De calamitatum prognose

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen: Aula Punk

“Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo, la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra”: estos versos de Rubén Darío bien pueden resumir el ambiente espiritual de nuestra época, tan rica en prognosis calamitatum (o pronóstico de infortunios). Acaso nunca como ahora, el sentimiento de la catástrofe ha pesado tanto en la conciencia de la humanidad.

            ¿Qué nos depara el futuro? ¿Cómo será la vida en el planeta en el año 3000? ¿Y qué será del género humano en el 300.000? La razón humana claudica ante la incertidumbre de un porvenir que se desparrama sobre el tiempo inconmensurable. Sin embargo, la moral, confrontada a las anteriores preguntas, suele admitir tres actitudes: podemos creer que la historia o va a mejor, o va a peor, o permanece estancada sin decidirse a ir ni a lo uno ni a lo otro. Immanuel Kant llamaba “terrorismo moral” a la idea según la cual lo que nos aguarda el porvenir no puede ser más que la degradación de lo actualmente existente. Según esto, el pasado es siempre mejor que el futuro y el futuro tiende a la decadencia.

            Pero el terrorismo moral tiene además un correlato político expresado en forma de un catastrofismo, que se declina de manera diferenciada en las derechas y las izquierdas. A lo largo del siglo XIX, el movimiento obrero hizo uso de un vocabulario que recordaba las proclamas escatológicas del cristianismo primitivo, pero secularizadas. El reino de la libertad, la sociedad mejor, como el Reino y como la parusía, estaban próximos; más todavía, eran preludiados por una nueva fuerza social proletaria en trance de organización y cuya victoria se avizoraba en el futuro cercano. El verso de La internacional, “agrupémonos todos en la lucha final”, da cuenta de la confianza en una batalla decisiva de la que surgiría un nuevo orden mundial. Se trató sin duda de una mística determinista que infiltró las izquierdas obreras y les hizo creer en una gran revolución social, inevitable junto al colapso del capitalismo. Este, por mor de sus propias contradicciones, se ve permanentemente arrastrado a crisis periódicas que, agravándose con el tiempo, lo llevan a su implosión definitiva, presentida desde ya.

            Más tarde, con el activismo medioambiental, el catastrofismo socioeconómico del siglo XIX derivó en las izquierdas hacia un catastrofismo ecológico que sirve hoy de plataforma a su actividad política. Por la conciencia de una crisis sistémica, las izquierdas propugnan el establecimiento urgente de medidas contra el cambio climático y la transformación de la matriz económica extractivista. Entienden, con base en el consenso científico, que la especie humana se halla hoy confrontada a una lucha por su propia supervivencia, no asegurada a menos que se produzcan cambios profundos en el sistema industrial, responsable de la crisis. El catastrofismo ecológico de izquierdas identifica así un peligro real e inminente cuyo advenimiento se puede retardar si se acelera la transición energética, si aprobamos una legislación ambiental más estricta y si se introducen cambios en el sistema económico.

            El catastrofismo de derechas, en cambio, se presenta desde hace tiempo como una especie de pánico moral que adquiere, en las ultraderechas actualmente en boga, el rostro de una teoría de la decadencia. Esta teoría postula el declive generalizado de la civilización, debido a un enemigo interno: las fuerzas progresistas de la sociedad. Pero las ultraderechas del Norte global encuentran asimismo en la inmigración al enemigo externo que hace peligrar los valores occidentales. El cambio en la dinámica demográfica de esos países sirve de base para lanzar la teoría catastrofista del reemplazo según la cual las poblaciones blancas locales del Norte global pasarán a ser minoritarias, borrándose con ello la identidad milenaria del Occidente cristiano y acelerando su islamización y la pérdida de las libertades civiles.

La política en pro de la inmigración, que justifica a esta como necesaria para el desarrollo económico y el mantenimiento de la seguridad social, las pensiones y el bienestar generalizado es tenida por engañosa. La decadencia de la civilización es identificada en realidades diversas pero igualmente demonizadas como el pensamiento woke, la llamada ideología de género, los avances en la agenda feminista o las reivindicaciones del movimiento LGTBIQA+. La protección de la infancia, amenazada por las pretensiones identitarias de dicha agenda y dicho movimiento, adquiere la forma de una batalla cultural con la que se busca disputar el relato a un supuesto marxismo cultural presuntamente instalado en las ciencias humanas de las últimas décadas. El regreso de la enseñanza religiosa y la hipervigilancia del currículo se impone, por su parte, como medio para contrarrestar la influencia peligrosa de las ideologías progresistas. Como horizonte escatológico de acción se sueña con la erradicación de cualquier forma de militancia política socialista, única forma de garantizar la estabilidad económica y el progreso. La defensa de la familia tradicional se desliza aquí muy pronto hacia un determinismo biológico según el cual personas trans son tenidas como enfermas mentales a las que, a lo sumo, hay que tolerar y mantener en el anonimato cuando no es que hay que someterlos a agresivas terapias de “curación” o a mantener por decreto su sexo biológico. El más mínimo ensayo de introducción de un punto de vista progresista en la educación sexual escolar despierta la furiosa movilización de las derechas religiosas y activa las teorías del complot más inverosímiles, pero ampliamente difundidas en la fachosfera.

            Ante sus adversarios, las ultraderechas del norte global adoptan una actitud de virulento rechazo a la socialdemocracia y a las izquierdas alternativas. El mismo desprecio con que se refiere Donald Trump a su antecesor Joe Biden se repite en la acritud con que Javier Milei se refiere al kirchnerismo, o en la animosidad del bolsonarismo contra el PT de Lula da Silva o en la pugnacidad con que habla Abelardo de la Espriella de las fuerzas de izquierda.

            El gobierno saliente de la socialdemocracia en Colombia no solo no fue la catástrofe que anunciaron las derechas en la campaña de 2022, sino que incluso logró resultados importantes en materia de disminución de la pobreza, aumento real del salario de los trabajadores, cobertura educativa, reforma agraria, disminución del desempleo, etc. Pero los logros, si los hubo, para la ultraderecha que asume este mes el poder, se explican por la inercia de la dinámica económica nacional, el empuje del empresariado o por conquistas sociales pretendidamente logradas durante sus anteriores gobiernos (Restrepo, padre de la matrícula cero; Uribe, responsable de los subsidios del adulto mayor, etc.), pero nunca por mérito del gobierno saliente. Para el nuevo uribismo abelardista, el fin del gobierno de Gustavo Petro significa que al fin cesó la horrible noche, que la espada de San Miguel derrotó al demonio del comunismo y que Dios ha levantado a Ciro, su mesías, para salvar a su pueblo del cautiverio que representó el primer gobierno de izquierda. Estaremos atentos a este catastrofismo: servirá en los próximos meses para justificar medidas de choque profundamente antipopulares y especialmente la persecución judicial de la socialdemocracia en nombre de la reconstrucción de la patria y de su evolución de la miseria al “milagro”.

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