La Cuarentena estricta y el miedo a la policía

Ilustración de Drape

Por Rubén Darío Zapata

No eran todavía las siete de la mañana. Un grupo de aproximadamente diez personas, la mayoría jóvenes y algunos niños, subían por la carretera en dirección a Carisma, ocupando todo el ancho de la calle, sin temor a los carros; sabían que aquella carretera era muy poco transitada por los carros los fines de semana, y mucho más tan temprano. Lo que no se explicaba muy bien es que anduvieran tan confiados a lo ancho de la calle, sin guardar distancia social alguna, muchos de ellos incluso sin tapabocas, y sin temor a la Policía que solía patrullar por allí.

Evidentemente iban de paseo, se les veía en el atuendo, en la disposición y en las conversaciones en las que expresaban las expectativas de llegar hasta la torre que se vislumbra ya lejana desde Carisma. El día radiante, con un sol madrugador y un viento fresco de verano, invitaba precisamente a este paseo de campo, más en un puente festivo. Pero estábamos en confinamiento estricto declarado por el alcalde de Medellín ante el incremento de casos de Covid y la indisciplina social que, según él, explicaba dicho aumento inusitado. Era inevitable la rabia al ver el espectáculo; uno sentía las ganas de abordar a la comitiva y pedirle que reconsiderara su actitud y regresara a la casa a cuidarse y cuidar de sus seres queridos. Pero la respuesta, por supuesto, era también previsible. Por eso opté por llamar a mi perro que se había pegado a la cola de una perra en calor, y pasar rápido por el lado del grupo para evitar lo más posible su cercanía.

De regreso a la casa no pude evitar invocar la presencia de la Policía. Ojalá subiera la moto o la patrulla y pillara in fraganti a los irresponsables. Pero la Policía no apareció.

Atravesé el parque Ana Díaz y aterricé en la carretera a la altura de la calle 34e. En toda la esquina, al lado de la tienda, había un par de jóvenes conversando despreocupadamente, cada uno con la cerveza en la mano. Estaban sentados tranquilamente en una de las mesas que cotidianamente estaban allí para el servicio de los clientes, con lo que era obvio que el programa iba para largo. Bajé por la carrera 88 hasta la esquina de la 34d, a la entrada del parquecito infantil. A la orilla de la carretera, recostada al parque, hay una banquita de madera donde los vecinos suelen sentarse a pasar el tiempo y conversar. Esta vez estaba ocupada por una pareja joven que parecía haber estado de juerga toda la noche. El muchacho tenía el pantalón sucio y estaba sin camisa, y ella recostaba la cabeza en sus muslos; hablaban durísimo y como en letra pegada, y de tanto en tanto soltaban sonoras carcajadas que contrastaban con el silencio de la cuadra. En las manos sostenían temblorosa la cerveza que, seguramente, habían comprado en la tienda que tenían al frente: la reja estaba cerrada, pero la puerta metálica permanecía levemente levantada.

Doblé a la izquierda por la 34d y subí hasta mi casa, que estaba a media cuadra. Entonces divisé la moto de la Policía que bajaba y estaba a punto de voltear por la 89. Hice fuerza para que notaran la presencia de los jóvenes y cambiaran su rumbo, y al parecer la intensidad con la que los miraba surtió efecto. Pasaron por mi lado y avanzaron hacia la esquina. Yo los miré con cierta satisfacción, pensando que si por lo menos le llamaban la atención a la pareja de las bancas sería como un mensaje para el resto de la gente. Pero los policías voltearon por la 88, le echaron una mirada indiferente a los jóvenes, que ni siquiera disimularon escondiendo la cerveza, y siguieron su camino mecánicamente. Tres horas después todavía podía ver desde el balcón de mi casa, a los jóvenes en su aquelarre, adueñados de la banca y de la esquina.

…..

Me despertaron los alaridos de Ana Gabriel en su versión más salvaje, pero hundidos en el berrido multiforme de un grupo de mujeres borrachas que seguían la canción. Miré el móvil y comprobé que eran las dos de la mañana, y me invadió una rabia incontenible. Después vinieron los alaridos de Yuri, Amanda Miguel, Juan Gabriel, Leonardo Fabio y muchos más, todos en un amplificador de miedo y con el acompañamiento inmisericorde de los berridos.

Me levanté y miré por la ventana para verificar de dónde venía la algarabía: eran los vecinos de al lado, quienes durante toda esta cuarentena no han parado la rumba, como si estuvieran de vacaciones en una isla privada. Ya había hablado una vez con el patriarca de familia, un octogenario que juraba que en su casa no se hacía bulla, que él no sentía nada y dormía tranquilo todas las noches. Cuando insistí se molestó tanto que hasta me ofreció machete; así que ni pensar en ir a quejarme directamente por la bulla.

Entonces tomé el teléfono y marqué al 123 a ver si la Policía se apersonaba del problema. En esas estuve casi una hora, sin pasar de la respuesta mecánica de la grabación. Entonces me resigné a pasar en vela el resto de la noche, en medio de tremendo bullicio.

Me asomé por la ventana para ver si sucedía algo. Y, efectivamente, algunos habían salido a la calle y ya no gritaban, pero adentro la fiesta seguía igual. Afuera una joven se quejaba, con sus manos apretadas alrededor del estómago; sus compañeros la recostaron arqueada sobre un sillín de una moto, empezaron a hacerle masajes alrededor del estómago, le dieron a beber algo y le echaron otro tanto en la cara. Ella pegó un grito y se incorporó escandalosamente, buscando vengarse, a golpes y patadas, de sus compañeros.

En esas apareció una moto de la policía con dos patrulleros encima. Los jóvenes no se inmutaron, pero yo sentí una leve esperanza. Estábamos en el segundo fin de semana de cuarentena estricta declarada por el alcalde, quien incluso la decretó después de una confrontación directa con el gobernador de Antioquia, aduciendo que había que fortalecer los controles. Pero, de nuevo, los policías siguieron imperturbables su camino, sin reparar en el tumulto que había en la acera, ni en el volumen de la fiesta ni en la cantidad de gente enrumbada en el interior de la casa, cuando eran más de las tres de la mañana.

Me salvó el aguacero que se soltó al poco rato y ahogó con su música sobre el techo el ruido insoportable que armaban los borrachos con su alboroto. Pero cuando al fin amainó la lluvia, se levantó con su furia renovada el jolgorio de los vecinos. Ya estaba amaneciendo.

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