“…y los que andan de cuello blanco son los peores porque además de quemarte se hacen llamar señores”

Por Emmanuel Rozental

Foto: César Melgarejo

La verdad es una versión; una de ellas. La versión oficial es fabricada desde el poder para responder a sus intereses. La versión oficial precede a los hechos y a las acciones criminales y es incorporada a estas de manera rutinaria, sistemática, de oficio. Negar, aplastar, aterrar, eliminar a quienes se atreven a querer vivir. Privilegios incuestionables, irrebatibles e intocables. Echar mano de recursos de poder, terror y fuerza, mucho más que una reacción espontánea. Eje fundamental. Esencia del orden y de la normalidad. El Estado que es, que somos, tiene la función de contrainsurgencia y violencia para garantizar privilegios. El bien común, la normalidad y el referente neutro que establece lo correcto, lo posible, lo aceptado, naturalizado, legalizado, de la cultura única -ideas, creencias, valores-. Se perpetúa invisible, se hace estructura en movimiento e inamovible, espontánea, mercantilizada, la matriz ideológica de estados, de cotidianeidades. Normas y complicidades establecidas; costumbres en las relaciones, en el discurso, en el sometimiento -resignado o no- que son rutina.

Todo es o debe ser mercancía y mercantilizado. Todo es o debe ser propiedad protegida. El Estado, las instituciones, las políticas, las leyes, los imaginarios colectivos e individuales enmascaran y normalizan la protección de la propiedad y la acumulación de poder y ganancias. Movimiento de mercancías producto de la explotación de la naturaleza y el trabajo, a su vez mercantilizadas. Clases y grupos propietarios en permanente pugna entre sí por garantizarse ventajas y privilegios, por acceder a estos o defenderlos, con la mirada puesta en la protección del derecho legislado a sus ventajas y en la competencia por todos los medios para acrecentarla, anticipan el propósito mezquino y mediocre de la acumulación y luego los medios, las estrategias, las maniobras, las trampas, los arreglos, los acuerdos, el terror, las violencias para alcanzar sus propósitos.

Allí no caben relaciones, sino transacciones basadas en complicidades. Complicidades a las que se someten, so pena de ofender y herir, valores, sentimientos, afectos supeditados a la lealtad debida al patriarca del poder. Someternos, encubrir la codicia sagrada que convierte el robo en ley. Robar. Seguir robando. Historia del tiempo para seguir robando repetitivo, homogéneo y ajeno a la vida. Temor: si no robo yo, roban otros.

Esta civilización que nos han traído y agradecemos y a la que le debemos todo, que no podemos desafiar si queremos conseguir o seguir con vida y que nos reconoce tal vez si la sabemos obedecer y hacer respetar, nació en la masacre, el hurto, el despojo violento. Permitió a unos insignes próceres abrir el camino que forjó las primeras fortunas, acumuló las primeras propiedades, sometió a las comunidades, estableció desde el terror y el horror la versión necesaria para que sanguinarios codiciosos fundaran el camino de la exploración, la explotación, la exclusión y el exterminio siempre en expansión hasta el actual orden transnacional del capitalismo patriarcal, sanguinario, mentiroso, mafioso y racista. Robar impone encubrir y engañar. El movimiento de la codicia es miserable e impone la tristeza, desprecia la belleza, denigra de ideales y se atemoriza resentido ante la creatividad y la vida. Necesita someter y tiene que mentirse y mentir. Es el orden de la farsa. El encumbramiento de los mediocres. Enmascaramiento de su falta de saber, de talento. Su temor a la invención, a la inspiración les hace organizarse para dominar la vida. Para imponer como sustento necropolítico supremo el dominio y la guerra contra la tierra. Someter la vida, encadenarla, violarla, explotarla, exhibiendo el poder. Someter la tierra para someterlo todo: yo poseo, domino, mando.

Pobre gente rica, poderosa, civilizada. Tener, vender, ganar, explotar, matar desde el terror de saber que no saben, que no sirven para vivir sino para sacar y cuidar mascarando el insaciable apetito de robar, dominar y poseer. Cada vez que la vida se manifiesta más allá y más acá de esta onda destructiva en expansión, se sirven de todo el poder que han acumulado y de toda la servidumbre que han impuesto y normalizado para exigir obediencia debida y aplicar, renovándolos, los métodos de muerte, terror y mentira que son inseparables y se sofistican.

Daniel Sánchez tenía 16 años y miedo a las protestas. Era un buen hijo y hermano en el Siloé empobrecido. Obligado a buscar trabajo desde niño para aportar a su hogar. Su familia está de acuerdo con el paro, pero no salió a apoyar directamente por el temor a la masacre ordenada desde el Estado. Daniel se fue a trabajar en construcción y al regresar estaba la codicia desatada, la policía atacando a la primera línea. Lo golpearon, lo hirieron a balazos, lo torturaron. Gritaba pidiendo ayuda y diciéndole a los verdugos de paga, de uniforme, que él no estaba en eso. Trataron de rescatarlo las brigadas de salud y el párroco y les dispararon. Se lo llevaron, lo metieron al “Dollar City”, al que le prendieron fuego y lo incineraron allí. Un mando policial perfumado asevera que estaba robando en ese negocio que él y los vándalos incendiaron y que ellos, tan buenitos, trataron de rescatarlo de las llamas, pero no pudieron.

El presidente ordena la masacre para defender el Estado de Derecho, el niño le grita que los están matando cuando quieren educación, futuro… vivir. Y tembloroso el funcionario dice: “No los estamos matando”, sin convicción, obediente y huye en los vehículos blindados. El imperio autoriza la masacre. El discurso fabrica la versión oficial. La normalidad está siendo defendida y seguimos de pie. Cuando quede solamente el reguero de hojas amarillas de su otoño sabremos lo que ya sabemos, que es apenas:

un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés y dónde estaba el derecho de esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra, general, porque nosotros sabíamos quiénes éramos mientras él se quedó sin saberlo para siempre”. (Gabriel García Márquez, final del Otoño del Patriarca).

1 Canción de Yordano, Por estas Calles. https://www.youtube.com/watch?v=bxccDtoF7vs

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