Por Álvaro Lopera

“El imperio ataca pero también es golpeado”, Imagen construida con IA por Álvaro Lopera
El general Wesley Clark, excomandante de la OTAN en la espuria campaña contra Serbia en el año 1999, no se hizo famoso tanto por sus crímenes en los Balcanes europeos, sino por haber asegurado en una entrevista que le hizo Democracy Now en el año 2007 (https://youtu.be/2VkwiY2nuUE) que no entendía por qué Estados Unidos iba a invadir, o destruir que es lo mismo, en cinco años a siete países del Sur Global: Irak, Libia, Líbano, Siria, Sudán, Somalia e Irán. Se llevó más tiempo el imperialismo, pero los genocidios y la devastación en estos países efectivamente se dieron, y en el caso de Irán y Líbano, se están viviendo con redoblado sufrimiento.
El general, en su entrevista, aseguró que el petróleo era la razón para esa acción terrorista del imperialismo; y es cierto, solo que también tiene otros ingredientes geopolíticos y en ellos confluye uno muy importante: el geoestratégico, pues al fin y al cabo la hegemonía se mantiene no solo a partir del consenso sino también de la fuerza.
Irán, ese oscuro objeto del deseo
La nación iraní cuenta con una población cercana a 90 millones de habitantes, que viven en una extensión aproximada de 1,6 millones de kilómetros cuadrados. En el subsuelo se encuentra una gran cantidad de petróleo y gas (cuarta y segunda reserva del mundo), y lo bañan de 20 a 30 grandes ríos, y cientos de pequeños desembocan en los distintos mares que le rodean, cosa que no sucede con los vecinos monárquicos árabes, los cuales solo tienen en su haber mar, petróleo, gas y arena. Irán es una nación con una historia milenaria, tal como lo es Omán, un país vecino de Irán, muy diferente a las monarquías de Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, que fueron posesiones coloniales en todo el siglo XIX y protectorados británicos hasta 1971, cuya historia es la misma de los clanes cerrados, las dinastías, las traiciones y las guerras interminables por el poder.
Tras la terminación de los protectorados británicos, aterrizó en esa región el tutelaje norteamericano con el famoso petrodólar en la década de los años 70 del siglo pasado, el cual es el principal sostén de la economía norteamericana por aquello de la permanente reinversión en bonos del tesoro, acciones industriales y capital financiero. Y en ello los vasallos monárquicos han sido sus monigotes; por ello no aparecieron en la lista de Wesley Clark.
Irán, por el contrario, ha mantenido en todo su esplendor la vieja civilización, a pesar de haber sido mancillado su territorio innumerables veces por el imperialismo británico y norteamericano. El último trago amargo de terrorismo de Estado fue el sha prooccidental, Reza Pahleví, hasta su derrocamiento en 1979 por la revolución islámica y el surgimiento de la República Islámica de Irán.
Irán es un país con un liderazgo musulmán chiita, una de las vertientes de dicha religión. La otra, la mayoritaria, es la sunnita. Inmediatamente llegó el liderazgo chiita al poder, se emprendió una de las guerras más largas del Asia Occidental: la guerra que le declaró Saddam Hussein desde el año 1980 hasta el año 1988, en donde Saddam implementó la guerra química apoyada por Alemania, país experto en exterminios. Miles de muertos, economía derruida, enfermedades, todo se sumó al nacimiento de la nueva nación. Y, posteriormente, se añadiría el bloqueo económico occidental que perdura hasta nuestros días. De allí que dicha nación se dio a la tarea de crecer con esfuerzos propios hasta convertirse en una potencia regional.
En el marco de estas grandes penurias, Irán fue el único país no árabe que desde el comienzo de la revolución apoyó con todas sus energías al pueblo palestino en su lucha por la liberación del flagelo sionista, lo cual hasta el día de hoy sigue estando presente en su ADN como nación.
Irán tiene en su haber cartográfico 2000 kilómetros que lindan con el golfo Pérsico y cerca de 300 kilómetros con el golfo de Omán, lo cual lo hace envidiable para el control de la salida y entrada de gas licuado, petróleo (20% del consumo mundial), fertilizantes, etc. Y ello, sumado a las enormes reservas de petróleo, le ha ocasionado un sinnúmero de dolores de cabeza.
El lanzamiento de la agresión y del “derrocamiento del régimen iraní”
El 13 de junio del año pasado, Israel atacó a Irán sin previa declaración de guerra y acudiendo a sus proxys árabes infiltrados en Irán y a iraníes espías, por supuesto, asesinó a todo el nivel primario de dirección del ejército y de la Guardia Revolucionaria, a lo que sumó bombardeos en barrios enteros y asesinatos de científicos. Pero Irán resistió, como lo hizo este año, y puso a Israel de rodillas, pues la respuesta fue devastadora. Estados Unidos, socio del sionismo, también bombardeó zonas geográficas en donde se enriquece el uranio. El decir del imperialismo, que es más una excusa, es que Irán va a construir un arma atómica, cosa que lo está diciendo Israel hace 40 años, y no es verdad. Terminó la agresión el 25 de junio e Irán se impuso en esa guerra después de una vasta destrucción, menor, por supuesto, a la ahora presentada en la agresión de 40 días (28 de febrero- abril 9). La respuesta iraní de entonces fue devastadora al punto que Israel solicitó, por intermedio de Trump, un cese el fuego.
Recientemente, el 28 de febrero, los socios imperialistas asesinaron, de nuevo, en medio de negociaciones en Omán, al líder Alí Jameneí y a altos mandos del ejército y de la Guardia Revolucionaria. Pero Irán tenía previsto casi todo menos que fuera a ser tan bestial la devastación de la infraestructura civil: más de 135.000 instalaciones destruidas, pero a costa de un gran castigo misilístico iraní y de sus aliados de Irak, El Líbano y Yemen contra la entidad sionista, amén de la aniquilación de las bases militares norteamericanas en todos los países del Golfo.
Ahora Irán controla el paso de los buques que entran y salen del Golfo, los mismos que tienen que pagarle a Irán y a Omán el peaje para ir subsanando las grandes pérdidas materiales iraníes, ya que sus miles de muertos no pueden revivirse con dinero alguno.
Como buenos violadores del derecho internacional, la entidad sionista y Estados Unidos pulverizaron centros de investigación, universidades, más de 950 colegios, museos históricos, mezquitas, puentes, vías férreas, etc., nada relacionado con una estrategia militar salvo destruir al máximo hasta “devolver a Irán a la edad de piedra”, según palabras de Trump.
Pero el precio mundial del petróleo en la canasta familiar y empresarial está en manos de Irán, y ello es un dolor de cabeza para ese imperialismo troglodita, en cabeza del neofascista Trump, el cual alardea que Cuba será el siguiente, pero no sabe con qué pueblo se va a encontrar la alianza Epstein: el pueblo de Martí y de Fidel, y allí, a pesar de cualquier horrible destrozo, no podrán salir esas tropas tan fácilmente como lo hicieron en Venezuela.
El imperio caerá, pero, mientras lo hace, el sufrimiento que acarreará a los pueblos del mundo será enorme.
