Estos derechos no son para personas de su edad

Por Álvaro Lopera

Ilustración: Tomada de blokt.com

Transcurre el tiempo y las enfermedades de todo tipo se van haciendo visibles en los viejos: el corazón ya tiene sus bloqueos: algunas veces se acelera como si quisiera recuperar los años mozos y otras tantas no quiere caminar al ritmo que el cerebro necesita; las venas se hacen notorias, como señoritas arribistas, en todo el cuerpo; el cabello no solo pierde el brillo, sino que se cae a manojos y en la almohada nos damos cuenta de ello. Los ojos requieren de lentes, pues la presbicia y la miopía, como niñas traviesas, se hacen visibles y juegan con las figuras que se encuentran a nuestro frente y a lo lejos, teniendo que hacer un esfuerzo mayúsculo para distinguirlas. Del estómago se puede hacer un tratado de males, pues pasados los sesenta este como que no quiere digerir nada y todo se transforma en un malestar, en un lento progreso de llenuras insoportables. Duelen las coyunturas, se pierde masa muscular y nuestro cuerpo parece que se desgastara sin contención con ese lento e inefable discurrir de los segundos.

A ello se agrega ese sinnúmero de amenazas que se hallan en los alimentos y en el aire de estas ciudades tóxicas, ahítas de vehículos, humos, mugre y mala leche. En las verduras, frutas y hortalizas que compramos en las grandes superficies y en las tiendas de todo orden, están agazapados los plaguicidas residuales pues estos negocios no exigen para sus inventarios alimentos libres de esas lacras químicas que se enquistan crónicamente en nuestro organismo. El complot se lleva a efecto con la complacencia de las transnacionales que venden miles de millones de kilos de esos venenos a los campesinos locales y extranjeros que cultivan y cosechan con base en la química y no en la agroecología.  

Si a lo anterior incorporamos la comida que llega del extranjero -doce millones de toneladas anuales- al mercado alimentario, sin saberse qué es transgénico u orgánico, el panorama definitivamente no es saludable. A los niños y a los viejos nos afecta doblemente. A los primeros porque apenas sus organismos se están disponiendo para la vida, tienen pocas defensas, y a nosotros, porque nuestros organismos están en la fase final de esta y la cronicidad del envenenamiento de toda la vida nos hace trizas, es decir, el tóxico que seguimos ingiriendo se suma al de los días pasados, solo que tampoco contamos con buenas defensas en nuestro organismo sino con los restos de un  intestino que fue bueno, de un viejo y complicado estómago que funciona como un anciano huraño, de un riñón que filtró y filtró hasta que una parte se murió debido a la lucha incesante contra esos miles de enemigos que corren por la sangre; de un hígado, espejo del riñón, y de un corazón que ha latido más de 2018 millones de veces a los 64 años y que empieza a no querer trabajar por físico agotamiento.

Y para completar el oscuro cuadro anterior, les cuento que soy un paciente, o cliente que llaman, del sistema de salud de este país. Sura es el nombre de la EPS, pero podría ser otro, al fin y al cabo, todas son iguales. Desde la desaparición del Seguro Social di ingenuamente el salto a ese sistema privado y a una AFP. O sea, estoy sujeto, como Prometeo, a dos cadenas: salud y pensiones, que ayudan al águila capitalista a dejarme sin aliento cada noche. En la AFP, después de 35 años de labores, alcancé una mesada ligeramente más alta que el salario mínimo; en salud, recibo una atención de perros a pesar del saqueo del 12% de mi demacrada pensión.

Hay historias que ¡ay!

En 2017 fue la última vez que me hicieron un chequeo del corazón, pues sufro de un mal que debe ser controlado anualmente. Es una simple ecocardiografía, pero el sistema no funciona y no hay modo de que lo repitan; la última razón que me dieron fue que a la médica “familiar” se le olvidó enviar al “comité científico” la solicitud. Asimismo, un chequeo de un pequeño abultamiento en mi garganta no ha podido ser leído, pues ella no encuentra el resultado en su computador para enviarme a la internista. Y ya ajusté dos años sin ese diagnóstico.

Esta médica, la del olvido, me recomendó que para que las cosas se agilizaran buscara el plan complementario de Sura, pues allí encontraría más fácilmente al internista o a otros varios, sin necesidad de pedir permisos al “comité científico”, todo por un monto no superior a $90 mil mensuales.

Hice la averiguación, pues pretendo vivir un poco más, y saber de qué me voy a morir en tanto preveo que no lo voy a lograr con el actual servicio de salud. La niña al otro lado del teléfono, cuando llamé y pregunté, muy amablemente me escuchó y detuvo mi pregunta con esta lapidaria frase: “ay señor, qué pena, pero usted no tiene derecho a este plan. Es solo para aquellos que tienen 59 años de edad. Busque en internet la medicina prepagada”.

No lo agradecí. Me quedé perplejo, me hizo sentir muy mal, me angustié un poco. Permanecí desorientado por unos minutos; por fortuna estaba sentado. Opté por buscar la medicina prepagada y entré a un portal donde encontré varias EPS’s ofreciendo esos servicios. Marqué con el teléfono fijo por si se me alargaba la conversación; quería saber precios, por pura curiosidad, pues me imaginaba que tendría que pagar cuotas exageradas de $300 o $400 mil mensuales, cosas así increíbles.

De nuevo, una niña con una voz muy dulce me preguntó por la edad. Y me dijo: “vea señor, usted no tiene ningún derecho en este sistema, pues el ingreso se cierra a los 59 años. Llame a Sura para que le hagan el estudio, pues allí sé que aceptan hasta los 62 años. O puede hacer algo más: mandar la solicitud agregando a su compañera o esposa que, si es joven, de pronto los aceptan, pero sé que, cuando lo han hecho, los cobros son cercanos a los $900 mil mensuales”.

Colgué. Impávido, reseco como un talco, salí a expulsar la depresión bajo el cielo gris el resto de la mañana. En la tarde, como terapia, me acerqué al espejo y conté, una a una, las arrugas de mi rostro.

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