Editorial No 17: La diversidad es el puntal de la utopía

Por estos días la diversidad, igual que ha ocurrido con la libertad, se ha convertido en discurso políticamente correcto, aunque sin correlato en la práctica. A nadie se le ocurre hoy negar en el discurso  la importancia de la diversidad y el derecho a la diferencia, aunque muy pocos la soportan en la práctica. La libertad misma entraña a la diversidad no solo como potencia sino como posibilidad: la libertad es la condición de posibilidad para que los individuos y las culturas puedan ser lo que han elegido ser, en su proceso de singularización y diferenciación con respecto al mundo y a los demás. La diversidad es, por otro lado, la potencia que empuja y le da sentido a la libertad en tanto de ella depende la verdadera riqueza por conquistar.

Durante la guerra fría los principios que supuestamente se enfrentaban eran los de libertad e igualdad, como si fueran incompatibles. Esa era por lo menos la propaganda del Occidente capitalista. Dicha propaganda encarnaba, además, un proceso de deformación y reducción grosera de tales principios éticos: por igualdad se entendía homogeneización y la libertad que se defendía era la de comprar y vender. Así, el modelo socialista fue condenado de entrada por negar la libertad e imponer la homogeneización del mundo, de las ideas, de los modos de vida, y sobre todo de las formas de producción y de consumo. Cuando a finales de los 80 se empezaron a caer una por una  las economías socialistas de Europa oriental, el mundo capitalista cantó victoria en nombre de la libertad y hasta hubo quienes decretaron el fin de la historia, queriendo significar que la hegemonía capitalista sería eterna.

Pero tampoco es cierto que en las sociedades “democráticas” capitalistas exista la libertad para llevar el tipo de vida que se aspira y mucho menos que se defienda y promueva la diversidad. No hay un régimen que haya enarbolado tanto la bandera de la diversidad y que al mismo tiempo haya limitado hasta lo indecible el desarrollo diverso de la naturaleza y las culturas como el capitalista. Se promueve el ecoturismo como forma de promover la conservación de los ecosistemas naturales, cuando lo que hace en realidad es destruirlos; de igual manera toda la biodiversidad ha sido reducida a oportunidad de negocio y la diversidad cultural se ha pervertido en el mercado de lo exótico.

La diversidad que tolera el capitalismo es la que puede encontrarse en el mercado, o sea ninguna, porque precisamente el ingreso al mercado exige su reducción a mercancía. De hecho, una de las críticas más cínicas que se ha esgrimido contra el socialismo es la falta de diversidad en los productos de consumo. Según los defensores del capitalismo, una de sus ventajas es la diversidad de marcas que el consumidor puede encontrar en el mercado, lo cual le permite ejercer su derecho de escoger libremente. Pero sí hay algo realmente homogeneizador es el mercado, y eso por principio; pues en la medida en que la maquinización impulsa la producción masiva, la oferta tiene que dirigirse también a la masa. Las diferencias que pueden encontrarse en el mercado no pasan de ser una apariencia. Y ello ha venido a corroborarse con la famosa globalización, que más que permitir un enriquecimiento cultural por la diversidad reinante, ha tendido a eliminarla. Lo que se ha dado es una globalización del mercado que poco a poco va convirtiendo las culturas que toca al modo de vida capitalista: hoy todos compramos las mismas cosas en los grandes supermercados multinacionales, comemos lo mismo, si podemos comer, nos vestimos igual y nos vemos igual, independiente de la marca que usemos. Sobre todo se ha globalizado la pasión por el consumo, lo cual determina hoy nuestra vinculación emocional con el sistema.

La diversidad que no puede reducirse a mercancía el capitalismo tiende a eliminarla, bien sea mediante la eliminación física de lo diverso o forzando su asimilación. En este sentido, no puede extrañar que la meca del capitalismo sea también el país donde se mata y se encarcela a afrodescendientes por deporte, que ha auspiciado golpes militares para imponer el neoliberalismo y que ha invadido países en todo el mundo para imponer su estilo de vida; no debería asombrar tampoco el ascenso actual del fascismo en el discurso político de las potencias económicas europeas ni su xenofobia encendida. Tampoco extraña entonces que en Colombia los mismos que encarnan el proyecto político neoliberal a ultranza sean los que han declarado una guerra frontal, legal y física a la vez, contra el homosexualismo, y los mismos que han abogado por e impulsado la eliminación física del opositor político.

Pero la diversidad es un legado de la naturaleza, cuyas potencialidades no hemos sabido apreciar todavía. De hecho, la diversidad biológica es un mecanismo estabilizador de los ecosistemas: mientras mayor sea la diversidad de los ecosistemas, las especies y los genes, mayor será su capacidad para mantenerse, cumplir sus funciones básicas y enfrentar las amenazas externas. La vida crece y se desarrolla diversificándose, también la vida humana y las sociedades. De hecho, sin la biodiversidad que constituye cada ecosistema ninguna especie podría existir. Tampoco podría existir la cultura propiamente hablando y mucho menos enriquecerse y cualificarse, sin la diversidad. En este mismo sentido todo régimen que pretenda eliminar abierta o soterradamente la diversidad, atenta a la vez contra la vida y la cultura, contra la real posibilidad de construir un mundo humano.

También el socialismo tiene que apuntalarse no solo en el respeto sino en la promoción de la diversidad en todos los aspectos como valor constitutivo de la vida, como condición de posibilidad para la utopía. Ningún proyecto de vida puede legitimarse si requiere la eliminación de lo diverso, eso solo implica empobrecimiento de la vida y sus posibilidades. De este modo, el socialismo tal vez no sea una forma preestablecida de organización social de la producción, si no un ideal que busca la transformación de las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales que impiden el desarrollo de la vida humana (y de la vida en general) en condiciones de diversidad, lo cual implica muchos caminos posibles. Esto no solo no se opone a la igualdad sino que la supone en tanto todos tenemos el mismo derecho de soñar y poner a jugar, con oportunidades reales, nuestros sueños como parte de ese gran proyecto colectivo de construir una sociedad donde sea posible la vida plena y la felicidad para todos.

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