Homenaje a Alicia en el País de los asesinos

 

alicia
Rut Alicia López Guisao, Foto: Vía Campesina

Por Rubén Darío Zapata Yepes

La señora fiscal no dijo, aunque fuera por fórmula, que adelantaría las investigaciones pertinentes para encontrar a los responsables, materiales e intelectuales. Por el contrario, su declaración se limitó a señalar, como si justificara el asesinato, que la muerta y su familia habían pertenecido a las milicias y a los Comandos Armados del Pueblo en la Comuna 13. Tratándose de la Directora Seccional de Fiscalías de Medellín, dicha declaración es mucho más que un acto individual e irresponsable: deja clara la posición de la Fiscalía y del gobierno frente a la ola de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos que se ha desatado tras la firma del acuerdo final con las FARC.

En efecto, Ruth Alicia sobrevivió a varias guerras del Establecimiento contra el movimiento social que intentaba construir alternativas al anquilosado sistema político y económico del país. Primero, al exterminio de la Unión Patriótica, en donde militaba buena parte de su familia. En Urabá habían echado raíces con el trabajo comunitario que construyó barrios, centros culturales y deportivos y, sobre todo, tejido social. De allí tuvieron que salir huyendo su familia, a finales de los 80, cuando los paramilitares, apoyados por estructuras militares de la XVII Brigada, que operaba en la zona, decidieron acabar con ese trabajo y masacrar a sus líderes.

Alicia era apenas una niña cuando su familia se instaló en el barrio Olaya Herrera, en la comuna 13 de Medellín, un asentamiento de campesinos que habían sido forzados a abandonar sus territorios. En medio de la pobreza, el abandono y el asedio de la fuerza pública, esta gente intentó construir de nuevo un proyecto de vida y un tejido comunitario que les permitiera realizarlo colectivamente. La familia de Alicia se convirtió en un referente de trabajo popular, concentrada básicamente en proyectos de salud y educación para los habitantes del barrio. En este contexto fue creciendo la niña hasta convertirse en una lideresa carismática de su comunidad. Su porte regio e irreverente de mulata, alegre y bullanguera pero a la vez con un carácter sólido y una voluntad inquebrantable para el trabajo colectivo, marcaron su influencia en el barrio. Pronto se ganó, a pesar de su juventud, el cariño y la admiración de sus vecinos y de las organizaciones sociales que acompañaban el trabajo comunitario en la Comuna.

Hasta que la violencia volvió a asediarla. A finales de los noventa, la Comuna 13 se convirtió en el último bastión que resistía con algunos grupos de milicias y los Comandos Armados del Pueblo, al proyecto paramilitar de copamiento territorial en las comunas. El cierre de este ciclo lo marcó la famosa Operación Orión, en el 2002, como acto inaugural del gobierno de Álvaro Uribe Vélez y como proyecto piloto de lo que sería su política de Seguridad Democrática. Hace menos de dos meses precisamente la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano, al comprobar que esta operación militar fue ejecutada por organismos del Ejército, el DAS, la Fiscalía y la Fuerza Aérea en coordinación con los grupos paramilitares comandados entonces por Don Berna. De hecho, hoy se sabe que esta fue la cuarta de una serie de operaciones coordinadas entre militares y paramilitares para hacerse con el control del territorio, entonces disputado por las milicias.

Después de la Operación Orión, los paramilitares asumieron el control pleno de la comuna
13. Muchos líderes sociales fueron desaparecidos o asesinados incluso en las propias calles. Muchos otros fueron encarcelados y judicializados por la Fiscalía sin pruebas suficientes. Otros fueron amenazados y obligados a abandonar de nuevo su territorio y todo el proyecto social que habían construido. Ruth Alicia y su familia fueron unos de los tantos que tuvieron que partir.

Quince años hacía que Alicia no pisaba el suelo del barrio de su adolescencia y juventud, donde se formó políticamente y dio sus primeras batallas por un país y una sociedad mejores. Desde entonces su territorio fue El Chocó, por los lados del Baudó, donde emprendió nuevamente, al lado de su familia, un trabajo político y comunitario para mejorar las condiciones de vida y encender la chispa de la resistencia en esta comunidad tan golpeada y a la vez abandonada por el gobierno. Esta vez su centro de interés fue la soberanía alimentaria, dado que el Chocó es una de las regiones con mayor biodiversidad y riqueza natural del país, pero también con uno de los mayores índices de pobreza y desnutrición. Precisamente ahora estaba liderando un proyecto, al lado del Coordinador Nacional Agrario, financiado por el gobierno como parte de los acuerdos logrados con la Cumbre Agraria.

Tal vez Ruth Alicia creyó que la firma del acuerdo entre insurgencia y gobierno había relajado un poco la situación de violencia en la ciudad y por eso se atrevió a volver a Medellín a visitar a uno de los hermanos que no había salido del barrio. Fue un error de apreciación que le costó la vida. Los enemigos del movimiento social y popular mostraron con este y otra cantidad de asesinatos cometidos recientemente que no están dispuestos a tolerar una transición hacia la paz, donde los proyectos alternativos de vida tengan cabida.

Para dejar claro su mensaje, los asesinos advirtieron a los familiares de Alicia que los estaban esperando, que el entierro podía ser la oportunidad para acabar su tarea. De esta manera, silenciaron las voces más legítimas para llorar su muerte y acompañarla en ese último acto de resistencia. Ruth Alicia López Guisao, una lideresa que despertó enorme reconocimiento y admiración entre su comunidad, tuvo que ser enterrada en silencio, casi clandestinamente, sin la presencia mínima de su familia para despedirla, por el temor de que las amenazas se cumplieran ante la actitud negligente y permisiva de las autoridades.

Que esta publicación sirva al menos como un homenaje merecido a su persona y a su lucha, para romper con el silencio que quieren imponernos.

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