Por José Agudelo

Este es el título de una miniserie basada en hechos reales, creada por David Simon y George Pelecanos. La serie ahonda en quienes fundaron y conformaron la Fuerza Operativa de Rastreo de Armas en el departamento de policía de Baltimore, Maryland. Creada con la excusa de contrarrestar el tráfico de armas en una de las ciudades más violentas de los Estados Unidos, los integrantes de esta unidad de policía se dedicaban desde antes de su conformación a la extorsión racializada de personas afroamericanas, a encarcelamientos injustos de tal población con la implantación de pruebas falsas en redadas ilegales, y al narcotráfico.
La conformación legal de esa Unidad especial se posibilitó por una Policía hiperburocratizada que solo existe para mostrar cifras, sean reales o no, y un aparato político partidista que cumple favores a miembros de instituciones, públicas o privadas, para asegurar los cargos políticos y la desintegración del erario público. El título de la serie se debe comprender junto con una de las líneas del guion, donde un policía veterano que instruye a cadetes confiesa que la guerra contra las drogas está perdida, ya que toda la institucionalidad está permeada de corrupción y hace de tal guerra una excusa para el enriquecimiento ilícito de todos los que deberían velar por la seguridad de la ciudad.
Efectivamente, la serie evidencia cómo la Unidad especial más eficiente de la Policía no era más que una pandilla legalizada que sembraba terror en los sectores marginales y se escudaba en falsas cifras de incautación de armas. La ciudad es de aquellos que tienen licencia de imponerse, con el uso de una fuerza permitida por una política corrupta.
En otras series de David Simon se evidencia la corrupción de la institucionalidad y su relación estrecha con el crimen más deshumanizante posible, en distintos contextos de Estados Unidos. En la serie más famosa de Simon, The Wire, vemos en sus cinco temporadas cómo la Policía, los sindicatos, los concejales, las escuelas y la prensa se encuentran constantemente determinados por la mafia y la corrupción política, otra vez en Baltimore. En otra serie Treme, se ve cómo la corrupción política y la negligencia estatal frente a los daños ocasionados por el huracán Katrina afectan la cotidianidad de los barrios obreros de Nueva Orleans.
En The Deuce, en la Nueva York de los ´70, se ve cómo la persecución policial y la intervención de la mafia en la naciente industria del porno lleva a los protagonistas a situaciones dolorosas. Al final de las series de David Simon, se muestra la impotencia de los personajes ya que las promesas de justicia y libertad de un sistema se ven constantemente frustradas por la ineptitud voluntaria de las instituciones de cumplir con su deber. La ciudad, figura del progreso, se revela como el lugar donde los ciudadanos ven ofuscados sus sueños y su bienestar, el lugar que habitan es un lugar hostil contra ellos mismos.
Las series de Simon muestran un Estados Unidos más cercano a la realidad latinoamericana de lo que se puede ver en otras producciones mediáticas. Si bien podemos sentir en nuestro contexto que la institucionalidad falla una y otra vez contra sus ciudadanos, esto se puede notar directamente en un análisis detallado de las poblaciones marginales y obreras. Pero este énfasis exclusivo en cómo la institucionalidad afecta a las poblaciones precarizadas no debe distanciarnos de las dimensiones más amplias del problema. Pensemos en Medellín. Hay barrios históricamente marginalizados por los contextos de violencia que acontecieron en la expansión urbana, en el auge del narcotráfico y en el ámbito urbano del conflicto armado. Si bien vemos cómo de una manera museográfica y espectacular hay progreso y resiliencia en sus poblaciones, el crimen y la violencia solo han adquirido un traje que no afecta al marketing turístico.
La gentrificación de la ciudad permite que las redes de trata de personas y de narcotráfico operen de una manera “civilizada” ante los turistas que llegan frecuentemente a la ciudad. A su vez, la mafia y la Policía muestran una actitud permisiva y hasta defensiva con varios turistas del norte global que vienen a abusar de niños, niñas y adolescentes. Las luces cálidas de restaurantes artesanales, los servicios personalizados en inglés para extranjeros y el emprendimiento inmobiliario con plataformas como AirBnB ocultan la expansión de los mercados ilegales de toda la vida.
La especulación inmobiliaria y el alza de precios en bienes y servicios, que hacen que poco a poco se viva una dolarización de facto, afecta a los residentes de varios barrios por el aumento de los costos de vida. La institucionalidad solo está enfocada en mostrar en las revistas extranjeras de turismo cifras que hagan de la ciudad el sitio más cool para invertir y vivir, mientras los problemas de desigualdad se agravan. Con esto se ve que la ciudad no es de sus habitantes, sino de quienes logran acrecentar el contexto de violencia y desigualdad estructural, aunque se vistan de emprendedores de la era digital.
Lo dicho hasta ahora pareciera enfocarse o en situaciones de corrupción o en la visibilidad reciente de la gentrificación. Pero hay problemas de larga data que muestran una y otra vez cómo la ciudad es constantemente expropiada a sus habitantes. La primera es la construcción. Beneficiándose de la especulación inmobiliaria, las constructoras no hacen más que construir un montón de edificios de apartamentos con un precio de venta absurdo por escasos 30 o 40 m2. El patrimonio cultural y el espacio público desaparecen con proyectos de construcción, de malls o megacomplejos, que imposibilitan el acceso o la libre circulación por las calles.
Junto con el aumento desenfrenado de automóviles, es casi que una imposición adquirir un automotor para la circulación por la ciudad, ya que el peatón ve constantemente cómo los conductores, obnubilados por el lujo, no respetan las vías y su señalización. Este aumento de vehículos también afecta a los conductores, con el aumento de trancones. La falta de planificación e intervención de la institucionalidad respecto a la infraestructura hace imposible el acceso a la vivienda y la libre circulación y disfrute de los ciudadanos. Una vez más, la ciudad no es nuestra.
