a formas de poder que se consideran caducas. De hecho, es llamativo que la intervención de símbolos instalados en espacios públicos no se hubiese registrado en otros momentos quizás favorables, como pudo suceder cuando estalló la ola de inconformidad a raíz del asesinato de George Floyd, que dio origen, precisamente, a un fuerte movimiento social que en ciudades de EU y Europa la emprendió contra estatuas que evocaban a figuras exponentes de prácticas racistas y colonialistas.

Ahora bien, es de destacarse que la intervención de los monumentos no siempre ha implicado su destrucción. De hecho, ha habido casos en que los monumentos fueron alterados a través de incursiones estéticas que resignificaron sus posibles sentidos originarios, como ocurrió con la estatua de Francisco de Paula Santander en Neiva (a la que se incorporaron mensajes alusivos a Álvaro Uribe Vélez y a la violencia estatal), o con el busto de Jorge Eliecer Gaitán, ubicado sobre la Calle 26, en Bogotá, el cual fue pintado con los colores de la bandera de Colombia. En otros casos, un símbolo fue destruido y en su lugar se levantó uno distinto, como ocurrió en Bogotá con la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, reemplazada, así fuese por poco tiempo, por un monumento en homenaje al joven Dylan Cruz, asesinado por el ESMAD el 25 de noviembre de 2019.

Re-significación de la estatua de Francisco de Paula Santander en Neiva. Foto tomada de Diario del Huila

El caso del Monumento a la Resistencia de Cali recrea la configuración de un colectivo que se ha reconocido como tal al calor de la protesta social, y que ha tomado la decisión de rendir(se) un homenaje a quienes fueron asesinados (jóvenes mestizos populares, en su mayoría) a manos del Estado y de sus aliados civiles. El monumento se encuentra ubicado en Puerto Resistencia, antiguo lugar que –de nuevo, un acto simbólico de fuerte carga política– fue rebautizado por los inconformes.

En Bogotá, ocurrió algo similar: se rebautizó el Portal de Las Américas, que pasó a denominarse Portal de la Resistencia. En la misma ciudad, el escenario en donde se ubica el Monumento a los Héroes fue convertido en lugar de concentraciones y convivencias, siempre acompañadas de un alto contenido simbólico. De hecho, el monumento fue intervenido con dibujos que aluden en sus costados o caras a ciertas facetas represoras del Estado y a quienes resisten a la represión; y la estatua de Bolívar en su caballo, colindante, fue, en distintos momentos, objeto de adecuaciones (Bolívar con capucha; Bolívar con la bandera de Colombia).

El cambio de nombre de ciertos lugares, decimos, es un cuestionamiento implícito a cómo el poder dominante ha instalado en las ciudades marcas físicas y simbólicas que, en muchos casos, pretenden reforzar sus formas de control y dominio. De ahí la incomodidad que representa para dicho poder el proceder desafiante de la masa inconforme. Días después de haberse instalado el Monumento a la Resistencia, las autoridades policivas anunciaron que aquel sería retirado del lugar, pretensión que augura una tensión social, ya que el monumento de marras no solo es el resultado de una acción de memoria premeditada de un colectivo, sino que incorpora un componente reflexivo –la represión estatal– que difícilmente podrá obviar cualquier autoridad que pretenda borrar el símbolo de aquel lugar.

En una línea parecida a los procesos de intervención que sobre los monumentos se han operado, encontramos el caso de los murales, entendidos éstos como grandes intervenciones estéticas en espacios públicos colindantes con avenidas, puentes y calles de las ciudades, efectuadas durante las últimas semanas (aunque como continuidad de un proceso artístico que se ejecuta desde hace algún tiempo). No han sido pocas las ciudades, grandes y pequeñas, que han atestiguado un interés colectivo por hacer del arte callejero una forma de comunicar, entrecruzadamente, sentimientos de rabia, justicia y dignidad.

Al tratarse de arte político de calle, las expresiones estéticas logran tocar las fibras más profundas de la población y, por supuesto, despiertan el malestar de sectores políticos, económicos y armados articulados -o aspirantes a serlo- del bloque de poder dominante, que no han dudado en intervenir, por la vía de la destrucción, las creaciones ciudadanas. En Medellín, por ejemplo, miembros del Ejército borraron un mural que contenía un mensaje que decía “Estado Asesino”, pintado durante las protestas para homenajear a Nicolás Guerrero, grafitero asesinado en Cali a manos del ESMAD. El grafiti estaba ubicado en el muro del deprimido de la Avenida 80 con la Calle San Juan. En esa misma ciudad, en el sector de El Poblado, un mural con un mensaje alusivo al Paro Nacional y con la frase “Convivir con el Estado”, fue tapado utilizando pintura blanca. Situaciones parecidas se han registrado en ciudades como Bogotá, Santa Marta y Villavicencio. Valga destacar que también ha habido casos en que, al poco tiempo de que son destruidos, los murales son reconstruidos luego de convocatorias realizadas por artistas y de quienes participan en las protestas.

De lo mucho que habrá de escribirse sobre el grandioso Paro Nacional de 2021, sin duda, lo referente a las disputas simbólicas y a las formas de apropiación y resignificación de espacios públicos ocupará un lugar destacado. Y en ese ejercicio de reflexión, se tendrá que resaltar, como una tesis principal, la clarividencia que tuvo un sujeto colectivo de protesta, al otorgar importancia a los dispositivos simbólicos –a sus usos y potencialidades– al momento de confrontar al poder oficial dominante.

Monumento al Resistencia en Puerto Resistencia, Cali. Foto: EFE

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