Colombia, al “margen” del paro

Por Anyela Heredia

Imágenes de referencia

  1. La letra con sangre entra

7 días de paro. En Medellín cunde una sensación de tensión permanente, una esperanza alegre y contagiosa, una calma chicha inexplicable. Dicen que no ha habido una manifestación tal desde finales de los 70. Eres docente de una universidad privada y tus estudiantes reclaman hablar del paro, no quieren clase, quieren informarse, conocer más sobre las razones, discutir sobre su futuro y sobre cómo ser solidarios con los que se están movilizando en las calles. Y mientras, las directivas de la universidad ordenan, mediante comunicado público, que no se hable de temas políticos en clase. Te piden que insistas en que el tiempo de la academia debe ser productivo y utilizarse en pro de la generación de conocimiento y la promoción de valores humanistas; como si el humanismo y el conocimiento pudieran ser ajenos a la realidad social.

Tus estudiantes, de extracción humilde, trabajadores, hijos de trabajadores, habitantes de barrios periféricos que trabajan de sol a sol para pagar, ellos mismos, su matrícula, lo saben, no quieren hacerse a un lado, quieren manifestar su solidaridad y contar con el apoyo de su alma máter. Pero no, tú no puedes expresar libremente lo que piensas y ellos tampoco.

A veces desesperas, quieres salir a ver lo que sucede, testimoniar lo que pasa, escuchar a los jóvenes y sus reclamos, olvidas que desde que empezó la pandemia trabajas más de 60 horas semanales, trabajo en casa le llaman, una bendición para quienes ignoran cómo funciona y que apenas te queda tiempo para hacer de comer y mantener medianamente tu casa: que ya no es tu hogar sino, más bien, tu espacio de trabajo.

En medio de tu rutina de miércoles en la tarde, escuchas el grito furioso de un hombre frente a tu casa, te asomas al balcón y ves que no es uno, sino dos hombres pasando en una moto, blandiendo un arma, buscando desesperadamente a alguien. De repente, ves a una niña de unos 17 años escondida detrás de un carro, asustada, temblorosa y llorando mientras trata de quitarse la pañoleta (símbolo de la lucha del pueblo palestino) que llevaba anudada al cuello.

Todas las vecinas están en el balcón tratando de ubicarla, oyes lo que dicen: “es una ladrona”, “se fue por allá atrás”, “está escondida”, “por aquí no ha pasado”. Pero tú solo ves la expresión de terror en sus ojos que te piden auxilio; con un gesto de la mano le haces saber que puede venir, que estás dispuesta a ayudarla, pero tu disimulo no sirve de nada. Ella, corriendo, se lanza contra tu puerta y golpea con fuerza. Todos a tu alrededor ven cómo la dejas entrar y permanecen alerta en sus aceras y balcones.

Ahora las dos están nerviosas. Le preguntas qué pasó y escuchas su relato entrecortado por el llanto: “veníamos de la marcha, éramos cuatro y dos estábamos comiendo empanadas en la esquina, cuando dos hombres armados comenzaron a amenazarnos con un revólver, no sé dónde están mis otros dos compañeros… Dios mío, que no les pase nada.”

-Llámalos, le dices, y averigua dónde están y qué fue lo que pasó-. Ella llama y su compañero, igual de inocente, le dice que está en una patrulla de la policía poniendo la denuncia. ¿Qué quieres hacer? Preguntas y ella sin titubeos dice: “ya me vienen a recoger”. Dudas, piensas en las noticias de brutalidad policial que has visto una y otra vez en los últimos días. ¿Cómo se la vas a entregar a esa gente? Pero a la vez sabes que es lo mejor que puedes hacer, porque la alternativa es que tus vecinos se la entreguen a los de la moto. Hace apenas un mes que presenciaste desde tu balcón, cómo ellos mismos casi matan a un muchacho a patadas por sospecha de robo. La dejas subir a la patrulla, se van y al momento llega otro patrullero que te pregunta si la muchacha vive en tu casa y asegura que era ella “la ladrona”. Una vez se ha ido, un corrillo de vecinos se aproxima y te interpela: “Vecina, usted sabe que aquí estamos todos es para colaborarnos, no podemos dejar que el barrio se nos llene de ladrones”. A quién le vas a explicar que si fuese una ladrona no se habría ido tan tranquila con la policía, que, por encima de todo, está la integridad física de las personas, que no podrías “entregársela”, así nada más, a los de la moto. Que a las personas no se las lincha ni se debe hacer justicia por sus manos, que para eso están las autoridades… En fin, qué explicaciones puede querer escuchar esa horda predispuesta siempre a reaccionar y a reventar a golpes la dignidad de otro ser humano.

