La masacre de las bananeras (1928) y los deberes de la memoria

Por José Abelardo Diaz Jaramillo

Sangre en las bananeras

En la noche del 6 de diciembre de 1928, soldados del Ejército Nacional al mando del comandante Carlos Cortés Vargas dispararon contra una nutrida concentración de personas reunida en la plaza central de Ciénaga (Magdalena). La concentración era expresión de la grandiosa huelga que desde el mes de noviembre realizaban los trabajadores vinculados a la empresa bananera United Fruit Company, con el fin de mejorar sus condiciones de trabajo. El suceso, que dejó una imprecisa cifra de muertos, se convirtió desde entonces en una efeméride infeliz evocada cada 6 de diciembre por los sectores subalternos, en homenaje a las víctimas y para resaltar el papel canalla de las fuerzas militares y del Estado colombiano.

Por ejemplo, en las protestas de junio de 1929 en Bogotá, conocidas como las “jornadas contra la rosca”, el recuerdo del hecho ofreció motivos a quienes reclamaban la renuncia del presidente Miguel Abadía Gómez y del comandante de la Policía, Carlos Cortés Vargas, por la muerte del estudiante Gonzalo Bravo Pérez y, desde luego, por su responsabilidad en la masacre de los trabajadores en 1928. Cincuenta años más tarde, en 1978, en una coyuntura política distinta, diversas organizaciones populares confluyeron en una grandiosa jornada conmemorativa que contempló múltiples actos que permitieron ligar la barbarie de 1928 con la persecución que el gobierno de Julio Cesar Turbay Ayala adelantó contra el movimiento popular, a través de la figura del Estatuto de Seguridad Nacional y su doctrina anticomunista.

En 2008, en el marco de los ochenta años de la masacre de las bananeras, nuevamente distintas fuerzas políticas del campo popular convocaron movilizaciones en torno a la recordación del hecho luctuoso. De notable significado fue la campaña nacional “¿Tienes la memoria chiquita?”, que quiso ligar la memoria de la masacre de 1928 con el papel criminal que cumplió la multinacional bananera Chiquita Brands International en la región del Urabá. Como se documentó públicamente, la empresa foránea ayudó a financiar al paramilitarismo con el fin de exterminar el sindicalismo de clase, imponer el terror entre los trabajadores y facilitar los niveles de explotación laboral. También sirvió la evocación de la masacre para denunciar al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez y al General Rito Alejo del Rio, el “Pacificador de Urabá”, por patrocinar ejércitos ilegales al servicio de intereses económicos privados.   

“Estudien vagos”

La confrontación política que en la actualidad se registra en el país tiene un componente simbólico que, si bien ha estado latente en épocas pasadas, parece haber adquirido un valor especial en el tiempo presente: las disputas por los sentidos del pasado nacional. Se trata, en efecto, de un ejercicio de poder que busca, desde la perspectiva de los dominantes, oficializar un relato que vanaglorie sus comportamientos y legitime su papel como clase dirigente, al tiempo que responsabiliza a “otros” de la crisis estructural que permea la sociedad desde hace largo tiempo. Ejemplos de lo anterior fue el malestar que mostró parte del Establecimiento por la presencia de ciertos intelectuales en la Comisión Histórica del Conflicto, o el intento de imponer a figuras de estirpe anticomunista en espacios públicos como el Centro Nacional de Memoria Histórica, dedicados a construir explicaciones acerca del origen del movimiento armado en Colombia, o el cuestionamiento a la Comisión de la Verdad por el perfil de algunos de sus integrantes (caso Alfredo Molano). 

En ese marco de acción se inscribe, además, el interés de sectores de la derecha colombiana de cuestionar la representación de la masacre de las bananeras como suceso histórico, con argumentos que combinan componentes retóricos del clásico imaginario anticomunista con el más ramplón negacionismo del hecho mismo. Así quedó expresado cuando la congresista María Fernanda Cabal afirmó, semanas atrás, que la tal “masacre de las bananeras” en realidad no ocurrió, que era un “invento” del comunismo nacional e internacional para desprestigiar al Estado colombiano.

Si hace unos años se quiso posicionar un revisionismo historiográfico en torno a la masacre de las bananeras (que puso en duda la dimensión trágica del suceso), hoy se tiene una postura distinta que niega el hecho mismo (“no hubo tal suceso conocido como masacre de las bananeras”).

En lo que respecta a la justificación de la actuación de las tropas del Ejército en la noche de diciembre de 1928, se implementó la argucia de que el comunismo confabulaba contra la tranquilidad del país, y que lo que se escondía tras la huelga de los trabajadores era un plan insurreccional que traería al trópico los vientos fríos de la URSS. Se trata de una mentira necesaria para esconder lo que en realidad sucedió en Colombia: la postración del Estado y de las clases dirigentes ante el capital internacional, y, en particular, ante los intereses imperialistas de Estados Unidos. En esa estrategia, la retórica anticomunista propició, como continúa haciéndolo hoy, una justificación ideológica para contener las acciones de las fuerzas populares.

Deber de memoria

Una revisión de las distintas conmemoraciones de la masacre de las bananeras a lo largo de las décadas permite evidenciar que esos actos de recordación se han constituido en espacios políticos en que los sectores subalternos han invocado ideales de justicia, a la vez que han servido para redefinir o potenciar identidades de sí mismos y de sus enemigos políticos. En la conmemoración de la masacre siempre se ha conectado el “deber de memoria” con un “deber de justicia”, que, en palabras de Paul Ricoeur, puede explicarse así: “Debemos a los que nos precedieron una parte de lo que somos. El deber de memoria no se limita a guardar la huella material, escrituraria u otra, de los hechos pasados, sino que se cultiva el sentimiento de estar obligados respecto a estos otros de los que afirmaremos más tarde que ya no están pero que estuvieron”.

En lo que respecta a las identidades políticas, las conmemoraciones han permitido construir o redefinir visiones de sí y de los otros (de los dominados y los dominantes). Por ejemplo, los trabajadores pudieron reforzar sus concepciones en torno al papel del Estado y las élites (vistas en conjunto como “asesinas”, “represoras”, etc.) y fortalecieron sentimientos como el anticapitalismo y antimperialismo, que se tradujeron en posturas de rechazo a los TLC y a la presencia de multinacionales en el país. En sectores sociales ligados a la defensa de los derechos humanos, la conmemoración de la masacre permitió nutrir narrativas acerca de la responsabilidad del Estado en la persecución y desaparición de activistas y reivindicar políticas a favor de la defensa de la memoria colectiva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s