El cuidado en Sur de Bolívar: una ecología popular y comunitaria

Fotos: Juan Diego Suárez

Juan D. Suárez Gómez

Siempre que se habla de ecología los grandes medios nos han llevado a imaginar la defensa de los ecosistemas como formas de hacer y pensar que pertenecen a los más educados, a aquellos que han logrado una conciencia de que la sostenibilidad del mundo es posible solo a partir del estudio y la educación formal. De allí que los únicos que puedan hablar de ecología en los medios sean los científicos, aquellos que tiene un peso en su palabra para hablarle al Estado y a los gremios extractivistas. Sin embargo, cuando vamos a los territorios y confrontamos esta realidad con las prácticas comunitarias, comprobamos que la ecología tiene ante todo un carácter popular y comunitario, de esas comunidades que con creatividad y sentido de pertenencia resisten frente a los señores del capital.

Este ecologismo popular nos invita a vivir de otra forma, disminuyendo los ritmos y centrándonos en lo realmente urgente. Así es como se puede evitar que sigamos viviendo en este capitalismo del desastre permanente, como nos hemos acostumbrado en las grandes ciudades con la llamada crisis ambiental. Las experiencias campesinas y comunitarias del Sur de Bolívar contraponen a esta idea de desastre algo que es mucho más poderoso: el cuidado. Las ciénagas, las fuentes de agua de la serranía de San Lucas, los humedales que se han ido recuperando de la palma africana, todos se convierten en un escenario de cuidado, prácticas que terminan afianzando la cooperación y la confianza.

Una de las épocas más oscuras que vivió la región fue la llegada de los paramilitares del Bloque Central Bolívar, al mando de un comandante que se autodenominaba Julián Bolívar. Desde su llegada, cualquier actividad que no diera los rendimientos para pagar la vacuna era sospechosa, fuera porque no se alineaba con quien mandaba o, en caso contrario, porque simplemente estorbaban para aquellos que sí se sometieran de plano a esta autoridad.

Esto fue lo que le pasó a Ricardo, un líder del municipio de Simití que tenía como actividad productiva la fabricación de ladrillos artesanales. El simple hecho de negarse públicamente a pagar la vacuna fue motivo para que dicho comandante lo citara y posteriormente lo declarara objetivo militar. Su actividad de la fabricación de ladrillos tuvo que interrumpirla para irse a la ciudad de Bucaramanga a trabajar como obrero de la construcción. Dice Ricardo: “Un saber que me había tomado décadas en construir, con mis hornos y todo, quedó en nada porque no servía al supuesto progreso que traían ellos”. Luego de la desmovilización de los paramilitares, Ricardo pudo volver, y hoy, año 2020, poco a poco ha logrado reconstruir su taller artesanal. Estas son las producciones locales que nos pueden salvar del desastre.

Pero esos son problemas menores frente a la intervención de la industria de palma africana que se tomó la región desde la década del 2000. Fue la época en que se iniciaban los diálogos de paz con el ELN, durante el gobierno de Pastrana, conversaciones que se iban a llevar a cabo a la par que se adelantaban las conversaciones del Caguán con las FARC; desde entonces, la presencia en la región de palma africana, cuyo gremio se opuso radicalmente a dichos diálogos, ha aumentado sustancialmente. Algunos pequeños propietarios han intentado producir palma africana; sin embargo, este cultivo necesita de largos periodos de tiempo y muchas inversiones para poder ser rentable, algo que solo pueden hacer los grandes capitalistas que llegaron en la década de dominio de los paramilitares.

Otra de las producciones más afectadas ha sido la pesca, actividad vital de una región rodeada de ciénagas históricamente muy productivas. Por ejemplo, la pesca artesanal en la ciénaga de Simití, Bolívar, se ha visto afectada por la introducción de métodos que afectan gravemente la futura reproducción de los peces. Sistemas como el “paleteo” o el “trasmayo” son similares a redes de arrastre que van cercando los peces por días mientras los pescadores vienen a recogerlos. Estos métodos junto a la hechura de redes más ajustadas que atrapan los peces pequeños o aún en crecimiento ha afectado enormemente la productividad del pescador tradicional. Esta diferencia en la forma de pescar ha generado discusiones y conflictos entre los mismos pescadores artesanales, mostrando que el cuidado es una de las preocupaciones que ha venido ganando terreno por encima de las ganancias inmediatas. Frente a esta creciente influencia económica, social y política de la palmicultura nacieron a la par iniciativas como “Paz Verde”, que son campesinos, mineros y pescadores de San Pablo, Puerto Wilches, Simití y Morales que han decidido utilizar su conocimiento de los quehaceres tradicionales de la producción y volverlos una apuesta colectiva.

Paz Verde es una fundación que lleva 20 años funcionando, un espacio que ha aprendido de los errores y aciertos en la relación con la comunidad. Inclusive los docentes del SENA que han visitado la región han aprendido, a pesar de la teoría que ellos traen como docentes. Se ha aprendido, por ejemplo, a realizar las jaulas flotantes para empezar a trabajar la piscicultura en las ciénagas. Esto es una lógica que contrarresta lo que había venido pasando en las últimas décadas: que la minería ilegal había venido afectando a los diversos complejos cenagosos, entre ellos la ciénaga de Simití. Este tipo de saberes, como dice Yiovanny, el presidente de Paz Verde, “se vuelven importantes para sobrevivir con un mínimo de dignidad, sobre todo porque lo que hemos vivido nos ha llevado a un individualismo”. Esto sirve para constatar que lo colectivo no se convierte en algo necesariamente emancipador, pero puede contribuir a ello más fácilmente que el individualismo.

Este tipo de experiencias, además de una respuesta a la crisis ambiental permanente, evidencian una creatividad popular que supera las viejas formas de hacer las cosas. Además, se convierten en un ejemplo para repensar la escala en que actualmente operamos, sobre todo en contextos como el del COVID-19, donde ahora más que nunca aplica el dicho de “pensar globalmente y actuar localmente”. La emergencia debe servir como punta de lanza para que las nuevas formas de hacer, sentir y cuidar ayuden a crear otro sistema que tribute a la vida y a los pueblos.

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