El 27 de marzo en Movimiento

Por Angie Heredia

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Foto: Juan Quiceno

Es una mañana como ninguna. A las puertas del Congreso se escucha la algarabía y se siente la fiesta. Una multitud de saltimbanquis y juglares de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las edades, se aglutina; llegan en masa, armados con sus danzas, sus voces y tambores milenarios. Se unen en un abrazo como pocos, desde Medellín, Pasto, desde Cali hasta Bogotá, elevando entre muchos, un grito que dice: “Señor Presidente, sin cultura no hay paz, no hay dignidad, no hay educación”.

Movimiento 27 de marzo se dicen, ya que el 27 es la fecha en que se celebra el día internacional del teatro. Entre pitos y sonrisas, con consignas y comparsas esperan alegremente el momento en que podrán entrar a la sala de audiencias del Congreso y exponer allí sus demandas. Más que un día para celebrar, este 27 de marzo se ha convertido en un día para protestar por la grave situación económica en que se encuentra el sector debido a un drástico recorte al presupuesto para la cultura de este año.

La situación no es nueva, desde 2015 vienen observando cómo el gobierno les recorta año a año el presupuesto, al mismo tiempo que las autoridades competentes como el Ministerio y las Secretarías Municipales de Cultura elevan los requisitos y los trámites para acceder a los recursos.

Como iguales

Vestidos de reyes y gobernantes levantan su voz frente a los congresistas para llamar la atención sobre la manera en que se recortan presupuestos, se invisibilizan esfuerzos y se minimizan los impactos de dichos recortes en el trabajo creativo de los artistas y en el acceso de la comunidad a su obra. Justo cuando el país se encuentra en un periodo de transición en que la cultura y el arte debieran jugar un papel crucial en la transformación de imaginarios de guerra y violencia en procura de la reconciliación y de la paz.

Reclaman el abandono por parte del Estado, la falta de concertación y las dificultades que tienen los grupos pequeños y regionales para acceder a los recursos. Exigen responsabilidad del Congreso para garantizar a los colombianos el derecho inalienable a la cultura.

Sus reclamos se sustentan en el hecho de que, según diversos estudios, la economía de la cultura le aporta cerca del 3% al producto interno bruto del país, mientras que la inversión del Estado en el sector corresponde tan sólo al 0,16 del presupuesto general de la nación, contrario a la recomendación de la UNESCO de invertir en cultura mínimo el 2% del presupuesto de una nación.

Exigen una legislación acorde a las necesidades del gremio y de la población en materia de cultura y piden participación directa en la elaboración de una política pública que realmente contribuya al fomento de las artes y la cultura y permita un verdadero crecimiento en lo que concierne a la creación, la investigación y la paz.

Entre otras, expresan su preocupación por un proyecto de ley adelantado por el Centro Democrático, denominado “Economía Naranja”. Este pretende “imponer un modelo que privilegia la rentabilidad en la producción cultural sobre el valor espiritual de la cultura”. Por eso piden una revisión inmediata de ese proyecto por parte de una comisión tripartita, compuesta por Estado, artistas y legisladores.

Voces desde el silencio

El maestro Julio Ferro, uno de los representantes más importantes del género de la pantomima en el país, quien el año pasado cumplió 50 años de vida artística, afirma que el gobierno colombiano no hace una diferenciación entre lo que son las industrias culturales y los grupos pequeños, que según su experiencia han sido quienes han asumido el quehacer del arte y la cultura de cara a las comunidades. Tanto en las políticas del Ministerio a nivel nacional como en los diferentes departamentos le dan un tratamiento por igual a unos y otros. Algo que sería necesario replantear, pues “las industrias culturales cuentan con personal calificado para hacerle frente a todo ese aparato, mientras que los grupos “pequeños” no tenemos toda la infraestructura empresarial que se requiere para contratar o acceder a los recursos del Estado”. Esa política, desarrollada por ejemplo a través del decreto 092 de 2017, excluye a los grupos y artistas con escasos recursos de contratar con el Estado y los reduce a la tercerización.

En materia de seguridad social, los artistas se encuentran en desventaja por la condición misma de su profesión. “Trabajamos dos meses y, si podemos  pagamos seguridad social. Pero dejamos de trabajar otros seis meses y volvemos a quedar desprotegidos”, dice el maestro Ferro. Y recalca que aunque han sido muchas las propuestas del sector al respecto, no han conseguido nada concreto. Recuerda como con la Alcaldía de Bogotá se logró alguna vez afiliar al SISBEN a algunos artistas que estaban literalmente en la calle, pero en el momento en que los contrataban para algún espectáculo debían salirse del sistema y quedaban nuevamente desprotegidos.

Entre nubes y lluvia

Entretanto, en la capital de la “eterna primavera”, una nube gris empaña el firmamento mientras cientos de artistas y trabajadores de la cultura se toman las aceras del centro como escenario. No marchan en medio de la calle como es usual, porque no quieren contribuir, generando un trancón más, a la contaminación del aire, ya de por sí irrespirable. Entre la multitud de personajes coloridos, alegres e indignados que conforman una cadena humana, surge una figura cuyo medio de transporte es una silla de ruedas.

Es Elkin mimo, maestro del teatro silente. Él sufrió en 2011 un aneurisma cerebral que le ocasionó la pérdida de la movilidad y afectó su memoria de corto plazo. Además de artista, Elkin se ha destacado por ser defensor de derechos humanos y cuenta que su apuesta fue siempre una pelea por el reconocimiento de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales.

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Los mimos Hder Guerra y Elkin Mimo, Foto: Cristina AmarilesDesde 

 

Allí los artistas han intentado construir una política pública que dignifique su actividad y le dé al arte y la cultura el lugar que se merecen.

