Espejo Blanco Ancestral: El viaje interior de los «Niños Santos»

Por Carlos Gustavo Rengifo Arias

En la foto: Marcela Cuervo en el altar en el que se ofrendan los “Niños Santos”.

Los hongos habitan la Tierra desde hace casi mil millones de años, mucho antes que los primeros animales y plantas terrestres. Siglos después, en la sierra mazateca de Oaxaca (México), la célebre curandera María Sabina bautizó con respeto a los hongos con psilocibina como los “Niños Santos”. Para ella, no eran una simple sustancia, sino entidades vivas dotadas de espíritu y del poder sagrado de guiar a las personas hacia su propia verdad. Hoy, en un mundo donde la ciencia médica vuelve a volcar su mirada sobre los psicodélicos para tratar la salud mental, surgen experiencias de acompañamiento ceremonial que buscan tender un puente entre la tradición y el autoconocimiento. Una de ellas es Espejo Blanco Ancestral, un proyecto liderado por Marcela Cuervo.

La relación de Marcela con el mundo de las medicinas sagradas no comenzó con los hongos, sino con el yagé, medicina que tomó como paciente durante quince años. Sin embargo, tras una pausa de integración, la llegada de la pandemia de 2020 transformó drásticamente su vida. Un reajuste laboral la dejó fuera de la empresa donde ejercía como ingeniera química. Afrontando la incertidumbre, el desempleo y una profunda depresión que le impedía levantarse de la cama, encontró en las micro dosis de psilocibina un bálsamo de tranquilidad.

Aquel fue el punto de partida para adentrarse en las macro dosis y reunirse a explorar con grupos de estudio. En esos encuentros, su sensibilidad musical afloró: comenzó a incorporar cantos e instrumentos como el tambor ceremonial y los sonajeros. A pesar de sus dudas iniciales, por no pertenecer a un pueblo originario, el llamado fue persistente. “Sentía una invitación desde el mundo espiritual para ser una mediadora entre la medicina y las personas que buscan un camino de conciencia”, recuerda Marcela. El nombre del proyecto y su propuesta conceptual nacieron de una revelación en ceremonia asociada a su sello maya, Etznab (Espejo Solar Blanco), que simboliza la claridad y la verdad sin máscaras. “Mirarse con la medicina es mirarse en un espejo que te permite ver muy en lo profundo del alma”, afirma.

Entre la neurociencia, la terapia y el uso responsable

El interés por los hongos psilocibios no es solo místico. Un análisis publicado en la revista Nature Mental Health, que reunió 15 ensayos clínicos con 801 participantes, demostró una reducción significativa de los síntomas depresivos en comparación con grupos de control. A nivel biológico, la psilocibina estimula la neurogénesis y la neuroplasticidad. Según explica Cuervo, esto permite flexibilizar patrones de pensamiento rígidos que suelen ser la raíz de traumas, bloqueos emocionales y dolencias físicas. En sus ceremonias, asegura haber presenciado transformaciones profundas: desde personas que reconcilian vínculos familiares fracturados, hasta quienes logran superar adicciones o aliviar dolores crónicos.

Sin embargo, el viaje con los «Niños Santos» no está exento de riesgos y requiere un marco riguroso de seguridad. Por ello, Espejo Blanco Ancestral aplica un protocolo previo mediante un cuestionario de salud física y mental. La experiencia está totalmente contraindicada para personas con esquizofrenia, bipolaridad, afecciones cardíacas, antecedentes cerebrovasculares, insuficiencia renal o para quienes consumen medicación psiquiátrica sin una pauta de desmonte supervisada.

Marcela advierte, además, sobre el peligro del consumo recreativo e irresponsable: “A veces la gente lleva honguitos a una fiesta y los mezcla con alcohol u otras sustancias. La psilocibina expande los sentidos; en un entorno caótico eso se convierte en una bomba que puede inducir brotes psicóticos. El peligro no es el hongo, sino el uso inadecuado, pero la mala fama se la lleva la medicina”, enfatiza.

Este auge global de los enteógenos —término que alude a «lo que genera la experiencia de lo divino en el interior»— también ha encendido alarmas sobre la mercantilización y el extractivismo cultural denunciado por comunidades indígenas. Marcela reconoce la validez de estos reclamos cuando la tradición se banaliza por dinero, pero defiende el rol de los facilitadores urbanos conscientes: “Hay personas que, sin ser nativas, respetamos y honramos profundamente estas medicinas. Somos multiplicadores, porque sería imposible que todas las personas que hoy buscan sanación viajen hasta la selva o a los territorios originarios”.

La ceremonia: fuego, sonido y transmutación

El ritual con los «Niños Santos» exige un entorno seguro y contenido, preferiblemente en la naturaleza. Todo inicia alrededor del fuego, considerado el elemento transmutador de las cargas energéticas, y con una limpieza inicial con humo de copal. Antes de ingerir la medicina, se abre un círculo de palabra donde los facilitadores y participantes comparten sus intenciones, temores y biografías.

A esto le sigue la apertura del espacio sagrado: una invocación a las cuatro direcciones cardinales, a la Tierra, al Cielo y al propio corazón, pidiendo protección a los elementos (fuego, agua, aire y tierra). Posteriormente se consagra la medicina —habitualmente una dosis de unos dos gramos de hongos secos mezclados con miel— y se inicia el viaje.

Durante las primeras horas, el proceso transcurre en silencio para permitir la introspección personal, acompañado únicamente por sonidos suaves de instrumentos de viento. A medida que la medicina profundiza, la música evoluciona con guitarras, cantos y el batir del tambor. “El facilitador debe ser muy sensible a la emocionalidad del grupo. Si el momento es muy intenso, una armónica o un aroma suave pueden arrullar y calmar; si alguien está bloqueado, se interviene con limpiezas de tabaco o una mano en el hombro para hacerle sentir que no está solo”, explica Marcela.

Tras unas cuatro horas de viaje interior, cuando la marejada de la psilocibina comienza a amainar, la ceremonia concluye con un nuevo compartir de alimentos y de palabra, donde los asistentes integran lo vivido, seguido de un cierre de agradecimiento a los guías espirituales.

No obstante, Marcela es enfática en que el trabajo real no termina al apagar el fuego: “La medicina muestra el camino y hace una parte, pero la otra nos corresponde a nosotros. En los días posteriores viene la integración: poner en práctica la información recibida y hacer ‘las tareas’ para lograr cambios verdaderos en nuestra vida diaria”.

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