La ciudad de la distopía ya está acá

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Foto: tomada de avidabloga.com

Por alguna razón, las películas de Hollywood, muchas de ellas basadas en libros o guiones de escritores que ganan la fama con algún “Best-seller”, nos pintan un futuro donde el mundo ha caído en una especie de distopia, donde la decadencia del mundo que conocemos no puede ser más profunda. Generalmente el escenario de este mundo decadente y feroz es alguna ciudad de rascacielos infinitos, poca luz y un juego donde las personas que sobran quedan relegadas o simplemente destinadas a desaparecer. Aunque uno creería que este tipo de imágenes pertenecerían a un futuro lejano, por lo menos para el mundo occidental avanzado, existen lugares donde todos estos vectores postapocalípticos se solapan de una manera casi irreal. Este es el caso de Hong Kong, una ciudad que visité con la esperanza de aprender los secretos del Oriente Lejano, sin embargo, terminé encontrando las crudas distopías del capitalismo de libre mercado en tiempo presente.

Por Juan Suárez

Hong Kong ha estado en los titulares de las últimas semanas por las crecientes protestas frente a la incrementada influencia que la República Popular de China viene ejerciendo en su sistema político. Esto toma relevancia sobre todo porque Hong Kong, hasta el año 1997, fue un enclave del capitalismo liberal más avanzado en el corazón de China, situación que se había originado en el control colonial que Gran Bretaña había logrado de Hong Kong en las guerras del opio a mitad del siglo XIX, y que obligó a China a ceder Hong Kong y Macao como dos enclaves europeos que debían ser devueltos, de acuerdo con un tratado de 1898 que garantizaba la soberanía europea durante 99 años. 

El plazo se cumplió en el año 1997 y China exigió la devolución de ambos territorios, garantizando un periodo de transición de 50 años, bautizado con el lema “Un país, dos sistemas”. Así se preservó un cierto grado de autonomía de la ciudad frente a la influencia de la China Continental, manteniéndola como el paraíso de las finanzas y el capitalismo al estilo occidental.

Cuando hablas con los hongkoneses, estos se sienten profundamente orgullosos de su pasado diferencial frente a China, sobre todo porque la idea de que Occidente representa la libertad y el régimen Chino la opresión, sirve para justificar el creciente malestar frente a la influencia china, que sigue siendo vista como una potencia extranjera que viene a eliminar su lengua y su cultura. Esta ciudad se ofrece como un puente entre dos formas de entender el mundo, uno simbolizado por China y su capitalismo ascendente, y el otro por el viejo liberalismo occidental, que se diferencia del primero por la retórica sobre las libertades y el individuo, obviamente si éste puede financiarse tales valores.

Esta pequeña “ciudad Estado” es un conjunto de islas que han ido creciendo hacia el cielo, siendo la ciudad con mayor densidad poblacional del mundo, y donde se han hecho comunes los apartamentos de 4 metros cuadrados en forma de jaula. Son secciones enteras de viejos edificios del centro de la ciudad, donde las personas que trabajan en un empleo formal no obtienen ni siquiera los ingresos suficientes para arrendar un apartamento con un baño y una cocina, o por lo menos con paredes en las cuales refugiarse. Todo esto pasa mientras la ciudad es sobrevolada continuamente por los helicópteros que transportan a los millonarios para evitar las oscurecidas calles por culpa de los rascacielos.

Hong Kong es una ciudad donde el clásico libre mercado se ha juntado con el mundo financiero, haciendo de esta la ciudad con el metro cuadrado más costoso del mundo. Tal es el punto de valorización de la propiedad, que un espacio de parqueo para un carro puede valer un millón de dólares, ya ni qué decir de un apartamento con los mínimos espacios vitales para una persona vivir dignamente. Pagar un lugar para vivir puede llevarse el 90% de los ingresos de un profesional medio que no esté en el mundo de las finanzas, ni qué decir de aquellos que están en el mundo de los servicios, para quienes las jaulas apartamento son la única opción. Para aquellos que no alcanzan a ocupar una de las pequeñas jaulas habitables, la última opción de habitación es convertirse en ciudadanos del MacDonalds, aquella cadena de comida rápida que en el mundo domina el mercado de las hamburguesas y en caso de Hong Kong también es hogar para las personas en situación de calle, que han sido expulsados definitivamente de esta metrópolis financiera. Hong Kong simboliza el último desarrollo de la utopía mercantil, donde finanzas, especulación y dolor humano se mezclan en una competición comercial cada vez más destructiva para cualquier esperanza de un futuro mínimamente habitable.

Este capitalismo omnipresente, que todo lo transa y lo regula, está basado en el trabajo barato y migrante. Esto se hace evidente en Hong Kong los domingos, cuando miles de trabajadoras domésticas se reúnen en el centro de la ciudad y ocupan los pasadizos que comunican a los diferentes rascacielos de la ciudad. Mujeres filipinas e indonesias en su mayoría se reúnen para compartir el único espacio de socialización que tienen durante la semana, que además de las labores de limpieza las dedican a cuidar de los hijos de aquellos ejecutivos financieros para los que están reservados los privilegios de habitar la ciudad. Migración, trabajo precario y femenino, millonarios y omnipresencia de las finanzas: así se cierra la cuadratura del círculo de lo que llamaríamos una distopía presente, donde no hay que recurrir a las películas de Hollywood para vivir un colapso civilizatorio, en donde el problema ya no es cambiar la vida, que era la utopía máxima, sino sobrevivir. La distopía es aquí y ahora, pues como dice el crítico cultural Fredric Jameson, se ha hecho más fácil “imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

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