Espiral de formación: Sikuris del Quitasol

Por Jhon Mario Marín Dávila

Foto: Cortesía del Colectivo Jaripua Kay

El Colectivo Jaripua Kay comenta que, como mestizas/os en la urbanidad, enseñar las músicas comunitarias andinas tiene una gran responsabilidad. Esto les lleva a caminar despacio, mirando atrás y al frente, en un constante diálogo con sabedoras/es desde las oralidades, las experiencias o las navegaciones en los textos y la internet, para tener los cuidados minuciosos de no consumir las culturas sino de reavivarlas para que no queden en el olvido, e interpretarlas desde una esencia que teje cada territorio a partir de sus sentires y pensares.

Jaripua Kay le apuesta a la resistencia y re-existencia desde las músicas comunitarias andinas, con el siku (zampoña), instrumento de viento andino conformado por dos hileras de tubos de caña, y el sikureo o trenzado, que es la interpretación de melodías en parejas, unificando las sonoridades de varias personas. Estas sonoridades son memorias milenarias y prácticas o saberes que pueden variar de nombre, dependiendo de los territorios o las comunidades, en este caso de la cordillera andina, y cuyo propósito siempre es el de tejer comunidad.

Es así como tejen la espiral de formación: Sikuris del Quitasol, proceso autogestionado que se vivió entre los meses de mayo y agosto del 2024, en el municipio de Bello – Antioquia, donde participaron 14 personas (11 mujeres y 3 hombres) mágicas, curiosas y dispuestas a entretejerse con el Siku. Esta fue una iniciativa surgida del Colectivo Jaripua Kay, que, desde sus inicios en 2020, soñaba con materializar esta idea, pero por diferentes motivos no lo habían logrado. Si bien este tejido lo logran sus 4 integrantes actuales, Paula Andrea Lainez Soto, Camila Andrea Cardona, Jhon Fredy Pinta y Jhon Mario Marín Dávila, agradecen y reconocen a cada ser que aportó palabra, conocimientos y energía en momentos pasados, porque sus corazones estuvieron en la espiral de formación.

Jean Paul, participante de la espiral de formación, comenta que “en medio de las historias que contaban, uno comprendía mejor qué era el siku y el sikureo; por ejemplo, llegué pensando que solo era tocar el instrumento”. Jaripua Kay, más allá de la interpretación del siku, incentivó a sus participantes a buscar luces o esperanzas desde algunas sabidurías, donde pudieran pensar mundos distintos desde el retumbe del siku, con otras personas que son distintas, pero con unos pensamientos similares que encaminan la dignidad y el cuidado.

“En las clases siempre fue oportuno compartir la palabra desde el momento de llegada; cada vez aprendía más cosas nuevas. Lo importante para mí fue comprender el proceso en cinco partes: historia, teoría, práctica y compañerismo; bueno, y que no falte el compromiso», comenta Jean Paul. Entretejerse con el siku va más allá de un concepto o una categoría musical, estas son unas sonoridades que nacen y son inspiradas desde los corazones y ritmos de vidas de quienes interpretan el siku y que en las sikureadas los llevaba a mirarse a los ojos, escucharse, cuidarse, sentir un solo corazón cuando palpitan varios a la vez, aprender y desaprender con la otra/o desde sus diversidades. Volver a las tradiciones comunitarias de las abuelas/os, de la comida colectiva y no individualizada, dejarse guiar desde el respeto con algunas plantas de poder, desconectarse de distracciones y conectarse en el ritual, caminar la palabra corazonada, el compartir y el sentir de la otra/o que está a su lado sin necesidad de competir, sino sosteniéndose entre todas/os.

Esta espiral de formación les permitió ver cómo las personas se volvían un ser con su siku, logrando aprender sobre sí mismas/os y sobre las/los otros, mientras iban reflexionando sobre las sabidurías que traen las cañas y miraban lo asombroso de estos conocimientos milenarios que perduran en el tiempo. Así se pudieron permitir una sincronía mágica, que les llevó a reflexionar sobre la urgencia de seguir re-existiendo desde la colectividad, otredad, reciprocidad, cuidado, el trueque, la gratitud y la renuncia a la competencia.

La espiral tuvo 14 encuentros, donde se enseñó historia de los andes y del siku, formas de interpretaciones, embocaduras, respiraciones del instrumento, tipos de sikus, vínculo con el siku, tejido colectivo en la sikureada, danzas andinas, ritmos y percusiones andinas, semillas de Abya Yala (sabidurías de los pueblos originarios); espacios atravesados por el juego colectivo, exploración del siku, el ritual, la palabra y el cuidado. “Desde la llegada hasta la despedida siempre se sintió el calor de las personas. La espiral daba vida. Es como si se juntasen muchas luciérnagas e hicieran un espectáculo visual: energía provocando luz, luz provocando calor, calor provocado por la juntanza y así se repite el ciclo”, manifiesta Jean Paul.

Tejer en espiral para el Jaripua kay y las/los participantes de la espiral de formación fue una gran enseñanza sobre la importancia de tener unos propósitos. Estos propósitos, aunque se planteen en un caminar en el momento, pueden ir mostrando otros caminos, sin olvidarse el rumbo inicial, generando destiempos, compresión del cuerpo individual y colectivo, la diversión, la paciencia para el aprendizaje, la comunicación tierna; verse como comunidad para desvanecer el individualismo por unos instantes. Y también supieron que el aprendizaje no es unilateral, sino que parte de la experiencia y el dejar fluir otras propuestas que traen quienes habitan el espacio, acompañado por el ritual para que no pierda su hilo conductor.

Este fue un espacio de aprendizaje que recargó la energía vital, social y creativa, pues por más cansados que estuvieran quienes habitaban la espiral, por sus jornadas laborales, de estudios u oficios, la colectividad llenaba de fuerzas, asistían al espacio y salían renovados de energía. “Es gratificante crear lazos de afinidad y no diré que somos idénticos, al contrario, lo que hay es pluralidades. Pero de eso se trata, estamos en nuestros rumbos y sabemos que nos seguiremos encontrando, saludando, conociéndonos, así se crea la espiral y se mantiene unida”, dice Jean Paul. La espiral de formación: Sikuris del Quitasol cerró con un espacio musical simbólico en la Choza Marco Fidel Suárez, lugar de resistencia de las juventudes y comunidades de Bello, en el marco del Jueves al Truke y del 5 de septiembre, día internacional de las mujeres indígenas. En este espacio estuvieron acompañadas/os por grupos de música comunitaria andina del Valle de Aburrá, como las agrupaciones Jaripua Iuma, Warmis Sikuris y Tropa Sikuris Aburrá, finalizando el espacio con una interpretación de cada agrupación, para luego unificarse en obras comunes entre todos los grupos y sikuris del Aburrá presentes, consagrando a las/os nuevos Sikuris del Quitasol y a la fuerza del sikureo en el municipio de Bello y su Cerro Quitasol.

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