Por Anderson Vélez Ricardo

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El 26 de abril de este año, en la ciudad de Rosario, Argentina, durante el partido entre Rosario Central y Banfield por la fecha 11 del torneo apertura, ocurrió una de las populares «cargadas», formas de burla para mostrar supremacía hacia otro equipo. En este caso, la burla no era hacia Banfield sino hacia el rival de la misma ciudad, Newell’s Old Boys. La hinchada de Rosario Central lanzó muñecas inflables con la camiseta de Newell’s, con cara de mujer y ropa interior roja. Este acto fue repudiado por gran parte de la sociedad porque mostraba una violencia simbólica y cosificación hacia la mujer, afirmaciones que no son posibles de refutar. Sin embargo, la intención de este texto no es solo condenar el hecho, sino explicar por qué se usa la imagen de una mujer para burlarse y mostrar supremacía hacia un rival.
Para comprenderlo, es necesario recurrir al concepto de fratria deportiva, elaborado por Rita Segato, que expone cómo el equipo o la institución funciona como una hermandad de hombres. Para pertenecer a ella, el sujeto debe demostrar que es «dueño» de los cuerpos y que tiene la capacidad de ejercer crueldad. Para que un hombre sea reconocido como tal por sus pares, necesita a alguien a quien dominar. El equipo rival, al ser «muñequizado», ocupa el lugar de la alteridad subordinada, se le quita su capacidad de respuesta y se le reduce a un objeto que puede ser cargado, golpeado o exhibido. Esto revela que la dominación, y posterior ridiculización, no es únicamente una burla hacia el equipo rival, sino hacia esa figura femenina que también representa debilidad en el momento en que se compara al rival con una mujer.
El agravante es que este no fue un hecho aislado. En el 2015, la misma barra de Rosario Central desplegó un trapo que decía «Pecho: Putita Golosa», donde «pecho» hace referencia al rival en el argot popular del fútbol como un equipo frío y sin alma. Este antecedente evidencia una reincidencia en el uso del cuerpo femenino como herramienta de ridiculización, lo que refuerza el carácter sistemático de estas expresiones.
El segundo caso que ilustra cómo la masculinidad hegemónica opera en el fútbol ocurrió el 12 de abril de este mismo año, cuando el equipo de primera división de la Bundesliga alemana, Union Berlin, presentó como directora técnica interina a Marie-Louise Eta, de 34 años, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir un equipo en las cinco grandes ligas del mundo. Esto generó una oleada de comentarios como el siguiente: «Con todo el cariño, ¿Pero qué hombre, por no hablar de futbolista, toma en serio a una mujer cuando ella quiere contarte algo de táctica o de fútbol?».
Este tipo de comentarios insinúan que una mujer, por muy preparada que esté, no puede dirigir un equipo de hombres. Sin embargo, vale preguntarse: ¿Por qué no se habla de la misma manera cuando son hombres quienes dirigen equipos femeninos? La crítica no apunta a si existen o no mujeres directoras técnicas, sino al intento de insinuar que las mujeres no pueden dirigir ni están capacitadas simplemente por el hecho de serlo.
Otro comentario señalaba: «¿Qué puede aprender un chico de 14 años, que corre más rápido, dispara con más fuerza, salta más alto y es físicamente más robusto, de una mujer?» Desde la postura de Raewyn Connell, ese chico se estaría entrenando en el «éxito» corporal. Si solo aprende de quien es considerado «superior» en fuerza, se le encierra en una jerarquía de poder que perpetúa los comentarios sexistas. Además, al enseñarle que no tiene nada que aprender de una mujer, se le niega el acceso a otras formas de entender la vida: la inteligencia emocional, la resolución de conflictos sin violencia y la empatía, valores que la masculinidad hegemónica no enseña ni permite enseñar.
El interés de analizar estos dos casos radica en que el fútbol es un deporte con gran capacidad de transformación social, a pesar de ser también un negocio que se usa para limpiar la imagen de gobiernos autoritarios que cometen hechos que vulneran los derechos humanos. No obstante, yo creo firmemente que puede usarse de manera valiosa para transformar las formas de pensamiento en los hombres, especialmente en niños y jóvenes.
El problema es que la masculinidad hegemónica sigue viendo al fútbol como una de sus pocas trincheras donde puede reproducir su discurso de dureza, misoginia y poder sobre los cuerpos. Este discurso es tan arraigado que no teme cuestionar incluso a sus propios ídolos, como ocurrió con Mbappé quien, al conocerse su relación con una mujer trans, recibió insultos por mantener esta relación afectiva.
Sin embargo, siento que es posible transformar la masculinidad desde adentro por medio del fútbol, generando consciencia de que se puede vivir la masculinidad de manera sana y convivir en este deporte con mujeres, personas trans o no binarias sin verlas como una amenaza. Es hora de derribar las trincheras de la masculinidad hegemónica y construir un fútbol mejor, lejos de los lavados de cara, de avalar violaciones a los derechos humanos y apostar por abolir este fútbol moderno.
