Leopoldo II, el genocida belga que la historia oficial aún no condena

Por Álvaro Lopera

Nativos muestran extremidades cortadas a otros nativos.
Fuente: Alice Seeley Harris, 1904.

El 30 de junio escuchamos decir, de dientes para afuera, al ahora rey de Bélgica, Felipe Leopoldo, sus “condolencias por los hechos violentos ocurridos durante la época colonial del país africano”. Pero a la vez lo vimos callar en lo que respecta a la potencialidad de resarcir los innumerables daños materiales y morales que Leopoldo II y la posterior explotación y opresión del Estado belga le infligieron a la desprotegida población de la república del Congo.

Leopoldo II, rey de Bélgica, no ha tenido un juicio histórico justo; desde la literatura, empezando con Joseph Conrad y su libro “El corazón de las tinieblas”, se ha intentado hacer acercamientos. Mark Twain, gran escritor norteamericano del siglo XIX, también hizo grandes denuncias sin dejar rastro de ellas en sus libros. En cambio, el escocés Arthur Conan Doyle, en su opúsculo ‘Crimen en el Congo’, encendió las alarmas a comienzos del anterior siglo.

La historia no oficial

El 30 de junio de 1960, la actual República Democrática del Congo fue liberada de las cadenas opresoras del colonialismo belga. Llegaría al gobierno un hombre excepcional: Patricio Lumumba. Uno de sus primeros actos de gobierno fue desconocer la deuda externa adquirida por la potencia colonial- Además, reconoció las marcas terribles en la sociedad congoleña que ese fiero imperio capitalista había dejado como herencia desde el momento mismo en que las potencias coloniales europeas, en 1885, le habían permitido a Leopoldo II tomarse la atribución de ser el tutor de la naciente república del Congo, denominada para entonces Estado Libre del Congo. Tres meses después sería asesinado, con la participación de Bélgica.

Para vender su imagen de filántropo, Leopoldo II en todas las reuniones de salón y de las sociedades científicas geográficas lanzaba el incienso del libre comercio, de la lucha contra la esclavitud que los árabes habían impuesto, de la expansión de la sacrosanta cultura occidental, de la educación y mil etcéteras que escondían su infame deseo: apropiarse a título personal de un país como si de una finca se tratara.

Sus ambiciones, apañadas por la sociedad belga y europea de entonces, fueron llevadas a efecto desde 1885 hasta 1909, sin que nadie se explicara qué era lo que realmente sucedía en ese Congo belga de 2.34 millones de kilómetros cuadrados –el doble de la extensión de Colombia-. Desde allí se exportaban a Europa miles de toneladas de caucho, marfil, madera, y solo recibía militares, armas y baratijas.

“¡Ah! ¡El horror!, ¡El horror!”, clamaba Kurtz en su agonía, un mandamás de la compañía imperial en la novela de Conrad, cuando en el paisaje narrado por el protagonista de su novela, Marlow, nos hacía ver decenas de calaveras de nativos cortadas al pie de su cabaña. Kurtz es la representación de un personaje de la vida real del siglo XIX, el capitán León Rom, al servicio del monopolio del monarca, quien para llevar a efecto su deseo de explotar hasta la saciedad los bienes comunes de la naciente república, violaba todos los derechos humanos de la población negra.

Leopoldo II, fiel representante de ese capitalismo que “nació chorreando sangre por todos los poros”, de acuerdo csegún Marx, había asegurado que impulsaría el libre comercio y que permitiría la competencia de otros capitalistas. Promesas vacuas que apuntaban a la explotación monopólica y extrema en tanto el desarrollo de las fuerzas productivas era casi inexistente.

Paisaje de la infamia

Como si la risa pudiera caber en la tragedia, Leopoldo II logró que lo nombraran presidente honorario de la Sociedad para la Protección de los Aborígenes y anfitrión de la Conferencia Antiesclavista de 1889. Antes había fundado la Asociación Internacional Africana, en 1876, “para liberar a los pueblos oprimidos del África Central”. El genocida se preparó a fondo para ejecutar, con todo el boato de un santo varón y de la mano de la Iglesia Católica, los grandes crímenes de lesa humanidad que aún no han sido reconocidos por Bélgica, país epicentro de la Unión Europea.

Con gran minuciosidad, Leopoldo II armó su ejército privado (La Force Publique) de 15.000 hombres, previa neutralización de los líderes locales africanos con acuerdos que en últimas cedieron soberanía y entregaron mano de obra esclava a cambio de espejismos. Para ello armó la milicia hausa –población ubicada entre Níger y Nigeria- y además importó mercenarios europeos para dirigir la insania. Posteriormente cooptaría parte de la población nativa.

Estableció un régimen policial-militar en todo el país, donde el crimen consistía en no producir las cantidades de caucho que él le exigía a la población a través de sus variadas empresas unipersonales; y para ello recurrió al secuestro de mujeres, a la violación en masa, al golpe del chicotte -un enorme látigo que destripaba al sufriente-, a la masacre de poblaciones enteras y a la mutilación de miembros superiores e inferiores de millones de pobladores, niños entre ellos. Se afirma que la población congoleña asesinada fue de 10 millones de personas, crimen que supera el número de muertos de la primera guerra mundial.

No hay mal que dure cien años, pero…

A principios del siglo XX, el escándalo internacional era imparable gracias al incansable trabajo que hicieron los negros norteamericanos George Washington Williams y William Sheppard, además del irlandés Roger Casament y el belga Edmund Dene Morel. La naciente industria del automóvil, a pesar de estar muy agradecida con el genocida por el abundante caucho que les proporcionó, no podía detener la siniestra verdad que corría como el agua de una cascada en los salones de la Europa culta.

En 1909 moriría este criminal en la santa paz del Señor y pasaría a “mejor vida” la colonia, pero otra vez a manos del reino de Bélgica, es decir, del incendio a las brasas. Seguiría siendo administrada por el rey sucesor con un regente de la colonia. La población continuó sin el reconocimiento de sus derechos.

Después del asesinato de Lumumba, la República Democrática del Congo pasaría por grandes tormentas políticas, una de ellas, la impostura del dictador Mobuto Sese Seko, el cual se tomó el poder en 1965, renombrando al Congo con el pomposo nombre de Zaire; lo abandonaría en 1997, tras lo cual dejaría otro rastro de millones de muertos y, de nuevo, un país en ruinas que aún no logra sobreponerse.

Recientemente se empezaron a derrumbar las estatuas de Leopoldo II en Bélgica, en el marco del pulso mundial contra el racismo, pero la justicia aún no llega a los tribunales de la historia.

Castigo con el chicotte. Fuente: http://www.humanbeams.com.

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