Por Aníbal Pineda Canabal

Caricatura dibujada con la ayuda de IA
Por Aníbal Pineda Canabal
A lo inexplicable por la naturaleza de las cosas creadas se le llama milagro. Cuando el milagro se produce, el esclarecimiento de un hecho por causas naturales se hace insuficiente y es necesario postular una causa exterior, superior e inexplicable. En el milagro, además, el autor de las leyes de la naturaleza exime a sus criaturas de esas mismas leyes que ha inscrito en el mecanismo del mundo e introduce una excepcionalidad explicable únicamente por su acción soteriológica, es decir, por la salvación o provecho de aquellos que o reciben o son testigos de su acción milagrosa. Lo que debía producirse, entonces, queda suspendido: el enfermo que debía morir se recupera, el cuerpo muerto destinado a la corrupción vuelve a la vida, lo inevitable se detiene, lo inaudito se produce. Pero el milagro implica asimismo una intervención concreta particular y no una acción repetida y permanente. La idea de un milagro perpetuo engendraría un contrasentido, puesto que un milagro repetido cotidianamente vuelve ordinario lo que de suyo solo puede ser extraordinario.
Hablando de milagros, se creyó además durante siglos que los soberanos franceses e ingleses tenían el poder sobrenatural de obrarlos: se les atribuían poderes curativos, no sobre cualquier dolencia, sino sobre una en particular, las escrófulas. Estas son una hinchazón de los ganglios linfáticos, asociada a veces a la tuberculosis. Las tumefacciones suelen producir dismorfia en cuello y rostro y drenan un exudado purulento de olor desagradable. Principalmente durante la Edad Media, se creía que los reyes de Francia e Inglaterra podían curar esta enfermedad, observando una serie de ritos como tocar el absceso y trazar sobre él la señal de la cruz. San Eduardo el Confesor, rey de Inglaterra, y el rey San Luis de Francia popularizaron esta práctica, fomentada luego por los Capetos y Plantagenet, importantes casas dinásticas de la Europa feudal. Fue Marc Bloch, el gran historiador francés de la Escuela de los Annales, martirizado por los nazis en 1944, quien escribió hace poco más de cien años un libro monumental que recupera la historia de esta tradición: Los reyes taumaturgos.
Según este autor, los fenómenos religiosos (los atributos taumatúrgicos de los soberanos, por ejemplo) pueden ser atribuibles a causas individuales o colectivas. En el primer caso, un hecho religioso sería el resultado de un pensamiento seguro de sí mismo, que persuade por la potencia de su convencimiento. Los fundadores religiosos o aun los hechiceros y culebreros de toda laya suelen ser personalidades excepcionalmente convencidas de sí que, por su palabra o por su ejemplo, se granjean el favor y la adhesión de otros. En el segundo caso, el hecho religioso se explica por el ambiente cultural y por una conjunción compleja de fuerzas sociales y económicas que de algún modo predisponen a las gentes a acoger un mensaje. Me referiré en lo sucesivo al primer caso.
Desde el 7 de agosto pasado, una retórica pseudorreligiosa ha regresado con fuerza a la política colombiana. Si culturalmente se trata de una batalla por el relato común de sociedad, religiosamente estamos ante una cruzada que busca devolver a la religión hegemónica (de la que el catolicismo es apenas una vertiente) su carácter de religión oficial y reducir a supersticiones perniciosas los cultos ancestrales u otras expresiones religiosas minoritarias. Lo anterior se pretende sin tener que pasar por la onerosa discusión de una reforma de las leyes de la república, sino más bien resquebrajando la neutralidad religiosa oficial y empujando el límite de lo que permite la laicidad del Estado que, al menos teóricamente, no es negada.
El nuevo rey taumaturgo, a diferencia de los soberanos medievales, no se arroga la potestad de curar tan solo la adenitis. Pretende, en cambio, sanar todos los males de la patria. Más aún, pretende hacer que vivamos en el milagro permanente. El estado futuro que nos promete tardará un poco más todavía; su grito de guerra cristera contra el hampa apenas acaba de ser pronunciado. El rey taumaturgo debe esperar a que sanen las llagas pestilentes.
Mientras tanto, truena contra los criminales a los que, una vez asesinados, exhibe como trofeos; se pasea con el arma al cinto por las barriadas y despliega una energía vital propia de alguien que goza tanto del auxilio divino como de helicópteros oficiales. Al final de esta gran tribulación, cuando sean vencidos todos los enemigos menos la muerte (que se le deja al Mesías), se producirá el gran salto productivo en el milagroso paraíso neoliberal que nos promete. Allí la sociedad colombiana será, si no reconciliada, al menos sí pacificada por la amenaza del uso de la fuerza sin titubeos, que para el rey taumaturgo garantiza la paz social entre trabajadores pobres y patrones a lo mejor generosos.
También aquí, como en el libro de Marc Bloch, el milagro del rey taumaturgo tiene una base individual y descansa sobre el carisma personal del soberano. Sus excentricidades de advenedizo y el desparpajo a la hora de expresar opiniones, que se alza hasta el paroxismo del lenguaje pugnaz y ofensivo; la permanente puesta en escena de fórmulas y gestos teatrales o la apariencia de hombre fuerte y empoderado encuentran un eco sincero en un pueblo acostumbrado a capataces y pistoleros y por ahora cansado del amaneramiento socialdemócrata. Lo que para un sector importante de la opinión pública son expresiones odiosas e incompatibles con las buenas formas de la cortesía liberal burguesa, para la reacción es una performance que arranca suspiros y miradas complacidas. Acometidos por espasmos pseudoorgásmicos intensísimos tras cada ¡viva Cristo rey!, perdonarán lo imperdonable e incluso lo celebrarán.
De Apolonio de Tiana dice Filóstrato, su biógrafo, que, tras un eclipse, pronunció este augurio: «algo grande ocurrirá y no ocurrirá». Para el rey taumaturgo se podría profetizar lo mismo. Pase lo que pase, nos veremos confrontados a un razonamiento análogo al que San Agustín formula en el último libro de La ciudad de Dios: el evangelio se difundió entre las naciones del orbe por medio de milagros verdaderos o sin ellos. Si se difundió por milagros, el cristianismo solo puede venir de Dios y, si se difundió sin ellos, entonces también viene de Dios, puesto que para que el orbe creyera no fue preciso milagro alguno. Por A o por B se llega igual a C. Ya sabemos asimismo que un milagro permanente no se puede realizar, pero no es necesario que se realice, puesto que el milagro ya se realizó: fue la derrota de la socialdemocracia. Por ahora, al menos. Que con su pan se lo coman.
