Lenguajes de clase

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

Ilustración Tomada del libro “Hay clases sociales”

Olor a pobre

En la galardonada película Parásitos (2019) de Bong Joon-ho, aflora una situación que se articula de forma magistral a la trama principal. Nos referimos al olor, una sensación que opera como un elemento de distinción social que legitima posiciones de dominio. ¡El olor como distintivo de clase! Un poderoso mecanismo que desempeña un papel simbólico en la estructura social, al producir reacciones específicas (aceptación, identidad, incomodidad, rechazo).

El olfato de los Park (la familia pudiente) les permite identificar la aparición de extraños olores en su casa y en el vehículo. Olores incómodos e indescriptibles, que no emanan de sus cuerpos ni son comunes en los espacios que frecuentan. Olores ajenos, olores intrusos. Incluso, sin importar a qué edad (padre o hijo), el olfato desarrolla aptitudes para reconocer la clase social a la que se pertenece.

A los miembros de la astuta familia Kim no les es difícil reconocer que esos olores proceden de sus cuerpos y de su condición social (olores heredados y transmitidos por generaciones enteras). En Kim Ki-taek, el padre y chofer de los Park, hay incomodidad y vergüenza cuando sus patrones se refieren a la presencia del “extraño olor”. Kim entiende que es como si se hablara de una parte de su cuerpo, pero también de su identidad individual y social. A donde vaya él o cualquier miembro de su familia, piensa, irá aquel olor que les recuerda cuál es su origen y condición social.

La metáfora del olor como un signo de distinción social y de refuerzo de posiciones de dominio. ¿Qué tanto de ese lenguaje simbólico circula en la sociedad colombiana? Valdría la pena detener la mirada en ese tema. Para Juanpis González, la representación descarnada de quienes se consideran los amos de Colombia, los olores -así como el vestido, el estilo de hablar y el abolengo- sirven para identificar, a primera vista, quiénes hacen parte del grupo de los “establecidos” y quiénes de los “marginados”, para emplear el esquema del sociólogo Norbert Elías. Los pobres huelen a “bolsa de leche”, dice Juanpis con socarronería en uno de esos diálogos clasistas que sostiene con alguien de los suyos.

Un coscorrón

Desde tiempos antiguos se consideró que el dominio de unos sobre otros legitimaba la aplicación de castigos físicos o instauración de marcas como el azote, la amputación de dedos, orejas, brazos o pies, a quienes desafiaban el ordenamiento social. En el periodo feudal, además de la aplicación de castigos físicos sobre los inconformes, se instituyeron otras formas de agravio como el derecho de pernada, que laceraba la dignidad de grupos enteros de población que se ubicaba en la base de la pirámide social.

El castigo como reprimenda física es una constante histórica que persiste en lugares en donde funcionan concepciones tradicionales del poder. En tiempos de la conquista y la colonia se implantó el modelo en escenarios como la encomienda y la hacienda, y en la vida política, como dan cuenta los desenlaces trágicos de quienes desafiaron a la autoridad. Incluso en tiempos republicanos esa vieja práctica se mantuvo, aunque pudo haber cambiado en sus formas (piénsese en el asesinato o la masacre como lenguajes de clase).

El recordado coscorrón que propinó German Vargas Lleras a uno de sus escoltas que, involuntariamente, lo pisó mientras intentaba protegerlo de la lluvia con un paraguas, expresa una relación de poder desigual que se manifiesta en el derecho que uno de los dos se otorga, de propinar violencia física sobre el otro. Los dos individuos no son iguales -aunque sí, ante la ley-, por eso hablamos de una relación de poder: uno es representante de un sector político tradicional de vieja raigambre en la estructura de dominio del país, y el otro es un escolta de un origen social no distinguido que, por eso mismo, debe especializarse en actividades que conllevan a situaciones como la que se describe aquí.

El coscorrón es una manifestación de aquel lenguaje de clase que solo le es permitido hablarlo al amo, al dominante. En el caso arriba mencionado, el uso de ese lenguaje recrea varias cosas a la vez: siglos de dominio, abuso de poder, menosprecio, humillación.

El trapo rojo

El color rojo se instituyó como símbolo asociado a la muerte, debido, tal vez, a que ese es el color de la sangre. La insignia y el segundo nombre de la institución mundial que vela por los damnificados de las guerras o desastres naturales es (de) ese color. En cada barrio, un comercio que exponga un trapo rojo comunica que allí se expenden carnes. De rojo se nutrió la simbología de los movimientos revolucionarios de distinto tipo (anarquistas, comunistas), y se acudió a diversas narrativas para argumentar esa inclinación: la sangre de los caídos, fue una de tantas.

La bandera roja se convirtió en un referente ecuménico que se asoció a la ideología comunista. De ahí que, para los grupos conservadores de distintas naciones, quien agitara un distintivo de esas características, debía ser sancionado drásticamente (como le ocurrió al protagonista principal en la poderosa escena de la película Tiempos Modernos). En Colombia, la Ley Heroica de 1928, una oda jurídica al anticomunismo, estableció como delito portar propaganda alusiva al comunismo, y se estigmatizó indirectamente al partido revolucionario de ese momento.

En tiempos del Covid-19, el trapo rojo se ha convertido en un distintivo de clase. En torno a él se asocian hoy representaciones como pobreza, falta de comida, hambre. A algún mandatario local se le ocurrió que, para evitar que las personas salieran a buscar la alimentación de los suyos, corriendo el riesgo de adquirir o trasmitir el Covid-19, debían exponer al frente de su vivienda, en un sitio visible, un trapo rojo, que sería interpretado como una señal de ayuda que pronto se atendería por las autoridades respectivas (curiosamente, durante la gripe española de 1918, responsable de más de cincuenta millones de muertes en todo el planeta, las autoridades bogotanas determinaron que quienes fuesen portadores de la gripe o tuvieran síntomas asociados, debían colocar en los frentes de sus casas un trapo rojo, esto para tener un registro más acertado sobre el número de contagios).

En cuestión de poco tiempo, en esa localidad, y en la vecina, y en aquella otra, y en otras de otras ciudades, un mar de trapos rojos inundó los frentes residenciales, en particular, de los sectores humildes. Un poderoso mensaje se transmitía a través de ese símbolo casero: ¡Tenemos hambre! En paralelo, la gente salió a las calles en Bogotá, Medellín, en Cali, en poblaciones de la costa norte, en medio de las cuarentenas decretadas, a bloquear calles, avenidas e incluso vías férreas, para reclamar la ayuda del Estado.

Los protagonistas eran los “atenidos” de siempre que, en la lógica del “todo lo quieren regalado”, suelen presionar al Estado para que les resuelva problemas que no son de su incumbencia. Esos mismos que no fueron capaces de prever lo que se avecinaba y por eso “no tenían ahorros” para afrontar los efectos del Covid-19. Tal fue la opinión que de esa gente dio la vicepresidente de la república. Una opinión que debe aplaudirse por aquello de la extraordinaria franqueza (con ella, sin duda, hablan los suyos), sin importar las aclaraciones posteriores que ofreció, y que son propias de un aburrido “lenguaje políticamente correcto”.

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