Perú: país enfermo de fujimorismo

Por Fredy Márquez Véliz

Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se disputaron la presidencia de Perú. Foto: Archivo EL TIEMPO / Agencias

El Perú atraviesa una de sus etapas más críticas y contradictorias, marcada por una inestabilidad que parece no tener fin. Para comprender la situación actual es necesario observar tres fenómenos que operan como un solo sistema: la frustración del fujimorismo en el poder, incapaz de cumplir lo que prometió; la profunda división de la izquierda, que no logra construir una alternativa unificada; y la crisis del movimiento sindical, debilitado por una dirigencia convertida en socialdemócrata, sin renovación generacional ni formación de nuevos cuadros. Estos tres elementos no son hechos aislados. Se relacionan entre sí, reproducen la dominación existente, frenan cualquier transformación real y mantienen al pueblo peruano atrapado entre la frustración y la impotencia.

Fujimorismo: el retorno de una vieja frustración

La llegada de Keiko Fujimori a la presidencia en julio de 2026, después de cuatro candidaturas y décadas de lucha política, fue presentada por sus seguidores como la solución definitiva al caos peruano. Su discurso ofrecía mano dura contra la delincuencia, recuperación del orden público, estabilidad institucional y crecimiento económico. Tras una segunda vuelta sumamente reñida y cuestionada, su triunfo por un margen mínimo confirmó la profunda división del país.

Sin embargo, desde una perspectiva democrática y opositora, el fujimorismo en el poder se revela rápidamente como una frustración estructural. No puede cumplir lo que promete porque el orden que defiende forma parte de las causas de los males que dice combatir. El fujimorismo representa una alianza entre sectores ultraderechistas y élites económicas que pretenden responder a las demandas populares de seguridad y orden sin modificar las estructuras económicas que generan desigualdad. Su proyecto se apoya en una narrativa de “orden y progreso” que, en la práctica, profundiza la desigualdad y la impunidad.

Las medidas de endurecimiento de la seguridad, el mayor despliegue de las Fuerzas Armadas y las restricciones a libertades fundamentales no atacan las causas profundas de la inseguridad: pobreza, abandono estatal, desigualdad y falta de oportunidades. Al contrario, reproducen una lógica autoritaria semejante a la que Alberto Fujimori aplicó con el autogolpe de 1992, seguido de graves violaciones de derechos humanos y corrupción sistemática.

El fujimorismo ha regresado, pero no ha construido un verdadero proyecto nacional. Gobierna sobre un país profundamente dividido y mantiene intactas muchas de las estructuras que generan la crisis. Para quienes esperaban estabilidad, el autoritarismo tampoco ha logrado la solución prometida. La frustración es, por tanto, doble.

Una izquierda dividida y debilitada

Frente al retorno de la derecha fujimorista, la izquierda peruana tampoco ha logrado ofrecer una alternativa. Por el contrario, llega a este momento más fragmentada y debilitada que nunca.

La división tiene raíces históricas. En los años ochenta, Izquierda Unida parecía destinada a transformar el país, pero terminó fracturándose por diferencias sobre el proyecto político, las alianzas y la estrategia de poder. Décadas después, el patrón vuelve a repetirse cuando la unidad resulta más necesaria. En las elecciones de 2026, el campo de la izquierda apareció disperso, sin un proyecto común ni una dirección compartida. Fuerzas que representaron esperanzas de cambio terminaron presentando candidaturas separadas que se restaron votos y confundieron a su propio electorado.

La fragmentación tampoco es solamente electoral. Existen diferencias profundas sobre el modelo de país, las alianzas y la identidad política. Una parte se ha desplazado hacia posiciones socialdemócratas, demasiado cercanas a las instituciones que debería cuestionar; otra, mantiene un discurso popular y antiimperialista, pero carece de capacidad para organizar y movilizar masivamente. Entre ambas persisten, además, rivalidades personales que dificultan cualquier convergencia.