Como Elkin, son muchos los artistas que no tienen una sede, juglares que viajan permanentemente “con el escenario al hombro” y sin otra herramienta que su cuerpo, su voz y su imaginación. La mayoría son de formación autodidacta, pero adquirieron esa formación con mucha disciplina, viajando a diversos países para intercambiar conocimientos con otros y otras en cursos, talleres y festivales internacionales, casi siempre con sus propios recursos.

Hoy, paradójicamente, Elkin protesta sentado en su silla de ruedas; no solo su movilidad sino también su capacidad creativa y de actuar son reducidas, por lo que este artista, consagrado por más de treinta años a su profesión ya no puede, como lo hizo siempre, “vivir del teatro”. De no ser por la solidaridad de su familia y sus amigos, no contaría con ningún medio para subsistir y no cuenta con las terapias y los cuidados médicos necesarios para su recuperación, pues aunque está afiliado al sistema de seguridad social, “esas terapias no las cubre el seguro”.

De la creación a la gestión

“A los artistas nos toca ser gestores, administradores, vendedores, pedagogos, formuladores de proyectos, todo en uno”, comenta Ana María Ochoa, titiritera de la Fanfarria Teatro. La Fanfarria es uno de esos grupos que por ser histórico (ha sido declarado “sala histórica” por el Ministerio de Cultura, y “patrimonio cultural” de la ciudad por el Concejo de Medellín, además cumple este año 45 años de vida artística) y a veces considerado modelo de organización y de gestión, se ha beneficiado en muchas formas de los recursos que aporta el Estado para la cultura.

No obstante, Ana María cuenta que eso no siempre fue así y que desde que existe el Ministerio de Cultura se dieron grandes avances en el acceso a dichos recursos que antes eran administrados por el Ministerio de Educación y en la mayoría de los casos eran distribuidos de forma clientelista. Sin embargo, el presupuesto del Ministerio pasó de 1.900 millones de pesos en 2015 a 900 millones en 2016, y hoy es de aproximadamente 600 millones.

Ana María comenta que ha habido otros avances, como la llamada ley de espectáculos, que permite que las salas de teatro accedan a un recurso para mejoras, compra de sede, u otros. Pero también es cierto que las posibilidades para los grupos pequeños y para los artistas itinerantes son muy reducidas, y los obstáculos muy grandes; reconoce que todos en algún momento se “rajan” en las convocatorias por falta de una firma, por un papel que no entregaron a tiempo, en fin, por detalles de forma, pues en la mayoría de los casos no es la evaluación de la propuesta creativa la que los deja por fuera.

Otras expresiones

No solo los teatreros, sino otros creadores y trabajadores de la cultura, se sumaron a la protesta y se adhieren al movimiento.

Para Wilson la música es el alma, es su pasión, su vocación, toca el tiple con gran destreza y desde que comenzó a hacerlo se ha propuesto rescatar y dar especial relevancia a la música colombiana de los Andes. Estudió su pregrado en la Universidad de Antioquia y después de graduarse se ha dedicado a explorar tres facetas muy importantes para su carrera como músico: viajar, enseñar y tocar con diferentes músicos, en todos los escenarios en donde sea posible. El viaje le ha permitido, además del encuentro con otras culturas, otros ritmos, muchos músicos y distintas realidades sociales, conocer de cerca la dinámica de las Casas de la Cultura, tanto en ciudades capitales, como en poblaciones pequeñas del Valle del Cauca o de Urabá.

“En los pueblos, si vos no estás metido en la dinámica política (electorera), es muy difícil que te den trabajo”, dice. “Las Casas de la Cultura dependen del lobby que hagan, sus presupuestos están supeditados al beneplácito del gobierno de turno”. Además, se ha encontrado con casos en los que el personal contratado, sobre todo en cargos dministrativos, no cuenta con ninguna experiencia como artista. Hay gente dando clases a los niños y jóvenes sin ninguna cualificación artística.

A eso se suma el problema de la tercerización, que es un tema complicado, dice, pues no les garantiza a los profesores un mínimo de estabilidad, los contratos son por prestación de servicios y duran a lo sumo tres o seis meses. En ocasiones se llega el mes de abril y no se ha podido arrancar con el programa porque no está listo el presupuesto para la contratación, y los intermediarios se quedan con una buena parte del presupuesto que podría contribuir a incentivar la creación y el trabajo de los grupos artísticos en la región.

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Foto: Cristina Amariles

Wilson añade que el gremio de los músicos es menos organizado que el de los teatreros y

cuando habla de gremio se refiere a los músicos independientes, aquellos formados a pulso, no a los músicos de la gran industria cultural. Asegura que tienen mucho que prender en lo atinente a la movilización y la reivindicación de sus derechos, pues su ormación es más “individualista”. De hecho, son pocos los músicos que acceden a un pregrado en una universidad pública y después de graduados viene la lucha por conformar un grupo o posicionarse como solistas, grabar un disco, organizar conciertos etc. Y si desean continuar por el camino de la enseñanza, deben hacer una maestría. Pero él piensa que las maestrías son para los ricos, porque la más barata en una universidad pública vale 24 millones de pesos y “los horarios de clase son tan rígidos que no te permiten trabajar”. Finalmente, concluye que la formación de los músicos en Colombia
sigue siendo una cuestión de élites y que por eso es necesario organizarse y adherirse a iniciativas como la del 27 de marzo.

Epílogo

Nada los detuvo, ni la lluvia, ni el aire contaminado y mucho menos la indiferencia del gobierno para dejar claro que “no bastan las leyes, ni los tratados, no bastan los planes de desarrollo, ni los programas sociales si estos no se convierten en cultura. Hace falta una decidida voluntad política para transformar la cultura de la retaliación en cultura de la reconciliación”.

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