Ojos de niño y piel de leopardo

Por Roboán Rodríguez Carrera

Foto: Cortesía de El Sol de Puebla

Entre  la  multitud  de  pasantes  inadvertidos emerge una mirada de ingenua realidad. Sus mejillas, resecas y cenizas, exponen la huella de un sol abrazante que golpea cada tarde los poros de su rostro infantil. Sus ojos, hambrientos de juego y fantasía, decaen con el humo de los vehículos que, segundo a segundo, circulan sobre el crucero donde apaciblemente aguarda él.

El cielo que cubre su día dibuja nubes amorfas, y con agilidad su mente inquieta las recrea en figuras de papiroflexia y pantomima; algunas toman la silueta de aves, de felinos o de criaturas mágicas que viajan como alebrijes fluyendo y cambiando al soplido del viento. La luz del semáforo cambia a rojo, los autos detienen su andar, el pequeño toma una botella plástica que contiene agua y detergente y se aproxima a la ventanilla del primer vehículo. Su gesto es inconfundible, solicita permiso para limpiar el parabrisas.

La diversidad de ideas que aglomeran el pensamiento del conductor le impide percibir la relación existente entre ambos. El segundo de vida compartido en el instante en que sus ojos se reflejan en los ojos del menor es una avalancha de energía que autodefine a los dos desde su individualidad.

Él, con sus manos sobre el volante, reloj y anillos de oro sobresalen; a su costado, un maletín con documentos, deudas y cheques; el menor con las suyas sobre el parabrisas, y una mochila a su espalda que alberga estopa y solvente para inhalar, olvidar y morir… Vidas paralelas de oportunidades divergentes que se unen por pocos segundos.

De un brinco el menor monta sobre el cofre del auto, y recostado sobre su codo izquierdo comienza a chorrear el parabrisas con el agua enjabonada que hace salir presionando su botella. Sus movimientos son rápidos y medidos, no se permite perder un solo segundo.

Desciende hábilmente, y con temeridad se apresura hacia el otro lado del vehículo, vuelve a montar de un segundo brinco y continúa su maniobra con minuciosa precisión. Limpia una y otra vez sobre su playera el pedazo de espátula plástica que utiliza como herramienta, y la desliza hasta los últimos rincones del cristal, ahí donde pudieran haber quedado restos de la espuma que ávidamente roció.

Negar la existencia de los niños y niñas que crecen sobreviviendo en las calles de nuestro país (México) sería un lamentable retroceso para el sentido visionario de una sociedad que dice construirse sobre la senda de los Derechos Humanos.

Son tan visibles, aquí y allá, que resulta imposible no aceptar que se trata de una situación de emergencia nacional. ¡Y como no lo va a ser!, si se trata de las personas que se encuentran en las mayores condiciones de vulnerabilidad de la sociedad.

Nuestros niños y niñas en situación de calle viviendo entre la miseria de alimentar sus sueños con drogas; aprendiendo a robar para recuperar lo que la sociedad les ha negado, o, increíblemente, vendiendo por las calles sus frágiles e inocentes cuerpos al servicio mercantilista de la lujuria y la concupiscencia. ¿Acaso alguien se atreverá a negar esta lacerante verdad? Quien lo niega lo promueve; quien lo expone lo combate.

Desde la esfera global -para darnos solamente una idea de la magnitud del reto-, la Organización de la Naciones Unidas muestra la aterradora cifra de 150 millones de niños de la calle. Las causas son diversas: consumo de drogas, desintegración familiar, guerras, desastres naturales, colapso socioeconómico, pobreza y muchas más…

La lista se alarga conforme se observan las condiciones histórico-culturales de cada región del planeta; sin embargo, algo es evidente: todas ellas tendrían posibilidad de remedio si los Estados tuviesen como franca prioridad la protección de la dignidad de la niñez, no como un mero eslogan, sino como un deber moral cuyo cumplimiento se encuentra por encima de cualquier costo político o económico.

Ahora bien, si giramos nuestra atención hacia las estadísticas que describen la situación a escala nacional, en nuestro país (México) encontramos que – por tomar un ejemplo-, según las cifras del año 2013 presentadas por la entonces presidenta de la Comisión de Derechos de la Niñez, la diputada Verónica Beatriz Juárez Piña, el número de niños y niñas en situación de calle en nuestro país era de 95 mil.

En relación a esto, y como una muestra fehaciente de la interdependencia de los elementos de orden económico de una sociedad, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha declarado en su informe de 2017 que 1 de cada 2 niños, niñas o adolescentes en nuestro país vive en situación de pobreza, es decir, según la definición de pobreza de la misma ONU, viven en una condición caracterizada por una privación severa de necesidades humanas básicas, incluyendo alimentos, educación, agua potable, vivienda, instalaciones sanitarias e información.

De igual forma, en 2018 la UNICEF señaló lo siguiente con respecto a la situación de la niñez en México: “La pobreza afecta a más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes:

  • De los casi 40 millones de niños, niñas y adolescentes que viven en México, más de la mitad se encuentran en situación de pobreza y 4 millones viven en pobreza extrema.
  • El 91% de niñas, niños y adolescentes indígenas viven en condiciones de pobreza.
  • 8 de cada 10 niñas y niños de 6° de primaria no alcanzan los logros esperados en las áreas de lenguaje y comunicación.
  • Casi 3 de cada 10 adolescentes de entre 15 y 17 años se encuentran fuera de la escuela.”

Por su parte, el día 5 de enero de 2020, la Comisión de Derechos de la Niñez y Adoles- cencia de la Cámara de Diputados de nuestra Nación publicó   el  escalofriante   panorama con estas palabras: “Según los informes de la UNICEF, existen 100 millones de niñas y niños abandonados en todo el mundo, de los cuales 40 millones pertenecen a América Latina, con edades que oscilan entre los 10 y 14 años; están condenados a sobrevivir en el único “hogar” que tienen disponible, esto es, las calles del continente”.

Muchos programas de beneficencia pública seguirán llegando, y sin relevancia alguna se irán igualmente marchitando en cada sexenio presidencial; la situación poco cambia, nuestros ojos lo ven.

Tú y yo seguiremos recorriendo avenidas que albergan niñas y niños de la calle, en situación de calle, o como los queramos llamar; la realidad es que nuestra indiferencia los hará siempre invisibles, sin nombre y sin voz; como sombras danzantes que irrumpen en la mirada para hacer eco en algún rincón de aquella conciencia que preferimos ignorar.

Al final de su jornada, el menor se dispone a iniciar el ritual del viaje profundo. Las partículas de inhalante ingresan a su cuerpo y avanzan por sus venas bajando y subiendo desde su corazón agitado, hacia los músculos y nervios que pierden gradualmente coordinación. Su percepción se torna finamente sensible; distingue con aguda tonalidad el brillo, los matices de los colores y el contorno de cada imagen que pasea por su mirada. Las notas disonantes del ruido lo conducen hacia una dimensión de espejismos y distorsiones. Se concibe a si mismo protegido por un camuflaje ancestral que lo envuelve y funde con la realidad del momento. Suspendido en el crucero, sin temor alguno, se arroja al mundo cubierto de una sonrisa de esperanza para exigir su lugar y su tiempo; con los ojos de niño y la piel de leopardo…

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