Quiero salir de esto

Quiero Salir de Esto
Pintura de Ana María Candamil

Por Hugo de Jesús Tamayo Gómez

Un día me llegó un mensaje: “Don Hugo, colabóreme en lo que más pueda, quiero salir de esto”. Yo sabía que era un S.O.S, pues era del celular de una amiga mía y en esos momentos me estaba escribiendo su sobrina. La tía ya me había comentado que a esta niña la habían descubierto con droga y la tenían recluida en un hogar para menores infractores. Pero en esos instantes me escribía desde el hospital Manuel Uribe Ángel. Ahí mismo le contesté: deme su nombre completo, pues yo solo sabía el primer nombre, Andry. Entonces me escribió: “Andry Yulieth Suarez Álvarez”.

Cuando llegué a urgencias del hospital, el portero me dijo: “Está allí”, y me señaló. Entré y, en un cubículo, con espacio para una cama, vi seis sillas, seis aparatos con sus respectivas mangueras e igual número de pacientes. Uno de ellos era Andry, que, al verme, se paró tan rápido como si fuera una hija que no había visto a su padre por mucho tiempo. Su reacción fue tal, que pensé que se le podría desconectar el catéter que tenía instalado en una de sus venas. Inmediatamente separó su cuerpo del mío, le pregunté: “¿Cómo se siente?” Sonrió, me miró a los ojos y dijo: “Ya estoy mucho mejor”.

Hablamos más de una hora. Yo no salía del asombro y me preguntaba a qué horas se había convertido en una señorita; ya había despertado y tenía pleno conocimiento del ambiente en qué nació, un mundo del que ella, a sus once años cuando me la presentaron sus tías, no era muy consciente, o lo guardaba en su interior. Su saludo por las calles de Granada siempre era: “Hola, escritor. Hola don Hugo” y salía corriendo. Yo sabía que ya le estaba dando vueltas y vueltas en su cerebro el asesinato de su madre, que ocurrió cuando apenas tenía unos dieciocho meses, el maltrato de la madrastra, el suicidio de su progenitor cuando ya ella contaba con diez años de vida… Y saber que en ese hospital estaba internada por la misma situación del padre, aunque a ella la alcanzaron a atender, pues le descubrieron a tiempo el intento de suicidio.

Después de ir a traerle unas chocolatinas prometí volver y salí.

La próxima visita fue al hospital psiquiátrico del municipio de Bello, HOMO, a donde la trasladaron. Cuando se iba a terminar la visita, le pregunté: “Andry, ¿esa ortografía, cuando usted me envió su nombre, al escribir, lo hizo conscientemente?” “Sí, don Hugo”, me respondió tajantemente. “¿O sea que usted sabe que las primeas letras de los apellidos y de los nombres van con mayúsculas y lo aplica?” “Sí, siempre”, volvió y me dijo. “Entonces debes ser buena para la escritura. ¿Te gustaría escribir tu historia?”, le indagué de nuevo. “¡Sí, muy rico sería!”, me contestó con una cara de satisfacción, como si ella esperara esa propuesta. De inmediato arranqué tres hojas de una libreta que yo cargaba, le regalé un lapicero y le dije: escriba aquí lo que quiera, lo que se le antoje.

Al otro día compré un cuaderno que en la pasta se leía: “MY FIRST KISS” –lo hice por la historia que me narró en el hospital, de esa primera vez con su primer novio–, tres lapiceros de diferentes colores de tinta y me fui a visitarla. En la tarde, a la hora de la visita, no podía creer lo que tenía ante mis ojos: las tres páginas llenas por lado y lado: le escribió a su padre que “así no esté vivo todavía lo amo. ¿Quién me va a leer un cuento antes de dormirme…?”. No fui capaz de leer de corrido y, menos, cuando ella notó que mis ojos estaban enlagunados. Entonces, por momentos detenía la lectura, a ratos me saltaba párrafos, y después regresaba, hasta que terminé. Lo que me frenó alguna lágrima fue concentrarme en el hecho que una niña como ella, que no pasó de sexto en sus estudios y desde los trece años se entregó al consumo de alucinógenos, tuviera, si no buena ortografía, más o mucho mejor que personas que he conocido, con su bachillerato culminado.

Le dejé el cuaderno explicándole qué debería omitir y qué le daba más fuerza al texto. Al otro día, antes de entrar a la visita, pensé que ya no se me enlagunarían los ojos, pues me imaginé que seguiría escribiendo y ya sabía qué me esperaba. Ella había pasado al cuaderno todo lo que había escrito el día anterior en las hojas sueltas, pero con más orden: narrando el ambiente en que se encontraba, describiendo las personas que la rodeaban… Ese día me tocó parar de leer, pues algunas de las frases con las que se dirigía a su padre las escribía con el lapicero azul que le llevé, y para protestar contra la madrastra que le decía “gonorrea, malparida que no sirve para nada, usted es una carga para su papá…”, usaba el papel con el color fucsia. Ese día también me tocó parar de leer, pues con la ampliada del texto descargó toda la furia y no pude contener las lágrimas.

Luego, con calma, le pregunté: “¿Usted me entendió qué era un adjetivo?” Y sin más, me dijo: “Sí, don Hugo”. “Jm –le añadí yo–, y saber que yo solo supe qué era eso a mis 52 años de vida”.

Andry terminó el tratamiento psiquiátrico y la trasladaron de nuevo para el hogar y allá las visitas son los jueves. En una de ellas, cuando se estaba comiendo un pernil de pollo, me preguntó dónde lo había comprado, y le contesté: “yo mismo, el domingo pasado, maté el pollo más grande de los que estoy engordando en la finca, lo despresé, guardé un pernil, lo aliñé desde ayer y se lo está comiendo caliente porque lo saqué del horno para venirme a visitarla y traérselo”.

Cuando timbro para la visita y ella siente mi voz en la puerta, yo también la escucho gritar desde adentro: “¡Mi padrino, es mi padrino!”.

Andry me dijo que le habían colaborado y los cargos que tiene no son por toda la droga que le cogieron, sino que solo son por ser consumidora y que posiblemente salga en diciembre del sitio de reclusión. Y yo sé que después de su salida, debo seguir apoyándola con sus textos para que se cumpla lo de su mensaje: “Quiero salir de esto”.

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