Guerra en marcha contra Venezuela

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Collage tomado de: https://pacifista.tv

Por Renán Vega Cantor

Tras la posesión de Iván Duque como presidente de este país, empezaron a sonar los tambores de guerra contra Venezuela. Un vocero del nuevo régimen de extrema derecha, Francisco Santos, embajador en Washington, anunció ante sus amos imperiales que no se debería descartar ninguna opción (ni la militar) para derrocar al gobierno constitucional de Nicolás Maduro. Al mismo tiempo, los medios de desinformación y sus opinólogos criollos empezaron una campaña de propaganda para alentar una agresión militar a Venezuela. Otros afirman que ese ataque bélico nunca se va a realizar y simplemente es una cortina de humo, con mucha artillería verbal, pero sin ninguna acción sobre el terreno.

Ambas posturas parten de un presupuesto equivocado, al suponer que se trata de una guerra clásica, con enfrentamientos militares directos entre contendientes claramente definidos. No, ahora las guerras de nueva generación no desembocan necesariamente en acciones militares convencionales (aunque esa vía no se descarta, luego de que otras no hayan sido suficientes), porque se libran en diversos terrenos (cultura, información, economía, diplomacia) y recurren a la propaganda, al saboteo, al desgaste económico, al aislamiento diplomático.

En estas circunstancias, desde Colombia se viene librando una guerra contra Venezuela, auspiciada por el Estado y las clases dominantes de nuestro país, que comenzó durante el gobierno de Juan Manuel Santos y ha sido continuada por el de Iván Duque. Diversos hechos, presentados en forma desordenada lo demuestran.

Ciertas afirmaciones no son meras anécdotas, sino verdaderas declaraciones de guerra, como la hecha en marzo de este año por el entonces Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas. Este afirmó que se estaba diseñando un plan para “el día después”, por un valor de 60 mil millones de dólares procedentes de Estados Unidos y Europa, para la “reconstrucción económica de Venezuela”, porque este país tiene muchos recursos y es “muy solvente con las mayores reservas petroleras del mundo y recién certificaron que tiene una de las minas de oro, entre las mayores del mundo, con un buen potencial de cobre”. Esa suma, que bien le serviría a Colombia para solucionar algunos de sus problemas estructurales de miseria y desigualdad, indica que hay una guerra en marcha, porque tal cantidad de dinero solamente puede invertirse luego de destruir a Venezuela, y eso es lo que se está haciendo en estos momentos, con la participación activa del Estado colombiano.

La acción diplomática contra Venezuela es propia de una guerra, en la medida en que se desconocen los procesos internos del vecino país, mancillando la idea de soberanía y autodeterminación, y se respalda a delincuentes confesos que han huido de Caracas y se han refugiado en suelo colombiano. Por ejemplo, a la ex fiscal general de aquel país, a la que se le sigue considerando como “fiscal en el exilio”, y se le alienta, con gran cinismo e impunidad, a realizar juicios contra el presidente Nicolás Maduro en el recinto del Senado colombiano.

En lugar de colaborar con la investigación para aclarar la responsabilidad de colombianos en el frustrado atentado del 4 de agosto contra Nicolás Maduro, que fue preparado en Norte de Santander, el gobierno de Duque respalda a quienes participaron en el fallido magnicidio (el primero en la historia en el que se usaron drones cargados con explosivos), uno de los cuales, un tal Salvatore Lucchese, estuvo en la posesión de Duque el 7 de agosto en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Y miembros de la mal llamada oposición, que son prófugos de la justicia venezolana y algunos de ellos inculpados en ese atentado, han sido acogidos como “luchadores de la libertad” por los gobiernos de Santos y de Duque. Ese es el caso de Julio Borges, al que le han dado el estatuto de “refugiado político”.

El saboteo económico, impulsado desde Colombia mediante el contrabando, el hurto de petróleo, la acción de bandas paramilitares en territorio venezolano, constituye el instrumental de desgaste y desangre de economía venezolana, avaluado en miles de millones de dólares. En esa misma dirección, se alienta a la salida de venezolanos con falsas promesas, para luego utilizarlos como vehículo de propaganda, y abandonarlos a su suerte o matarlos, porque en lo que va de 2018 han sido asesinados más de 300 venezolanos en nuestro territorio.

La guerra mediática, la más evidente y visible de todas, no da tregua. Nunca en la historia reciente de los medios de desinformación masiva en Colombia (RCN, Caracol, El Tiempo, El Espectador, Semana…) se había dado el caso de que un país sudamericano estuviera en primera plana de cobertura en forma permanente durante varios años, para calumniar, mentir, difamar, como se hace hoy con Venezuela. La situación llega hasta el extremo de que los voceros de la falsimedia incitan al asesinato de Nicolás Maduro y otros mandos civiles y militares de Venezuela, incentivan el saboteo económico, a la migración de personas pobres y encubren la responsabilidad criminal del gobierno colombiano y de los paramilitares en la desestabilización del vecino país. Nada dicen, por ejemplo, sobre la criminal política de desabastecimiento impulsada por los Estados Unidos y sus multinacionales, que ha dejado a los niños sin vacunas, sin medicamentos y sin instrumentos quirúrgicos.

Esta guerra no convencional, de nueva generación, que el Estado colombiano libra contra Venezuela, se desencadena, como una señal de la traición característica de ese Estado y de las clases dominantes de Colombia, luego de que se desarmara a las Farc (lo cual se hizo con la participación activa de Venezuela), con lo que se le eliminó una retaguardia estratégica, que le podía servir de colchón de contención.

El régimen colombiano es el perro faldero de los Estados Unidos y de su Ministerio de Colonias (la OEA), cuyo propósito supremo es apropiarse de las reservas de petróleo de Venezuela y de otros minerales que allí se encuentran, esperando con esto que a la oligarquía criolla le queden unas cuantas migajas, que compensen su postración y servilismo. Postración que llega al extremo, burlándose de cualquier proyecto de integración sudamericana, de convertirse en cómplice activo de la guerra de destrucción que el imperialismo libra contra Venezuela. ¡Y todavía hay quienes se disgustan por estos lares cuando se recuerda que Colombia es el Caín o el Israel de Sudamérica

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