2. Dios sabe cómo hace sus cosas

Barranquilla procera e inmortal/ ceñida de agua y madurada al sol/ savia joven del árbol nacional/ de jubiloso porvenir crisol/… Así reza el himno de la ciudad, cuya famosa Calle Murillo es una de las avenidas principales. Por allí se llega al gran templo del fútbol nacional que es el estadio Metropolitano, sede de la selección Colombia, por allí pasaban otrora grandes paradas carnavalescas. Y por allí pasó una de las multitudinarias marchas el 25 mayo, tras 27 días de paro.

Has oído las prédicas furibundas del pastor acusando a satanás de la rebeldía de los muchachos contra su patria y contra toda forma de autoridad. Pero la verdad es que sabes que lo que dicen los muchachos es cierto pues tienes en tu casa tres personitas enfermas de las que debes cuidar (tu madre de 94 años; tu hermano, con una deficiencia mental para la que toma desde hace más de cincuenta años el mismo medicamento que destruye sus neuronas, porque el sistema de salud no autoriza otro tipo de tratamiento; y tu hijo, inquieto y estudioso a quien le diagnosticaron déficit de atención desde muy pequeño y nunca ha podido acceder a la posibilidad de estudiar).

En silencio, para no ser juzgada, sigues las noticias del paro y en voz baja comentas con tu anciana madre: “Dios los bendiga por luchar por todos nosotros”. En tus oraciones siempre están, porque Dios ha de cuidarlos como a tu propio hijo y apartarlos de todo mal y peligro. A ti no hay religión que te haga olvidar que por encima de todo está el amor de Dios y el dolor de las madres que esperan a sus hijos en sus casas. Te confundes, a veces, con las noticias que hablan de vándalos y delincuentes y solo piensas en tus hijos, pero te alegras porque ninguno de ellos se ha metido en nada malo.

Son las cuatro de la tarde, comienza a bajar el calor y es la hora en que te preparas para sacar a tu madre a la puerta y dar inicio a ese maravilloso ritual costeño de sentarse en el portal a refrescarse y repartir adioses. De repente, escuchas un alboroto: “Niña, sal a ver qué es lo que pasa”, dice tu madre. No te da tiempo de nada, todo sucede demasiado rápido, un muchachito como de unos quince años, delgadito y ágil se cuela por tu puerta y corre despavorido hacia el patio. Por un impulso divino la cierras fuertemente y escuchas una horda de machos golpeando y gritando: “¿Dónde está ese hijueputa?” “Suéltalo pa’ que veas”, “Tú no puedes tener ese malandro ahí”. Son tus vecinos, los de toda la vida, enloquecidos.

¿Qué habrá hecho ese pobre muchacho, pasará hambre igual que tu hijo que sale a diario a vender dulces caminando calle arriba y calle abajo por el asfalto arenoso y calcinante para llevar alguito con qué comer a la casa? ¿Se robaría algo? Lo único que sabes es que, pase lo que pase, no abrirás porque no quieres un muerto en tu casa. Tu madre grita, tu hermano llora y, cuando por fin reaccionas y te apartas de la puerta para ver a dónde cogió el pelao, no lo encuentras. Un “milagro” permitió que se saltara por la cola del patio, porque no aparece por ninguna parte.

Te tranquilizas, ganas coraje, respiras y, por fin, abres la puerta, no lo encontraron. Al otro día, más tranquilos todos, comienzan a indagar sobre lo que ha pasado, cuentan que decenas de policías correteaban a los manifestantes después de la marcha. Los vecinos no saben qué pasó “pero ajá, si yo veo un policía corriendo a un man, yo qué puedo pensar, que ej un ladrón, detráj de mí corrió Will el de la esquina y detrás Marcelino y de pronto éramoj como veinte corretiando a ese man, y ajá, si tú no lo guardaj, quien sabe qué habría pasao…” “Muchacho”, piensas, si no es por un milagro habríamos tenido un muerto en la casa, “Menos mal, Dios sabe cómo hace sus cosas”.

P.D. 28 de mayo, 30 días del paro, en Cali, un miembro de la Fiscalía en descanso se sintió con el derecho de disparar a diestra y siniestra contra los manifestantes que estorbaban su paso. Varias veces intentaron detenerlo, cuando ya había dejado dos muertos a su paso, mas no hubo forma de disuadirlo, muchas personas que lo intentaron fueron heridas, antes de que una multitud ya enardecida lograra neutralizarlo: murió a consecuencia de múltiples lesiones. Ese mismo día, en distintos puntos de la ciudad, civiles armados con armas largas y cortas, en compañía de la Policía y el Ejército, dispararon a quemarropa contra los manifestantes dejando un saldo de 13 muertos y numerosos heridos de bala. La respuesta del primer mandatario fue la militarización total de la ciudad, ninguno de los responsables ha sido puesto a disposición de las autoridades, en cambio, centenares de jóvenes manifestantes permanecen aún detenidos o desaparecidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s