Por Andrés Felipe Hurtado Blandón

Imagen tomada de omd.tec.mx
La mediación tecnológica universal es un principio básico del siglo XXI. Hoy en día el buen desempeño de un país, de una empresa, de una institución educativa, de un medio de comunicación y de una persona profesional o empleada se mide, en buena medida, según el nivel de apoyo que demuestra de sus diferentes procesos y acciones en herramientas tecnológicas en vanguardia. En el complejo mundo del mercado, quien está en posesión de o demuestra acceso a los últimos modelos o versiones de determinadas herramientas tecnológicas, obtiene, generalmente, una mayor ventaja productiva o comercial sobre sus competidores. Se trata de un principio de amplia fuerza expansiva en la economía mundial y de una acelerada apropiación social y cultural; sin embargo, no está exento de dificultades y cuestionables condicionamientos, pues surge en las entrañas mismas del capitalismo más liberal y responde abiertamente a sus intereses.
Formas problemáticas de la realización y la adopción irrestricta de dicho principio son: las constantes y obligadas actualizaciones de software que recortan progresivamente los derechos de los usuarios, y la vida útil del hardware asociado, implicando siempre nuevos y mayores gastos; la invención y proliferación de ránquines, sistemas de indexación, certificaciones internacionales y agencias acreditadoras que se encargan de fijar parámetros sesgados de calidad con sus respetivas escalas de valores (colonialismo científico y digital); la promoción de una digitalización y automatización generalizada de procesos y operaciones que sustituyen progresivamente la acción, interacción e intervención humanas; la solicitud permanente de información personal y la recopilación de la huella digital de todas nuestras acciones, que luego son integradas a bancos de información para ser usadas con fines de comercialización y vigilancia (extractivismo de datos y cibervigilancia); la saturación de los espacios y dispositivos digitales con anuncios publicitarios, notificaciones permanentes y contenidos controlados algorítmicamente que generan una profunda dependencia tecnológica y un condicionamiento de la percepción y comprensión de la realidad en todo tipo de públicos (tecnofascismo); el aumento de la vulnerabilidad personal y empresarial (suplantación, estafas, extorsión) debido a una falta de inspección o incapacidad de control sobre todas las redes, agentes, plataformas y flujos de información y operación en línea (inseguridad digital).
Estos aspectos, entre otros de naturaleza o consecuencias igualmente problemáticas, son sintomáticos de las nuevas sociedades posdigitales o de un cibermundo que está terminando de configurarse en esta época como realidad de primer orden.
Esta nueva realidad se muestra cada vez más absorbente, avasalladora e ineludible para toda acción humana; sus dinámicas y criterios capitalizantes (todo dato es mercancía; nada es realmente gratuito) y monopolistas (solo unas pocas empresas en el mundo son depositarias de todo el flujo de información) implica un riesgo permanente de alienación y depreciación social del individuo, esto es, la amenaza permanente de ver devaluada nuestra fuerza de trabajo o de perder la capacidad de corresponder con los exigentes y cambiantes criterios de inserción, permanencia y reconocimiento social en un mundo cada vez más mediado y dependiente de lo tecnológico (p. e., no tener un smartphone, no saber usarlo o no tener acceso a internet constituye una privación casi automática del acceso a muchas necesidades básicas y el disfrute efectivo de varios de nuestros derechos). Este riesgo constante de nuestra devaluación social y de la pérdida de competitividad termina por erosionar el sentido propio (dignidad humana), la moralidad (disposición a lo bueno y justo) y los valores comunitarios (respeto, solidaridad, fraternidad), dando paso a la legitimación de cualquier forma de lucha en aras del poder y de la supervivencia.
La hegemonía del principio de mediación tecnológica universal ha llevado al surgimiento de muchos neologismos: tecnofeudalismo, tecnofascismo, ciberpopulismo, tecnodominación, tecnocracia, tecnociencia, tecnosujeto, tecnopersona, tecnocapitalismo, cibermundo, sociedad posdigital, sujeto cibernético, colonianismo digital, extractivismo digital, etc. Con ellos se quiere describir nuevas formas y realidades o diagnosticar nuevos problemas. Frente a ellas, la individualidad humana tiene un rol o lugar ambivalente: o bien se señalan sus posibilidades de ampliación (conocimientos, cultura, educación, comunicación, trabajo a distancia, denuncias, etc.) o bien se señalan las diversas formas de reducción y amenaza de su valor propio. Voy a concentrarme en esto último.
En el mundo de la mediación tecnológica universal o cibermundo, los criterios o estándares de valor cada vez son no solo más exigentes sino también más cambiantes: tan pronto como se logra, después de mucho esfuerzo, cumplir con uno de los aspectos con los que se busca demostrar valor para insertarse o mantenerse atractivo (útil) en la sociedad de mercado, rápidamente el criterio muta o son impuestos o incorporados criterios adicionales. En su teoría de la aceleración (tecnológica, del cambio social, del ritmo de vida), Harmut Rosa sostiene que uno de los retos sociales en la modernidad tardía consiste en la necesidad de correr a toda prisa y con todas las fuerzas para permanecer en el mismo sitio. Todos debemos correr: empleados y empleadores, pequeños emprendedores y grandes magnates; el tiempo no da espera, el tiempo no perdona, el tiempo totaliza nuestra vida y, sin embargo, carecemos continuamente de él. La tiranía del tiempo es también un síntoma de un mundo mediado universalmente por la tecnología: segundos, minutos, horas, días, años…, cada fracción es valiosa y debe ser planificada e inspeccionada. Perder el tiempo es, como lo diagnosticaba Max Weber en su obra La ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo, el más mortal de los pecados. Hoy en día llamamos a este pecado procrastinación y nos acusamos mutuamente o autoflagelamos por ello, por la incapacidad de mantenernos productivos.
El éxito o la depreciación social del individuo es, pues, también un asunto de tiempo; y las redes sociales son el catalizador perfecto de ello: ¿Qué tanto se ha producido, ganado, estudiado, leído, publicado, viajado, corrido, adelgazado, ascendido, comprado…en los últimos años, meses, días, horas? Las personas se sienten presionadas a dar cuenta de ello, y corren a hacerlo de forma pública o con algunos de sus contactos, esperando recibir en forma de likes, corazones o visualizaciones una recompensa por sus logros y esfuerzos.
En el cibermundo todo es susceptible de cuantificación y análisis inmediato; y existe realmente en la sociedad una alta demanda de ello. Con la información y atención que gratuita y diariamente entregamos a las grandes empresas tecnológicas, estas publican o nos envían estadísticas a partir de las cuales podemos medir qué tan bien o mal nos encontramos respecto de los demás y de aquellas metas o planes que se supone debemos cumplir.
Así pues, el principio de mediación tecnológica universal si bien se vende como el principio del desarrollo, de la innovación, del futuro y del valor social y mercantil de una sociedad, empresa o individuo, constituye, en gran medida, un principio de rápida depreciación social y de dominación expansiva debido a sus criterios, dinámicas e intereses meramente capitalistas y alienantes de la condición humana (libertad, moralidad, pensamiento crítico, fraternidad).
