Editorial No 56: Lo que está en juego es la vida

Villa Babel – Isabel Planté

Advertía el escritor y dramaturgo sueco Agust Strindberg, en una de sus novelas de finales del siglo XIX, que el infierno no es algo inminente que nos espera o está por llegar, sino precisamente esto que estamos viviendo. Es muy propicia esta advertencia para comprender la realidad actual de Colombia, prefabricada a la medida de los intereses criminales de la más rancia ultraderecha del continente. En este mundo, las masacres se legitiman con el nombre de asesinatos múltiples, para impedir que se vuelvan imprescriptibles o que sean calificados de lesa humanidad; los asesinatos de líderes y luchadores sociales a manos de las fuerzas armadas se presentan como falsos positivos, y las más infames medidas contra los derechos de los trabajadores, como el decreto 1174, se anuncian como estrategias para generar empleo.

Lo peor es que este infierno se legitima diariamente sobre el estado de opinión anunciado hace años por el entonces presidente Uribe Vélez, como alternativa al estado social de derecho en el que su poder era limitado por las altas cortes y sus prácticas criminales podían ser enjuiciadas y castigadas por el sistema de justicia. La manipulación de dicha opinión, mediante el control del poder mediático, es la principal estrategia de la clase gobernante hoy, gracias a que los medios masivos han sido concentrados en las manos de quienes detentan también el poder económico.

A través del control mediático, la ultraderecha ha generado la identificación del pueblo con sus prácticas y sus valores, entre los que no se encuentran, por supuesto, ni la honestidad, ni la lealtad, ni la solidaridad, y mucho menos la verdad. Asistimos a una realidad anunciada por la novela 1984 de George Orwell, en donde la verdad era lo que al Gran Hermano se le ocurriera en cada momento.

Por eso, ante las votaciones del plebiscito por la paz, los uribistas movilizaron todos sus medios para generar miedo y rabia en las masas ignorantes. La idea, como confesaron después, no era ilustrar al pueblo de lo que realmente pudiera ocurrir con el acuerdo de paz, sino “sacar a la gente a votar emberracada”. Era la única manera en que podían hacerle creer a esta que la guerra era mejor que la paz y que los réditos políticos y económicos que históricamente le ha rendido a la oligarquía eran de verdad beneficios para toda la sociedad. Así se incorpora al ideario uribista la consigna inmoral del ministro de propaganda nazi, quien aseguraba que una mentira repetida mil veces se convertía en verdad para la gente que la escuchaba. Por eso Uribe repite hasta la saciedad afirmaciones tan absurdas como que la Corte Suprema de Justicia, que lo investiga por sus vínculos con la mafia, es una Corte mafiosa, y que su detención domiciliaria en su finca de 1500 hectáreas es un secuestro.

La verdad importa poco a quien controla todas las instancias del poder y la capacidad para manipular la opinión de las masas. En este caso, la capacidad de gobernar no depende de la inteligencia, de qué tanto represente el interés general o de su capacidad discursiva, sino de la capacidad de disciplinar a la sociedad por el terror y de manipular la opinión. Es obvio que el interés general le importa un pito a la clase gobernante y no tienen siquiera la intención de disimularlo; así lo muestra la actitud indiferente de esta élite frente a las masacres del último mes en el que han sido asesinadas más de cincuenta personas. O el anunciado crédito de una fabulosa suma de dinero para Avianca, lo cual contrasta con la austera ayuda para las familias que han perdido su trabajo en esta pandemia.

El presidente Duque no es carismático, ni lo necesita. Tiene a su favor toda una maquinaria política que actúa desde las instituciones como una aplanadora para imponer sus decisiones, que no son realmente suyas sino las de su clase. Hoy precisamente esta máquina avanza hacia el control de todos los órganos del poder estatal como la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría y la Defensoría del Pueblo, y seguramente logrará imponer la reforma a la Justicia con la unificación de todas las cortes en una que sea fácilmente manipulable por el ejecutivo.

Y es que el poder que actualmente detenta la ultraderecha del país no lo construyó a partir de la discusión política y el trabajo junto al pueblo. Lo construyó sobre el montón de muertos que dejaron a su paso las múltiples masacres paramilitares, sobre los sobornos, compra de elecciones y amenazas a quienes se les opusieran. Y con estas mismas prácticas pretende mantener su poder que hoy se resquebraja, de ahí que haya vuelto a sembrar de jóvenes y campesinos masacrados el territorio nacional, cosa que ya anunciaba como amenaza la periodista Vicky Dávila cuando hablaba de lo que podría pasar si llegaban a poner preso a Uribe. De esta manera entraron en escena las reservas militares (Grupos Armados Organizados- Gaor, otrora paramilitares) invocadas por la senadora Paola Holguín para “defender el estado de derecho” amenazado por la Corte Suprema con la detención de Uribe.

A lo que nos enfrentamos es a un poder mafioso enquistado ya en todas las instituciones del Estado. Y frente a esta realidad no podemos caer en la tentación de creer que el objetivo del movimiento social está en las próximas elecciones. Ello sería desconocer la pervivencia del estado de opinión y de una máquina de guerra bien organizada, que no solo manipula las decisiones de votación y los escrutinios, sino que compra los votos y constriñe con terror a los electores.

Si el infierno, materializado en la vida que nos impone el estado de opinión y la máquina de guerra, está aquí y ahora, su superación es aquí y ahora. Y parte precisamente del desmonte de este poder mafioso que hoy se yergue en el Estado, y en la confrontación de ese estado de opinión que apela a los más bajos instintos del pueblo y aplasta su inteligencia: y eso se hace sobre todo en la calle, mediante la movilización, y en los diversos escenarios de la vida cotidiana, mediante la organización para resolver problemas concretos de la gente.

La perspectiva es de mediano y largo plazo e implica la construcción de un proyecto alternativo que ponga en el centro la fuerza de la solidaridad y el anhelo de una vida digna, no solo en términos materiales sino también éticos. Se trata entonces de convocarnos en torno a la construcción de dicho proyecto de manera que podamos avanzar desde abajo en su realización, transformando, a la vez que las instituciones, la vida cotidiana de la gente en sus territorios, en las empresas, en las universidades. Ello podría incidir en nuestra capacidad electoral, pero el propósito del proyecto desborda este objetivo y no depende de él. Su propósito fundamental es hacer del pueblo un verdadero sujeto político, diverso y heterogéneo, capaz de defender la vida digna por encima de todo y construir un mundo sin mafias, sin opresión de ningún tipo. En lo mediato, sin embargo, este sujeto colectivo debe ser el sustento de un eventual gobierno alternativo ante los coletazos criminales de ese poder mafioso mal herido.

Comunidad – Jacob Lawrence

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