La literatura que desenterró la masacre de las bananeras

Por Carolina Zea Fernández.

Para el historiador Nicolás Pernett, la masacre de las bananeras
de 1928 quedaría profundamente ligado a su representación literaria , particularmente en «Cien años de soledad» De Gabriel García Márquez

Hace ya casi un siglo ocurrió la masacre de las bananeras en Ciénaga, Magdalena. En la madrugada del 6 de diciembre de 1928, los obreros y campesinos que trabajan en las plantaciones de la empresa estadounidense United Fruit Company fueron masacrados tras iniciar una huelga en la que exigían mejores condiciones laborales. Nunca se tuvo la cifra exacta de cuántos murieron o resultaron heridos, y ante los vacíos y mentiras que impusieron los relatos oficiales, surgieron, desde otros puntos de enunciación, nuevas posibilidades que pudieran hablar de la tragedia.

El hecho de que un acontecimiento no esté registrado en los anales de la historia, no significa que no haya ocurrido. Durante treinta años la masacre de las bananeras estuvo en el olvido nacional. Solo pervivió en la memoria del Caribe, de aquellos que padecieron el hecho y sus consecuencias, o tuvieron que crecer escuchando las muchas versiones de lo que había pasado. La publicación de Cien años de soledad, en 1967, donde la masacre es narrada por Gabriel García Márquez, desató un interés renovado por desentrañar lo que había estado oculto.

La novela fue tan importante que, según el historiador Nicolás Pernett, “a partir de ese momento el recuerdo de la huelga y masacre de las bananeras de 1928 quedaría profundamente ligado a su representación literaria y a Cien años de soledad en particular”. El relato, a pesar de entremezclarse con el universo ficticio propio de la novela, “logró preservar y transmitir la memoria sobre el episodio real de la huelga y la masacre bananera a la conciencia histórica colombiana”, concluye.

En su artículo Recuerdo y escritura. A propósito de la masacre de las bananeras en García Márquez, el investigador Mario Bernardo Figueroa respalda el proceso de memoria que se puede encontrar en la literatura, especialmente en este libro, ya que cuando la historia intentó enterrar los nombres y los números, la novela removió la tierra petrificada en el tiempo y muchos estudiosos partieron de ella para justificar o descartar hipótesis en sus investigaciones académicas.

Sin embargo, algunos debates han puesto el foco sobre el tema de la verdad en la memoria, exigiendo que esta sea, de manera acérrima, fiel al relato objetivo de los hechos que acontecieron. De ahí que la ficción, así sea histórica, no tenga validez como referencia de la realidad. En este sentido, la creación literaria queda relegada como un mero producto de la imaginación.

La pregunta que nos queda, entonces, es: ¿qué lugar ocupan estos relatos en la construcción de una memoria colectiva? ¿Tienen validez o no? ¿O desde qué punto son complementarios y no opuestos a la historiografía?

En Tras las claves de Melquíades: historia de Cien años de soledad, Eligio García cuenta que el nobel realizó una ardua investigación que incluyó revisión de prensa, entrevistas a sobrevivientes y familiares, viajes por la región y lectura de otros textos literarios alusivos a la masacre. Incluso, García Márquez no fue el primero en usar la cifra que rondaba las tres mil víctimas. La novela del caribeño Efraín Tovar, Zig-zag en las bananeras, publicada tan solo tres años antes, ya mencionaba dicho número.

Más allá de la discusión por la cantidad de muertos, de la pretensión de verdad, lo que ha hecho la literatura referida a la masacre no es alimentar el relato oficial con datos, sino dar testimonio de los resquicios de la devastación. La ficción y el arte permiten señalar, pero su fin último no es la explicación. Nacen desde esa misma impotencia. Nunca se tendrá el relato completo, porque no se puede obtener la verdad total, aunque se tengan las mejores intenciones; pero sí se puede potenciar la empatía, la reflexión, el cuestionamiento, la reivindicación, y eso promueve los procesos de memoria.

La historiografía, como rama positivista del conocimiento, parece deshumanizar los hechos: no se preocupa por las emociones, la confusión, la soledad, el desarraigo, el dolor, el grito. Estos no son datos reales sobre un hecho, pero sí son la realidad del ser humano comprendido desde el gran sentido de la palabra. La potencia comunicativa que hay en la literatura potencia también la reflexión sobre los hechos. Dice Pernett que lo ideal sería “realizar una lectura menos dogmática de esta novela, que permita extraer de ella elementos que enriquezcan, en lugar de condicionar, la interpretación y comprensión de nuestra historia”.

El mismo Mario Vargas Llosa, en su libro García Márquez: Historia de un deicidio, afirma que “desde el punto de vista de las fuentes de un escritor, importa poco determinar la exactitud de estas anécdotas, la dosis de verdad y de mentira que contienen. Más importante que saber cómo ocurrieron esos hechos del pasado local, es averiguar cómo sobrevivieron en la memoria colectiva y cómo los recibió y creyó o reinventó el escritor”.

En la novela, después de ocurrida la masacre, cuando José Arcadio Segundo regresa a Macondo, se encuentra con una mujer en el camino a la que le murmura: “Debían ser como tres mil (…) Los muertos (…) Debían ser todos los que estaban en la estación”. A lo que la mujer le responde: “Aquí no ha habido muertos”. Tres veces más en su recorrido le dijeron: “No hubo muertos”. En la plazoleta de la estación tampoco vio ningún rastro de la masacre. Esto, claramente, no está muy alejado de la realidad, de la manera en la que se asumió el hecho.

Un relato como el de García Márquez no busca dar una explicación ni mucho menos dar cuenta de la exactitud de los hechos, pero en su obra hay un valor que puede incluso sobrepasar la barrera de la objetividad: el estético, aquel que permite que el lector se conmueva hasta el punto de decirse a sí mismo “esto no se puede repetir”, se cuestione, lo traiga nuevamente al presente; reelaborar el pasado no es solamente rememorar un hecho, sino ponerlo en constante discusión.

La literatura se convierte, entonces, no en un testimonio directo de la historia, pero sí en un testimonio sobre el olvido. Como dijo el propio Gabriel García Márquez cuando reseñó La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio: “Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una espléndida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, la que quedó para siempre más allá de la moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres”. Casi como si hablara de sí mismo.

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