
Portada: Sin título – Megan Boyd
Empiezan a prepararse las movilizaciones para confrontar las políticas de este gobierno e incluso se habla de un gran paro nacional en noviembre. Esto es supremamente importante, en primer lugar, para mostrarle al presidente y a su séquito de seguidores que no puede hacer lo que le da la gana, que sus caprichos y sus ínfulas de dictador tienen límites, si no en los organismos de control que debieran frenarlo, en las organizaciones y movimientos sociales que representan la aspiración de una nueva sociedad, sin súbditos ni tiranos. Pero es importante tener en cuenta que la movilización en las calles es apenas una de las muchas estrategias que debemos implementar para frenar la hondonada de reformas antisociales que este gobierno quiere imponer, que deberá ser, además, una confrontación de larga duración y no limitarse a un estallido esporádico y pasajero, y que, por supuesto, tendrá una respuesta violenta por parte del gobierno y los agentes de la represión que la historia de ignominia de este país ha preparado muy bien para eso.
La sobradez con la que el presidente De la Espriella ha asumido su mandato, como si de verdad hubiera sido elegido por el 90% del electorado y gozara de una popularidad y un respeto semejante al de los dioses, tiene que ver en buena medida con la debilidad de los procesos organizativos y el movimiento social que, en vez de haberse fortalecido durante el gobierno de Gustavo Petro, parece haber perdido toda su vitalidad. Uno de los propósitos, entonces, que debe animar este proceso de movilizaciones es la de dinamizar y fortalecer los procesos organizativos para ponernos en capacidad de confrontar a un gobierno de ultraderecha que ha logrado convocar en torno suyo lo más retrogrado, violento y criminal de la élite colombiana, hoy indiferenciada de los carteles del narcotráfico y articulada a toda la trama de la economía ilegal que embota a nuestro país.
Este es el resultado de largas décadas de separación y confrontación entre las organizaciones populares y de base y las organizaciones político-electorales de sectores alternativos que, hasta ahora, no muestran una práctica radicalmente distinta a la de los partidos políticos tradicionales. En las dos últimas décadas pareciera que buena parte de la dirigencia social se ha concentrado en los procesos electorales (y se ha corrompido también con ellos), descuidando enormemente los procesos organizativos de base. Al parecer, esta concentración en lo electoral, en detrimento de la organización popular, parte de un supuesto tremendamente estrecho y poco funcional: que es suficiente elegir gobiernos, alcaldes, gobernadores, concejales, senadores progresistas (que no es lo mismo que revolucionarios), y esperar a que ellos logren sacar adelante la agenda de reformas necesarias y, si es posible, que nos den espacios, ojalá remunerados, para contribuir en este proceso. Así fue como el movimiento social y popular perdió (o renunció a) buena parte de su autonomía y liderazgo para pelear por sus reivindicaciones durante el gobierno anterior.
Por lo tanto, una de las tareas fundamentales en este período es recuperar esa autonomía y liderazgo y ponerlos al servicio, no solo de la confrontación con el gobierno de turno, sino de la construcción del país que nos soñamos juntos y juntas. Eso implica también una apertura de las organizaciones y procesos sociales para la unidad y articulación en un gran proyecto político nacional y latinoamericano. Pero dicha unidad y articulación no puede ser solo un gesto pragmático para acumular la fuerza necesaria que nos permita confrontar las políticas y, en general, el proyecto político y deshumanizador de la ultraderecha que se cierne como amenaza sobre toda Latinoamérica y buena parte del mundo globalizado.
La unidad y articulación debe darse sobre un principio ético fundamental: somos diversos y lo que necesitamos es construir una sociedad donde dicha diversidad no solo encuentre espacio, sino que se asuma como lo que es, nuestra mayor riqueza en contra de la homogenización que está a la base del proyecto neoliberal y que comulga con su ideal de convertirlo (reducirlo) todo en mercancía, en fuente de acumulación de capital. Así que el proyecto de articulación popular está a la base de la construcción de un sujeto colectivo, plural y diverso, que pueda asumir la tarea de construcción de un mundo mejor. Las movilizaciones, sus actos preparatorios y la cosecha posterior deben también apuntar a este propósito y no limitarse solo a mostrar la fuerza de una multitud dispersa en la calle.
Por lo demás, la falta de articulación y la dispersión del movimiento social y popular le ha permitido, en buena medida, a los gobiernos represores golpear y desarmar con mayor facilidad los procesos de resistencia. En ese sentido, la articulación en torno a un proyecto político común que dé cabida a nuestras demandas diversas, pero no antagónicas, es hoy una necesidad urgente a la vez que una oportunidad. Es la oportunidad de reconstruir los vínculos de solidaridad y cuidado mutuo que se han debilitado ostensiblemente en estas décadas de neoliberalismo rapaz.
Los procesos de preparación de las movilizaciones y demás estrategias de resistencia y, en general, todos los procesos de comunicación y educación popular y alternativa que ha de cualificar nuestra capacidad de agencia e incidencia política deben incorporar mecanismos de autocuidado y cuidado mutuo en todos los escenarios. Y es que seguramente la represión volverá a ser, y ya lo está siendo, la estrategia fundamental del gobierno ante la falta de argumentos coherentes que puedan justificar sus reformas y políticas en favor de una minoría parasitaria y en contra de los sectores populares. Y esa guerra no se limita a los escuadrones de policías y civiles disparando contra las manifestaciones. La historia nos muestra que la mayoría de líderes asesinados por el Estado o el paraestado son atacados en sus lugares de estudio y trabajo, en los barrios y veredas durante el tiempo “tranquilo”.
Ya nos han declarado la guerra, y no precisamente la guerra cultural sino una de efectos más inmediatos, la guerra de exterminio que empieza con una vulneración directa de los derechos conquistados y bloqueo de aquellos que nos quedan por conquistar: la guerra decretada contra los estudiantes, contra el campesinado, contra las comunidades étnicas, contra las niñas, mujeres y diversidades sexuales. En general, la guerra contra las y los pobres, contra la población más vulnerable, oprimida y excluida. Después viene la represión para aterrorizar a quiénes se atreven a protestar.
Y la guerra es en serio, eso ya lo conocemos de gobiernos anteriores de los cuales el falso tigre se declara heredero. Y no estamos preparados para ella porque durante los cuatro años anteriores el movimiento social perdió un poco la práctica de la resistencia contra las fuerzas represoras que, por primera vez en la historia de este país, no se lanzaron contra las protestas y manifestaciones. Y tenemos poco tiempo para prepararnos, así que debemos asumir la tarea de inmediato. El tigre de temu es una catástrofe para Colombia, pero también puede ser la oportunidad para asumir en serio la articulación del movimiento social y popular. El hecho de que este tigre dispare hacia todos los frentes, contra todos los sectores oprimidos nos demanda una respuesta en este sentido, lo cual ha sido una urgencia relegada por mucho tiempo. El sectarismo y oportunismo no hace sino fortalecer al enemigo. Por lo demás, no se trata solo de frenar al tigre, sino, ante todo, de construir un proyecto político, desde el seno mismo de la unidad popular, que tenga una de sus manifestaciones en los procesos electorales, sin olvidar que la articulación se juega todos los días en la vida cotidiana y no solo en época de elecciones.

Contraportada: Sin título – Dora Mandrágora
