La estrategia del lenguaje paramilitar en Colombia

Por Daniel Ceballos

Se puede notar algo además de lo que dice el tuit, un fenómeno mucho más complejo e invisible, algo que me di cuenta solo desde el lugar donde termina y vuelve a empezar la luz, desde la atmósfera y la lucidez que rondan al lugar del que sufre, desde el rostro de los que han vivido la guerra cara a cara, de esos que andan acompañados con la fuerza de sus espectros, de sus fantasmas, de sus muertos, de su recuerdo. Algo que viene solo del lugar de esos que nunca están solos, de la multitud que incomoda y viene con gritos difícilmente audibles en una ciudad y entre la comodidad de un hogar, en la impotencia y la hostilidad de lo virtual, de una pantalla. Algo que apareció ahí y que vino hacia mí, donde confluyen todas las fuerzas del universo que nos tocó, en una universidad pública, en lo que quedaba de una universidad pública. 

Me di cuenta de ello en primera instancia como auxiliar administrativo en el cuarto piso de la biblioteca de la UdeA, allá donde van los familiares de los desaparecidos y las víctimas del conflicto colombiano buscando la noticia del suceso en los periódicos de ayer, en los periódicos pasados, la mayoría de veces sin encontrar resultados satisfactorios en pos de una posible «reparación» económica.

Creo que fue un investigador por el cual lo supe, entre periódicos y angustias, buscando el lenguaje que se utilizaba en los titulares de prensa a lo largo de 4 décadas, en las cuales las siglas FARC y ELN se convirtieron en una suerte de estrategia publicitaria y de posicionamiento de marca que obnubiló la mente de la mayoría de los colombianos de las ciudades, que se han relacionado con la guerra como los niños con los videojuegos, a través de una pantalla. Oprimiendo el botón de un control para pasar del jueguito de bala, al de fútbol o al de carros, tal cual el formato de las noticias, que van de la noticia del secuestro o de la masacre, a los deportes y a la farándula, todo ello en la comodidad de sus habitaciones, de sus salas, sin moverse mucho, comiendo después de una «ardua» jornada laboral.

Un monstruo igual de virtual que aquellas pantallas, una estrategia mediática, lingüística que movilizó los corazones de los «colombianos de bien» al lugar del odio y la pereza mental ante aquellas siglas y todo lo que cualquier político o periodista relacionara con aquellas, impidiendo ver lo que había detrás, impidiendo ver que ese aparente monstruo lo era solo en la medida que actuaba como un apéndice de uno mayor, impidiendo ver lo que se escondía detrás de dichas siglas. La historia detrás de esas mismas marcas informativo-publicitarias que generaban un rating fácil a favor de los beneficios de unos cuantos, un rating de sentimientos abyectos y primarios, un rating lejos de una apuesta informativa ética, un rating lejos de una pedagogía de la diferencia que aún permanece ausente de los medios hegemónicos resguardados bajo la quimera de la neutralidad. 

Por otro lado, una cosa aún más siniestra es constatar la misma estrategia mediático-lingüística operando de forma inversa, a favor del paramilitarismo, pues nunca ha habido una sigla, un nombre, una marca, que los grandes medios de comunicación hayan intentado mantener a lo largo del tiempo para designar este flagelo que, con mucho, es peor que aquél, pues es la manera en la que opera un Para-Estado como el colombiano. Los Pepes, el MAS, las AUC, AGC, Águilas Negras, BACRIM, ODIN, GEDECO, etc., son solo algunas siglas que han mutado para esconder y solapar la misma manera de operar del Estado, para limpiar nombres, masacres, formas de operar sistemáticas, agenciadas, y pensadas por agentes del Estado, por ministerios y organizaciones estatales enteras (como el DAS, por solo nombrar una); toda una ideología operando paralelamente a un Estado de Derecho, con una apuesta lingüística-paramilitar puesta en práctica desde el dominio de un lenguaje informativo y sensacionalista. 

Nótese con lo anterior que todavía se habla de disidencias de las FARC y nunca se ha hablado de disidencias de las AUC, aun cuando se sabe de sus ficticios procesos de desmovilización. Lo que se ha hecho es simplemente un cambio de siglas, de razón social solapada por el lenguaje militar en convenio con los consejos de redacción y editoriales de los grandes medios de comunicación. 

Lo que asusta es pensar, además de lo anterior, en que esas intenciones han sabido poner en práctica lo que buena parte de la academia no ha logrado hacer, lo que piensan que no puede pasar al terreno de la práctica por más invisible que sea, y que es tan simple, y a la vez tan difícil: Intentar hablar desde el lugar de los desgarramientos de lo humano, intentar escuchar las voces de los muertos, de detenerse ante ellas. Lo que asusta pensar de aquellos, unido al silencio y las taras de esta asepsia académica, de esta academia sorda y miope, es que posiblemente saben de qué va una existencia que le usurpa a la gran mayoría la posibilidad de pensar; que saben de filosofía, han leído, pero han puesto al servicio su racionalidad en favor de una ideología que ha exterminado sistemáticamente la diferencia, la vulnerabilidad y, por ende, la posibilidad del pensamiento. Asusta y es aterrador pensar en que esa racionalidad paramilitar, esa racionalidad egológica (pues no es de ningún modo pensamiento) ha sido cómplice de esa conquista del lenguaje Para-Estatal, para sellar el proyecto de la totalidad del Ser-Paramilitar del Estado colombiano. 

Con todo lo anterior, más que un diagnóstico surge una invitación, a ver si pensamos con mayor rigor el frente desde la diferencia al sistema del lenguaje paramilitar de los colombianos que ha conquistado los medios hegemónicos; a ver si le reclamamos a los grandes medios de comunicación su responsabilidad en el relato del conflicto colombiano; a ver si volvemos a caer en cuenta de la importancia del pensamiento a partir del rostro del sufrimiento, para no caer más en esos embelecos mediáticos, convertidos en monstruos de humo; a ver si escuchamos lo que se está haciendo en propuestas alternativas de comunicación desde abajo; a ver si vamos y escuchamos el relato de las víctimas, y podemos empezar a escalar la montaña de la reparación, de la verdad, del perdón, de la justicia sin condiciones.

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