Por Andrés Esteban Acosta

Imagen tomada de Interfaz
Delante de la tumba de su padre, sin la filiación suficiente para dolerse y padecer por un intervalo intenso la ausencia, a Jacques Cormery, Albert Camus, se le revela el tiempo palpable, el tiempo material que se mide en la memoria antes de la memoria. Para el adulto Jacques, la lápida ante sus ojos invierte el orden o la sucesión que explica el origen: el hijo engendra al padre, lo precede, lo ve nacer definitivamente.
En El primer hombre (1994),novela en borrador de Albert Camus, el personaje busca el nacimiento, el hecho real que otorga conciencia sobre una herencia y la secuencia en las presencias. En este largo retorno, como lo es todo retorno a la infancia y la juventud, Camus muestra la contradicción alrededor de la figura del padre: el padre encontrado, un joven mirado por su hijo, ahora mayor. De tal forma que la historia tiene una prehistoria, una línea que complejiza la memoria cercana y que indaga por la suerte de las ausencias.
A quienes devolvemos a la vida les debemos la reconstrucción de su historia. Es una responsabilidad adquirida: lavar el rostro de los olvidados y escucharlos, darles un lugar e integrarlos a las respuestas, a esas escasas verdades que amplían los códigos del mundo propio:
Pero no podía separarse de aquel nombre, de aquellas fechas. Debajo de la losa sólo quedaba polvo y cenizas. Pero para él su padre estaba de nuevo vivo, con una extraña vida taciturna, y le parecía que iba a desampararlo de nuevo, a dejarlo también esta noche en la interminable soledad adonde lo había arrojado y después abandonado. En el cielo desierto resonó una brusca y fuerte detonación. Un avión invisible acababa de atravesar la barrera del sonido. Volviendo la espalda a la tumba Jacques Cormery abandonó a su padre (El primer hombre).
Como el cielo lleno de sol en la novela El Extranjero, o el cielo indiferente del relato “El desierto en Orán”, o el sentido trágico solar del Mediterráneo en “El exilio de Elena”, en El primer hombre también se desprende un designio desde lo alto, la resonancia de las acciones en el ambiente, como si lo uno y lo otro funcionara en armonía, y no fuese posible la intensidad de las acciones sin la intensidad del paisaje.
Jacques ya no se librará de la revelación que ha encontrado en el retorno a Argel. Con este presupuesto, con el antes necesario para el principio, la novela -o los apuntes inconclusos de Camus- operan con otro retorno. Si el padre es el primer hombre en la multitud de los caídos, el faltante para completar las partes del círculo de la memoria, el hijo será el primer hombre con conciencia, porque el mundo inicia cuando se posee una razón del origen, la raíz que permite extender los lazos y unirlos.
Todo lo demás, el grueso de la narración, es el tiempo que avanza desde la infancia, el asidero al cual solo le faltaba una pieza que, una vez resuelta, permanece como punto de referencia insuficiente, que no da cuenta por completo de la exigencia de comprender los antecedentes del origen. En lo sucesivo, Jacques será niño de nuevo, construirá la geografía de la sensibilidad elemental, la más importante para siempre. La madre, la abuela, el tío, el maestro y los amigos serán el núcleo de la felicidad que rescata el hombre que recuerda.
El mundo al detalle de la infancia es imagen de los juegos en la playa, de la miseria familiar, de la entrega total y desinteresada del maestro, de la fragilidad de la madre, de la severidad de la abuela, de la prematura lucidez para sobrevivir con altura a la precariedad, de la facilidad en el deseo de saberlo todo. Jacques Cormery vuelve a esa felicidad paradójica, inevitablemente adherida a los años de la lucha contra un destino adverso:
Nadie hablaba ya de ellos. Ni su madre ni su tío hablaban de los parientes desaparecidos. Ni de ese padre cuyas huellas buscaba, ni de los otros. Seguían pasando necesidad, aunque no vivieran en la estrechez, pero ya se habían hecho a ello y también a una desconfianza resignada con respecto a la vida, que amaban animalmente, pero de la que sabían por experiencia que pare regularmente la desgracia sin haber dado siquiera señales de estar preñada.[…] Nunca sabría por ellos quién había sido su padre y, sin embargo, por su sola presencia, hacían brotar nuevamente los frescos manantiales de una infancia miserable y feliz, no estaba seguro de que esos recuerdos tan ricos que surgían a borbotones en él, fueran realmente fieles al niño que había sido (El primer hombre).
El encuentro con el maestro, Bernard, es el eslabón que cambia el tiempo de Jacques. El niño condenado a soportar la miseria puede vislumbrar un destino nuevo. Arrancado de su origen, ahora tendrá que llevarlo como reorientación en la novedad de todas las cosas. La infancia da un salto y se rompe, los primeros paisajes empezarán a transitar lugares hacia atrás hasta establecerse como recuerdos privilegiados. La grandeza del personaje, la de Albert Camus, está en conservar la fidelidad al relato primero: el primer hombre es creador, se forja un destino, pero esto no puede ser posible sin llevar consigo a quienes lo rodearon para mostrarle el primer impacto del mundo.
El maestro corta la historia y le enseña a Jacques el largo camino de hacerse a sí mismo con el deber de la memoria:
[…] como si supiera de antemano que con ese éxito acababa de ser arrancado del mundo inocente y cálido de los pobres, mundo encerrado en sí mismo como una isla en la sociedad, pero en el que la miseria hace las veces de familia y de solidaridad, para ser arrojado a un mundo desconocido que no era el suyo, donde no podía creer que los maestros fueran más sabios que aquel cuyo corazón lo sabía todo, y en adelante tendría que aprender, comprender sin ayuda, convertirse en hombre sin el auxilio del único hombre que lo había ayudado, crecer y educarse solo, al precio más alto (El primer hombre).
De una novela sin terminar —el manuscrito hallado en el accidente del 4 de enero de 1960— se anticipa el proyecto de dar cuenta de los primeros referentes y hallazgos de una vida confusa en sus memorias. Para quien el origen es la miseria y la felicidad, la duda por el padre, ni siquiera el tiempo de la adultez, del reconocimiento y las distinciones será el tiempo por excelencia. En el recuerdo de la excepcional felicidad en la miseria, en las lecciones de la vida desnuda, el primer hombre sabe que hacia atrás hay muchas otras personas que sustentan su historia y que hacia adelante su tarea será no olvidar, pararse en las raíces que hacen soportable el desamparo y más creíble el amor.El primer hombre, ya sea Jacques Cormery, o Albert Camus joven arquero del equipo de fútbol R.U.A. en Argel, o Albert Camus adulto y distinguido sosteniendo un cigarrillo, todos, sin falta, son el mismo relato de ternura y compasión que nace de la gran revelación del tiempo: una ola que cubre la narración de la historia personal.
