Editorial No 123: La lucha involucra también a los pobres de derecha

Portada: Sin título – Kiamarz Javanmardin

El diablo es puerco, sentencia la sabiduría popular en estos territorios. Y esa sentencia opera como una definición poderosa. El diablo tiene la potestad de ser puerco, sin esperar por ello un castigo; es más, no podría seguir siendo diablo sin ser puerco. No hay ley que lo someta ni criterio ético desde el cual se puedan juzgar sus acciones, precisamente porque su supuesta expulsión del paraíso (el bien) no fue otra cosa que la expulsión de la ley y del universo ético hacia un mundo donde podía ser rey sin culpa ni vergüenza. Así que decirle al diablo puerco no es ni una acusación ni un insulto sino más bien una constatación y, a veces, hasta una felicitación. El diablo no se duele del mal causado, del dolor ocasionado a los demás, sino que se alegra y lo celebra. La maldad realizada es la actualización de su esencia y en ella se reafirma como diablo. Algo semejante ocurre hoy con la ultraderecha en el mundo y particularmente con la colombiana. Recordemos, solo a manera de ejemplo, cómo celebraban su maldad en el Congreso, cual niños chiquitos, porque habían hundido la reforma a la salud.

En este sentido, se hace necesario repensar la simple crítica como forma de enfrentar la decadencia moral de la derecha. La crítica sería eficaz si, efectivamente, lograra que la derecha se avergonzara de sus actuaciones, que reflexionara y asumiera el compromiso del cambio. Pero, igual que el diablo, la derecha es inmune a la crítica, está blindada frente a ella, precisamente porque sus actuaciones hoy se desarrollan por fuera del universo moral que vinculó a la sociedad durante décadas. Por eso no tiene sentido concentrar los esfuerzos en la crítica directa hacia los políticos de derecha y la forma como usan arbitrariamente el poder para consolidar sus intereses particulares y los de su camarilla. No están equivocados, saben perfectamente lo que hacen y por qué lo hacen. Ya ni siquiera intentan disfrazar sus intereses de intereses generales de la población, al fin de cuentas esa población, creen ellos, nada puede hacer para impedir que los intereses de estos políticos la arruinen.

Para ejemplo tenemos la reciente ley de rescate fiscal presentada por el ejecutivo. La manera grosera en que se han inventado una supuesta crisis fiscal muestra el desprecio que sienten por el pueblo y su inteligencia. No intentan siquiera disfrazar que el rescate será para los grandes ricos y empresarios exonerados de impuestos y que lo pagarán precisamente los más pobres. Si intentáramos criticarles a ellos por tamaña desvergüenza se morirían de la risa. Y si intentamos criticar y menospreciar a la gente que los sostiene en el poder por su ignorancia o indolencia, lo que haríamos sería reafirmar su posición porque a nadie le gusta sentirse criticado por otro que se cree por encima de él en materia de moralidad e inteligencia. Así que de lo que se trata, en primer lugar, para desenvolvernos en esta guerra cultural declarada por Abelardo de La Espriella, es de abandonar con humildad esa supuesta posición elevada desde donde les hablamos a las masas, siempre en un tono de reproche, crítica o burla.

Una de las incógnitas más grandes de la sociedad contemporánea tiene que ver con el hecho de que las masas actúan por lo general en contra de sus propios intereses. O, dicho de otra manera, las masas ignoran sus propios intereses, alienadas en el sueño de progreso y bienestar que el capitalismo les ofrece y les niega al mismo tiempo. De allí que el trabajo perentorio sea la desalienación de esas masas para que se hagan conscientes de sus propios intereses y se dispongan a luchar por ellos. Esto significa una elevación de la conciencia moral y política de las masas, lo cual no será agenciado por las redes sociales y por el uso propagandístico de los medios tal y como lo hace la derecha. Es decir, el momento histórico nos obliga a volver a las calles, a disponernos a trabajar con aquel que piensa distinto, incluso y sobre todo a desarrollar procesos organizativos con aquellas y aquellos que, siendo pobres, abrazan las banderas de las fuerzas políticas que profundizan su pobreza. Si solo estamos dispuestos a trabajar con quienes piensan igual que nosotros nunca podríamos aspirar a una transformación real del mundo y mucho menos de nosotros mismos. Lo máximo que lograríamos sería reafirmar nuestras convicciones sin afectar para nada el mundo real que asfixia dichas convicciones.

La pregunta es cómo trabajar con aquellos y aquellas que piensan distinto a nosotros en un mundo tan polarizado, donde las convicciones se defienden con las entrañas y pocas veces con los argumentos. La respuesta es muy compleja y seguramente aquí no la tenemos, tendremos que construirla entre quienes nos hemos comprometido con la construcción de un mundo realmente humano. Pero en principio podemos adelantar que el primer paso tiene que ver con abandonar la actitud de juicio implacable que tenemos contra los pobres, mujeres, negros, indios y diversidades sexuales de derecha. Aunque parezca un contrasentido, dicho contrasentido es un producto social que se explica por la distancia entre lo que esta sociedad les ofrece como promesa a las masas y lo que realmente les da. Los oprimidos de derecha no son nuestros enemigos, son el sujeto con el que debemos avanzar en la transformación del mundo y debemos acercarnos a ellos desmontando nuestros propios prejuicios, con mucha paciencia y mucho afecto. Con mucha pedagogía.

Se hace urgente estudiar bien este sujeto, es decir, estudiarnos a nosotros mismos, formados en la cultura traqueta, alimentados por las promesas de dinero fácil y poder inmediato que ofrecen los fierros y el dinero, pero sin acceso al poder con el que hoy los narcotraficantes y traquetos controlan nuestra vida social desde el Estado mismo. Se trata de distinguir a nuestros verdaderos enemigos, aquellos que, conscientes de sus intereses, nos hunden permanentemente en la miseria moral y material para garantizar sus privilegios. Con ellos y ellas no tiene eficacia la crítica en la medida en que no son incultos, sino que han optado por la cultura de la barbarie; con ellos no tiene eficacia la ley, porque ellos la han diseñado a la medida de sus necesidades y controlan todas sus actuaciones. Solo un cambio en la correlación de fuerzas, en la conciencia y disposición de las masas, puede neutralizarlos, difícilmente cambiarlos. Y es ese cambio en la correlación de fuerzas el que nos convoca en este momento.

Pero no quiere decir que podamos apelar al trabajo con las masas de derecha de manera instrumental para cambiar la correlación de fuerzas. Es que estas masas también están urgidas, aunque no lo sepan, de su propia transformación, de su constitución como sujetos autónomos capaces de incidir conscientemente en la construcción de su historia y de una humanidad justa. Su transformación en sujetos es ya de por sí un hecho social profundamente revolucionario. Nadie puede diseñar una revolución para otros, eso no conduciría sino a un nuevo estadio de autoritarismo. La sociedad realmente humana la construimos mediante la unión consciente de todas y todos los oprimidos del mundo cuando nos comprometamos con la erradicación de todas las formas de opresión que obstruyen el despliegue de una humanidad lograda.

Contraportada: Sin título – Kevin Peterson

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