Arte y arquitectura como armas para la construcción de paz

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Foto: Carolina Saldarriaga Cardona

Por: Carolina Saldarriaga Cardona

El plan parecía una locura, algo improbable y un poco irresponsable también. Construir un teatro en medio de la selva, para trescientas personas, en dos meses, a través de donaciones, bajo un clima hostil e impredecible y con mano de obra inexperta. Todo esto para poder llegar al día inaugural, aquel inolvidable domingo 1 de octubre de 2017, donde el Festival Selva Adentro “Cuerpos poéticos para construir utopías” hizo su aparición en el Carmen del Darién, Chocó.

Para muchos era un sueño, para mí también –tengo que confesarlo–; tenía más ganas que certezas; sin embargo, pensar que podíamos construir un teatro, un escenario para la paz en una comunidad que apenas se está acomodando en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación, el ETCR Silver Vidal Mora, del hoy ex-grupo armado FARC-EP, me llenaba, me sigue llenando, de una esperanza inagotable, esa loca encantadora que se revela ante la inercia, que rompe con los paradigmas de la guerra y que reclama a través del arte y la arquitectura un país en paz, que se reconozca y que acepte la diferencia.

Todo empezó, para mí, una noche desprevenida de abril, entre amigos, cuando el director Camilo Durango y el productor Jhonatan Cadavid, me contaban acerca de este proyecto, de cómo había nacido y también de su idea de alquilar una carpa, como las del circo, para desarrollar el festival. ¿Una carpa? -pregunté yo. ¿Y por qué mejor no construimos el teatro? Así se los dejamos de una vez. Y fue así, entre risas nerviosas, cuentas rápidas y un par de encuentros más, que esa idea caló y yo ya estaba dentro del proyecto. ¡Vamos a construir el teatro!

La aventura comenzó.

En el aire se sentía la humedad de la brisa, a veces escasa, que venía del río Curvaradó, ese que desemboca en el río Atrato. En medio de suelos inundables, de bellísimos atardeceres, de viajes en panga que llevan del sueño a la fantasía, de sonidos nocturnos muy agudos y de ensordecedoras lluvias, entre incontables platanales, guayabos y aguacates, comenzaba esta aventura. 156 personas entre excombatientes y familiares, colombianos como yo, niños, jóvenes y adultos serían testigos y protagonistas de este momento, este que deja atrás las normas de la guerra para insertarse en una sociedad civil. Un acto de resistencia que quiere recuperar esos espacios que el conflicto armado les ha robado a través de la construcción de un ágora comunitaria que permita el intercambio de saberes e ideas que transformen territorios.

Así comenzó esta aventura en medio de la selva, en una vereda que recién germina, a 9 horas terrestres desde Medellín y a 20 minutos desde Belén de Bajirá. Entre viajes periódicos, reuniones y encuentros, iba entendiendo las particularidades del lugar, también de la guerra; iba entendiendo, además, que la realidad de la disciplina y de la norma no necesariamente corresponde con la realidad del territorio. Y eso planteaba un desafío ineludible a mi profesión como arquitecta: había que entender primero el territorio antes de empezar a cambiarlo.

¡Un teatro! Parecía una locura encantadora. Pero, ¿En qué lo construimos? ¿Cómo lo vamos a sostener en un suelo tan fértil para la siembra, pero tan malo para la construcción? ¿Cómo vamos a construir algo para que se quede, cuando los cambuches siempre eran para desmontarse? Hubo muchas preguntas, pero fueron paulatinamente apareciendo las respuestas. Por ejemplo, podíamos construir en madera, la más usada en la región, sin embargo, íbamos a deforestar especies nativas, esas que se demoran decenas de años en crecer y que en cuestión de minutos podíamos desaparecer. Así mismo apareció la guadua, que atesta la zona pero que, paradójicamente, nadie usa, por lo menos para construir, con la particularidad que se reproduce en 6 meses y además posee propiedades mecánicas, físicas y económicas óptimas para este proyecto. Esa fue la primera elección, una oportunidad para que en dos únicos e inamovibles meses se iniciara y terminara la construcción del teatro.

Se realizaron los estudios estructurales correspondientes, además de las maquetas pertinentes para poderlo entender y comunicar. De manera que el diseño fue bastante simple, una única estructura en guadua, que se repetiría 13 veces, 425 m² cubiertos, que contendría un escenario y un aforo para el público. Y fue en cuestión de semanas que lo llevamos al punto, lo socializamos y quedó aprobado. Y aunque para muchos no fue comprensible la idea en un comienzo, la curiosidad de trabajar con guadua los llevo a unirse.

Ahora se venía lo más intenso y lo más emocionante: la obra. ¡Ahora sí vamos a volver realidad este sueño!

La obra.