A esto se suma la falta de democracia interna en muchas organizaciones. Las decisiones permanecen concentradas en círculos reducidos y no se fomenta suficientemente la participación de las bases. Se repite así el problema de dirigentes que priorizan sus espacios de poder antes que la construcción colectiva. La paradoja es evidente: la izquierda posee un importante apoyo potencial entre trabajadores, campesinos, comunidades andinas, pueblos indígenas y sectores populares urbanos, pero no consigue convertir esa simpatía en fuerza política organizada. Mientras la derecha mantiene una cohesión mínima alrededor de la defensa del orden establecido, la izquierda continúa dispersa.

El movimiento sindical: sin cuadros y sin fuerza

El tercer componente de esta crisis es el estado del movimiento sindical, que debería constituir uno de los principales pilares de la lucha contra la injusticia social.

Sin embargo, el sindicalismo peruano atraviesa una crisis profunda. Su capacidad de movilización y articulación nacional se ha reducido, mientras la tasa de sindicalización en el sector privado continúa siendo extremadamente baja. Décadas de precarización laboral, represión y fragmentación han debilitado a las organizaciones de trabajadores. Uno de los problemas más graves es la ausencia de renovación. No se están formando nuevas generaciones de dirigentes capaces de combinar conocimiento técnico, visión política y vínculo permanente con las bases. Se ha roto el ciclo de formación de cuadros. Muchos dirigentes permanecen durante décadas en puestos de dirección, mientras los jóvenes trabajadores encuentran pocas oportunidades para participar y asumir responsabilidades.

La situación se agrava con la fragmentación entre centrales y organizaciones sindicales. En lugar de sumar fuerzas, muchas veces compiten entre sí. El cierre de la Escuela Sindical de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) constituye, en ese sentido, un hecho especialmente preocupante. Aquella escuela fue durante años una cantera de cuadros sindicales que marcaron la historia social del Perú.

Sin un movimiento sindical fuerte, democrático, unitario y renovado, la izquierda pierde uno de sus principales sustentos sociales: la clase trabajadora organizada. Recuperar la formación sindical y construir nuevos cuadros no es una tarea secundaria, es una necesidad estratégica.

Soberanía y política exterior

A esta situación se suma la decisión del gobierno de Keiko Fujimori de incorporarse al denominado “Escudo de las Américas”, presentado como una coalición de seguridad hemisférica contra el crimen organizado y el narcotráfico.

Desde una perspectiva crítica, esta iniciativa debe ser examinada con preocupación. Puede significar un mayor alineamiento de la política exterior peruana con la estrategia de seguridad de Estados Unidos y una subordinación de nuestra soberanía a los intereses de Washington. Lo preocupante es que los sectores de oposición tampoco han planteado una respuesta suficientemente clara frente a esta orientación. La misma preocupación merece la presencia de bases militares extranjeras y los supuestos laboratorios biológicos instalados en nuestro territorio, asuntos que deberían ser sometidos a un debate público transparente y soberano.

La debilidad de la izquierda y del movimiento popular termina reflejándose también en la política exterior: en lugar de construir una posición independiente, el país corre el riesgo de quedar subordinado totalmente a las prioridades de Estados Unidos.

Hay mucho por hacer

El Perú necesita superar el modelo político y económico que ha producido desigualdad, corrupción, inseguridad e inestabilidad. Pero ello exige mucho más que denunciar al adversario. Requiere construir una alternativa capaz de unir a trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y sectores populares; recuperar la organización sindical; formar nuevos cuadros; democratizar las organizaciones políticas y superar los viejos caudillismos y enfrentamientos personales.

El retorno del fujimorismo demuestra que las estructuras de poder siguen intactas. La división de la izquierda demuestra que todavía no hemos aprendido las lecciones de nuestra propia historia. Y la debilidad sindical evidencia que sin organización popular no existe transformación profunda.

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