Fue el 5 de agosto de 2017 a las 6:00 am el día en que la obra comenzó. Esteban, un antropólogo de profesión con vocación de constructor, y yo, fuimos los primeros en llegar; contemplábamos el río Curvaradó que atizaba un poco la ansiedad mientras esperábamos que Ciro, Jeyfer, Rojo, Mono, Jhon, Leo, Ramiro, Jair, Burro, Pazungo, Ñato y Bruno llegaran. Tenerlos a todos juntos, sentados en el punto donde íbamos a erguir un teatro, escuchando nuevamente de qué se trataba el proyecto, entre chistes cuando alguno no entendía, fue un gran momento. Era el primer día de los cincuenta y cuatro que se nos venían por delante. Y entre el replanteo, la programación de las actividades, pedidos de materiales y las aclaraciones acerca del proyecto empezamos la construcción.

Cada día fue trayendo su afán y nos planteaba sus propias cuestiones que la mayoría de las veces superaba la mera obra, porque fuimos entendiendo que no estábamos construyendo solo un teatro, estábamos potencializando las habilidades de un sujeto en una nueva colectividad, una que no se somete a la obediencia inapelable de una orden, sino que trabaja colaborativamente con el otro, intercambiando los múltiples saberes.

Por esta razón fuimos entendiendo algunas situaciones que develaron lo arduo que es pasar de un escenario de guerra a un escenario de paz. Por ejemplo, el paso de los excombatientes de nómadas a sedentarios. Las lógicas de la guerra siempre los hizo mover y cargar su vida en una mochila y en un fusil, sus hábitos se basaban en armar y desarmar constantemente sus cambuches y sus ranchas, por tanto, la construcción de este teatro les planteó una situación de permanencia a la que no están acostumbrados. Por un lado, los enfrentó al uso de nuevas formas constructivas con el cemento y la guadua, que a su vez promovían un nuevo estado de acumulación de herramientas y materiales, y por el otro, la libertad de decidir qué actividad en la obra querían realizar desató la necesidad de pensar por sí mismos, esa que la guerra les había suprimido, volviendo a unir el hacer al pensar e incluso al desear.

Y entre estas cuestiones fueron pasando los días y fuimos construyendo las dinámicas propias que la obra iba pidiendo, entre horarios de trabajo que evadían un prolongado medio día, lluvias inesperadas y contundentes que frenaban cualquier actividad, el retraso de algunos materiales, la resistencia de algunos para asistir constantemente a la obra y los ineludibles partidos de fútbol de los sábados y domingos que se volvieron parte de la programación; lo logramos terminar. Cuando lo vieron construido, por fin entendieron de qué se trataba, lo miraban con sorpresa como si ellos mismos no lo hubieran construido. Ramiro, mirándolo asombrado, me dijo: “yo no pensé que cuando estaba atornillando la guadua estábamos haciendo esto tan grande, quedó muy bonito”.

Llegó el Festival.

Usamos el último día, previo a la inauguración del festival, para dejar a punto el teatro, dispuesto para recibir a toda la población del ETCR y a las comunidades visitantes, además de los 10 colectivos teatrales que llegaron desde Cali, Manizales, Medellín y Bogotá, también desde Necoclí, Buchadó y las Camelias, y, desde luego, dispuesto para que el grupo de teatro Defrente, conformado por los excombatientes, hiciera su debut en su propio teatro con la obra “Borbandeo”.

Fueron ocho días muy intensos cargados de muchas emociones, vestíamos y desvestíamos el escenario como si cada jornada fuera una fiesta distinta; el teatro se llenaba diariamente con niños, jóvenes y adultos, para escuchar los relatos de aquellos que querían contar con palabras o con puestas en escena sus propias historias de guerra y de esperanza. Entre risas y lágrimas que confrontaban verdades, fuimos testigos de cómo a través del arte sí se pueden transformar territorios.

Y fue en la última noche del domingo 8 de octubre, en medio de un torrencial aguacero, entre cansancio y alegría, que despedimos el Festival. Nos agradecimos mutuamente por este escenario, por intentar construir mundos distintos y por creer en las utopías, convencidos que no se puede transformar una sociedad sin ser sensibles con el otro. La construcción de este teatro, como herramienta pedagógica, es el primer paso de un proceso que apenas comienza; impulsar la construcción de una comunidad que hoy carece de vínculos pero que quiere recuperar esos espacios de encuentro que eliminó la guerra.

Arte y arquitectura en el posacuerdo colombiano

No cabe duda que el proceso de paz que se inició en nuestro país y la firma misma de sus acuerdos es un hecho histórico y fundamental para nuestra sociedad. Sin embargo, desde que se inició, había sentido que este momento tan crucial me estaba pasando de frente y que no estaba haciendo nada para incluirme ni como arquitecta ni mucho menos como ciudadana, tal vez porque nos envuelve un entorno donde la paz parece un asunto de otros y no de nosotros. Con estos acuerdos, yo decidí perdonar, al Estado, a las guerrillas y a los paramilitares, pero sobre todo a mí por pensar que esta guerra no era conmigo.

Por eso hoy, con la construcción de este teatro en el marco del Festival Selva Adentro, un proyecto que desafió las leyes de la gravedad asumiendo el arte y la arquitectura como manifiestos de nuevas formas de habitar, me siento un testigo actuante, parte de un proceso de reconciliación que promueve el cambio de escenarios de guerra por escenarios de arte y de cultura.

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